Debates eucarísticos

Rogamos a la sociedad política que nos haga asistir a debates civilizados que nos permitan votar «en favor de» y no «en contra de». En realidad solo les pedimos que intenten resolver honradamente los problemas de muchos peatones.

25/04/2019

La palabra «eucaristía» encubre conceptos laicos y/o práctico-religiosos; su significado laico integra, en griego, las raices «bueno y atractivo» que la componen. En los debates entre partidos políticos sus participantes consideran con delectación el aspecto práctico-religioso del término pareciendo estar esencialmente preocupados en darse de hostias entre ellos. Poco tiempo les queda, hacia el final del debate, para exponer los puntos esenciales de su programa. Esa actitud traduce la cultura decadente del «y tú más», reconocimiento de la incapacidad de presentar con claridad las previsiones y los presupuestos de gestión, material e inmaterial, de los deseos de la sociedad civil.

Carlos Santamaría, verdadero filósofo ajeno al espectáculo mediático, afirmaba que a la sociedad política, «hábil en conjeturar», se le da mejor decir que pensar.
¿Cómo pedir debates civilizados en un Estado que durante poco menos que medio siglo, el XX ayer, fue gobernado por tres dictaduras militares? Las maldiciones expresadas por los tiranos sobreviven a los que las proclamaron.
Los «no políticos» parecemos estar acarajotados, incapaces de exponer tanto lo que queremos como lo que no queremos, tanto a medio plazo como a largo. Nuestro periodo de referencia es la temporada liguera.

La pasividad civil conduce al voto emocional en favor de veteranos movimientos devenidos partidos apoyados en clientelismos de estructura familiar que una vez al año recargan baterías con la emoción de arengas de contenido virtual. Solo condiciones vitales arduas son susceptibles de desviar el voto «de siempre» hacia el voto útil.

El alboroto político encauza conservadurismos a menudo patrioteros, pero para el peatón necesitado ¿hay diferencia entre la política práctica de la extrema derecha, de la derecha, del centro derecha y del centro izquierda? Mientras tanto la izquierda no llega a encontrar la vía que le caracterizó, la que conduce a la solidaridad cuando la derecha, en el mejor de los casos opta por la caridad. Las revoluciones pacíficas ya no nacen de ideologías sino de realidades banales. ¿Será posible recuperar «la resiliencia de las neuronas» atrofiadas de la sociedad civil pasiva? Los Chalecos Amarillos, el pueblo de Argelia, el de Sudán, los jubilados de Europa... nos enseñan a vivir activos. Los «bien asentados», deseando ignorar el fondo del descontento solo resaltan las formas minoritarias de acción violenta que algunos medios relatan en prioridad.

Se plantea el tipo de relación entre la Ley y la libertad de expresión democrática, más concretamente la legitimidad natural de la desobediencia civil, signo de madurez democrática. ¿A qué legitimidad puede pretender un parlamento resultante de elecciones cuyo abstencionismo genera mayorías de gobierno del orden del 30% del censo electoral? Si esa mayoría carece de legitimidad natural, ¿qué legitimidad tienen las leyes votadas? Si las reglas conducen a situaciones humanas desvinculantes convendría modificarlas por referéndum, dispositivo democrático poco apreciado por la sociedad política que tanto teme a la sociedad civil activa.

Algunos procedimientos sencillos motivarían al elector. Si los votos en blanco fueran computados, la sociedad política conocería la evaluación de su actividad públicamente remunerada, en regla general de gestión. Si programas y promesas electorales fueran depositadas ante notario podrían servir de prueba, ante la justicia, en caso de incumplimiento del contrato de subcontratación de gestión establecido entre la sociedad civil y la sociedad política; los documentos escritos trasladan lo convenido del universo etéreo de la retórica al de la materialidad. Hablar es intervenir personalmente en la interpretación de la realidad y es así como las historias y la Historia mienten.

Cultivemos nuestros reflejos, muy solicitados frente a saltos bruscos de civilización que nos han conducido a la ya banal inteligencia artificial, herramienta inventada por la inteligencia natural. Vienen a añadirse fenómenos irreversibles tales como la mundialización y los movimientos de poblaciones que para algunos «bien pensantes» plantean problemas étnicos de identidad, concepto del que convendría, más que resaltar su origen, preocuparse de la huella que deja su recorrido entre colectivos plurales.

Acostumbramos a la sociedad política a un tipo de navegación en un mar sin grandes olas reivindicativas, propio de una sociedad civil poco consciente de su responsabilidad en la mejora de la convivencia. Permanece el conservadurismo multicolor dispuesto a reavivar las ascuas de la hoguera a la mínima brisa de reforma. La solución, indispensable, a nuestros problemas de falta de confianza mutua entre sociedad civil y sociedad política, ¿es de tipo neurótico o retórico? Empecemos por el sentido común de Cyrulnik y ya nos interesaremos, luego, por la gramática generativa de Chomsky. Para muchos peatones sus problemas deben resolverse a su nivel, urbanita o rural.

Rogamos a la sociedad política que nos haga asistir a debates civilizados que nos permitan votar «en favor de» y no «en contra de». En realidad solo les pedimos que intenten resolver honradamente los problemas vitales, materiales e inmateriales, de muchos peatones.

La sociedad civil renacerá, como el Fénix, de sus cenizas pero consciente de que sus lágrimas no bastan para curarlo todo.

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