Democracias cloaca

Rodríguez Galindo es la persona más condecorada de la democracia. Grande Marlaska es guinness europeo en condenas por no investigar denuncias de torturas. Martín Villa cuenta, entre otras, con la Gran Cruz de la Orden del Yugo y las Flechas, compartida a su vez con Adolf Hitler, Mussolini, Himmler...

10/07/2020

Octubre de 1968. Juegos Olímpicos de México. Acaba de finalizar la prueba de 200 metros. Los velocistas negros de EEUU, Tommy Smith y John Carlos, han logrado el oro y el bronce. Suben al podio descalzos mientras se ponen un guante negro en la mano. Al comenzar a sonar el himno yanqui bajan la cabeza y alzan su puño enguantado. Poco después, en la final de 400 metros, otros tres atletas negros, Lee Evans, Larry James y Ronald Freeman, repiten el gesto. Denuncian así la segregación, la violencia racista y los asesinatos de Malcolm X y Luther King. Reivindican a su vez, con orgullo, el black power.

A finales de los 60, la sociedad estadounidense fue sacudida por todo tipo de manifestaciones, concentraciones y marchas de los movimientos negro y proderechos civiles. A estos se sumaron las gigantescas movilizaciones contra la guerra del Vietnam. Frente a ello, la represión fue brutal. Los asesinatos policiales selectivos, fueron acompañados de violencia indiscriminada. En 1970 –es solo un ejemplo–, la Universidad de Kent fue asaltada a bayoneta calada por la Guardia Nacional. Cuatro estudiantes serían asesinados en la carga.

Casi medio siglo después de aquello, en setiembre de 2016, Colin Kaepernick, importante figura del fútbol estadounidense, también negro, realizó un gesto similar al de México. Tras una final, al sonar el himno, puso rodilla en tierra y agachó su cabeza. Con su gesto quiso denunciar la continuidad de aquella segregación y violencia ejercida contra la población negra estadounidense. Colin sería condenado por el establishment deportivo y marginado de todo tipo de competiciones.

La historia de EEUU no es la que nos ha contado su industria del cine, ni sus poderosos medios de comunicación. Al contrario, aquella se hunde en un lodazal de conquistas violentas, expolio, esclavitud y guerras de conquista, que poco tiene que ver con el discurso oficial. Tras el triunfo de Trump, Spike Lee, famoso cineasta negro, afirmó: «La llamada cuna estadounidense de la democracia es una mierda... Los EEUU son un país construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud».

En el libro “La otra historia de los EEUU”, del historiador Howard Zinn, se desgrana todo lo anterior, mostrándose la verdadera historia de sus pueblos originarios, rebeldes siempre ante el expolio al que fueron sometidos, así como la de millones de personas negras, condenadas a un régimen de esclavitud y segregación que ha llegado hasta nuestros días. Se denuncia también en él la brutal explotación sobre la cual se asentó, a finales del siglo XIX, el capitalismo imperial estadounidense. Millones de inmigrantes italianos, alemanes, judíos, irlandeses, chinos..., crearon entonces, frente a aquel capitalismo negrero y genocida, un combativo sindicalismo de clase, objeto de una salvaje represión patronal-policial. No es casual por ello, que dos de las principales referencias del movimiento obrero internacional, el 1 de mayo y el 8 de marzo, tuvieran que ver con la lucha de aquellos hombres y mujeres y la violencia criminal que padecieron.

La lectura del libro comentado, salvadas las distancias, recuerda inevitablemente la propia historia del Estado español. Un Estado asentado también, desde sus propios orígenes, en la conquista, el expolio y la imposición violenta de religión, lengua y corona al resto de pueblos peninsulares. Conquista y expolio que traspasó luego los océanos y creó aquel imperio en el que la cruz y la espada, caminando siempre juntas, expoliaron a placer, para mayor gloria de sus insaciables monarquías y su extensa corte de nobles, terratenientes, militares, obispos y demás parásitos de todo pelo y condición.

Los pilares del Estado español tienen vicios de origen y estos no son accidentales. El problema radica en su propio ADN, cuyas malformaciones genéticas se han transmitido hasta el día de hoy de monarquía a monarquía, gobierno a gobierno y cúpula militar a cúpula militar: corrupción, parasitismo, paranoias imperiales, militarismo, exclusión... No es casualidad así que, quien se nos ha vendido como ejemplo de demócrata y gran hombre de Estado (Juan Carlos I, evidentemente), no era sino un descarnado ejemplo de desvergüenza, hipocresía y corrupción desaforada.

Hay más ejemplos de lo anterior. Rodríguez Galindo, que hizo del cuartel de Intxaurrondo un antro de torturas al por mayor y fue condenado por el secuestro, asesinato y desaparición de Lasa y Zabala, es la persona más condecorada de la democracia. Grande Marlaska, exjuez de ese tribunal de excepción que es la Audiencia Nacional, actual ministro del Interior, es guinness europeo en condenas por no investigar denuncias de torturas. Martín Villa, imputado en la querella argentina por los crímenes del franquismo, es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y cuenta, entre otras, con la Gran Cruz de la Orden del Yugo y las Flechas, compartida a su vez con Adolf Hitler, Mussolini, Himmler...

Punto y seguido. El excomisario Villarejo, también condecorado y hoy encarcelado, ha sido experto en chantajes, espionajes y extorsiones varias, hechas tanto por encargo bancario como motu proprio. Felipe González, el demócrata modernizador de la España franquista, experto en chaquetazos (OTAN...), cloacas, privatizaciones y poltroneos IBEX-35, a quien la propia CIA ha señalado como capo di capi de los GAL. La guinda exótica la pone Fernández Díaz, anterior ministro del Interior, que unió de nuevo cruz (Opus Dei) y espada (80.000 guardias civiles bajo su mando), afirmando tener apariciones celestiales y un ángel de la guarda que le aparca el coche. Y lo dejamos aquí, porque si empezamos con cúpulas militares, judiciales, bancarias, cementeras y episcopales, no terminaríamos nunca.

Jesús Ibáñez, catedrático de sociología, definió en su día la Transición española de esta manera: «Las moscas han cambiado, pero la mierda sigue siendo la misma». En realidad, a lo que se ve, tampoco fueron tantas las moscas que cambiaron.

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