Jonathan Martínez
Investigador en Comunicación

Consumir antes de la fecha indicada

La lógica del usar y tirar está ya arraigada en nuestras realidades. Productos desechables. Relaciones desechables. Dirigentes desechables.

Una noche de primavera de 1999, en medio de un clima destemplado, los misiles de la OTAN apuntaron hacia la fábrica Zastava, ubicada en la ciudad serbia de Kragujevac, y dejaron una escabechina de hormigón pulverizado. Se contaron 124 personas heridas. En el archivo de imágenes de la televisión local pueden verificarse los estragos del bombardeo. Ahora veo a los bomberos desplegándose por un paisaje industrial desolado y distingo en medio de las ruinas el esqueleto de un coche rojo. Un vehículo de la marca Yugo. Es allí donde se fabricaban.

Los Yugo salieron al mercado a finales de 1980, cuando Yugoslavia aún se recobraba de la muerte de Tito, y fueron convirtiéndose en algo más que un automóvil: en un mito, en un emblema, en el paisaje artificial de un país que muy pronto iba a empezar a resquebrajarse. Lo cierto es que el Yugo, tal vez por su raigambre comunista, se labró en todo el mundo una reputación de trasto inútil. De tartana. De cuatro latas. «El peor coche de la historia», dice la veterana revista 'Car and Driver'.

La malicia popular era inclemente. Se decía que el Yugo tenía una natural inclinación a agonizar en los caminos más despoblados. Se decía que estaba diseñado para que fuera fácil empujarlo. Se decía que bastaba llenar el depósito para que el coche duplicara su valor. Hasta el humorista estadounidense Paul Shanklin le dedicó una canción satírica, “In a Yugo”, en la que dos jóvenes con preocupaciones ambientales conducen con las rodillas pegadas al pecho y ahorran gasolina pero nunca llegan demasiado lejos.

Muchos años después de que Yugoslavia se desmoronara, aún era posible encontrar estas reliquias, a menudo estacionadas en un jardín, inmovilizadas o despiezadas, como símbolo de un pasado que ya no existía pero del que daba lástima deshacerse. El Yugo resiste en bazares de coleccionistas e incluso cuenta con defensores encarnizados. El año pasado, 'The New York Times' encontró a un tipo de Ohio llamado Valerie Hansen que estaba poniendo a punto su cuarto Yugo. A Hansen le gusta la simplicidad de la ingeniería balcánica. «Puedes reparar un Yugo con un cuchillo para mantequilla». En pleno 2022, la Unión Europea anda debatiendo el «derecho a reparar» porque las multinacionales crean mercancías cada vez más perecederas.

En el ensayo “Hecho para tirar”, Serge Latouche reflexiona sobre las inercias destructivas de la sociedad de consumo. Es verdad que siempre hemos lidiado con la obsolescencia «técnica», es decir, con la devaluación que sufre todo aparato cada vez que se fabrican modelos nuevos. No obstante, el capitalismo sigue urdiendo estrategias para alentar el consumismo. La obsolescencia «programada» va un paso más allá porque introduce defectos de fábrica que acortan la vida de los productos. Vivimos en la fantasía del crecimiento infinito, dice Latouche, y el objetivo de la economía ya no es satisfacer nuestras necesidades sino crecer por crecer sin importar las consecuencias humanas y ambientales.

En un mundo dominado por los imperativos de la sociedad de consumo, todo lo que interrumpa el flujo de capitales es percibido como un lastre. Esta lógica ha impregnado las esferas menos pensadas de la vida y sirve lo mismo para justificar un tren de alta velocidad que para cerrar un ambulatorio. En la inercia del laissez-faire, un simple virus ha delatado a demasiados gobernantes dispuestos a sacrificar vidas humanas con tal de seguir acelerando la noria de los beneficios. «Los familiares denuncian que han dejado morir a enfermos y ancianos durante la pandemia», dice un reportaje de la BBC.

Leo que Liz Truss ha renunciado como primera ministra del Reino Unido después de apenas 45 días en el cargo. Había llegado a Downing Street con modales de Dama de Hierro y un programa de recorte de impuestos que desencadenó el pánico entre los inversores. Será recordada como la dignataria británica más fugaz de la historia, mucho más teniendo en cuenta que Margaret Thatcher permaneció once años en el cargo. Dice una máxima atribuida a Andy Warhol que todo el mundo tiene derecho a quince minutos de fama. En un descabellado futuro, tal vez todo el mundo tenga derecho a gobernar un país durante un cuarto de hora.

La lógica del usar y tirar está ya arraigada en nuestras realidades. Productos desechables. Relaciones desechables. Dirigentes desechables. La política se ha adaptado a las leyes de la mercadotecnia y los candidatos se venden con las mismas estrategias publicitarias que un electrodoméstico. Tal vez por eso las siglas aparecen y desaparecen como género de escaparate. Los mismos políticos que un día fueron anunciados con epítetos prometedores desembocaron a todo meter en el contenedor de residuos orgánicos. Allí cayeron Rosa Díez y UPyD. Allí cayeron Albert Rivera y Ciudadanos. Y allí caerán Santiago Abascal y Vox cuando hayan terminado de enfangar la cochiquera del debate público.

La precariedad está hoy en todas partes», denunciaba Pierre Bourdieu en una alocución pública sobre la temporalidad laboral. Sus reflexiones pueden extenderse a cualquier ámbito imaginable. Contratos de trabajo de un día. Amistades líquidas. Noticias que pierden su vigencia antes de emitirse. Muebles de aglomerado que pronto terminarán desmenuzándose. Tiendas que abren y cierran en un suspiro. Personajes efímeros de televisión que alcanzan notoriedad en unos minutos y se esfuman al día siguiente. Se resiente, dice Bordieu, «el mínimo de fe y esperanza en el futuro que es preciso poseer para rebelarse, sobre todo colectivamente, contra el presente».

No quiero refugiarme en la nostalgia, pero a menudo pienso en los viejos Yugo, que sobrevivieron al bombardeo de la fábrica Zastava y al colapso del país que los vio nacer. Cuando la historia avanza en nuestra contra, negarse a caducar es también una forma de rebelión contra el presente.

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