Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación
Desasosiego y quietud

El pensar, que no es otra cosa que el habla interna, se convierte en reflexión cuando esta va acompañada de la lectura, de buenos conversadores y oradores.

28/09/2020

El caminante encuentra quietud en la persistencia de la montaña, y sobre ella las nubes estremeciéndose bajo el sol del crepúsculo. Estas imágenes nos comunican la vivencia del caminante en la firmeza del reposo de la montaña y en el dinamismo fluido de las nubes, es decir, en la pausa y en el movimiento. Dos aspectos que forman parte del proceso vital y los encontramos presentes en la existencia de los seres vivos. Ambos se revelan en nuestra cotidianidad como calma, sosiego o se manifiestan como actividad y movimiento.

El estado de quietud es poco frecuente en nuestras vidas. Sin embargo son innumerables los textos en los que se recogen las experiencias de los místicos con formas de expresiones culturales muy diversas. Un hecho que a lo largo de la historia ha sido asociado, de forma reduccionista, al ámbito religioso. Pero sabemos por experiencias que tenemos que la quietud acontece en nuestras vidas. Y que cuando eso ocurre la incertidumbre y la inquietud son sustituidas por el sosiego suscitando una intimidad con uno mismo, y que el tiempo lineal tan omnipresente queda abolido.

De la misma manera que la quietud, el movimiento es, de forma notoria, parte de la naturaleza humana pues el cuerpo-mente está en continua interacción con el medio; sin embargo la prisa, el ritmo rápido así como la intensificación y frecuencia del movimiento han llegado a ser cada vez más frenéticos en la sociedad actual. Una percepción del transcurso del tiempo que afecta a la salud y que se manifiesta habitualmente como agitación, ansiedad y desasosiego, gravitando en la mente y aflorando en la conducta del individuo.

Ha habido épocas en las que el ser humano ha tenido una percepción del tiempo más lenta. En las comunidades tradicionales, a diferencia de la sociedad urbana actual, la vida estaba más acompasada con los ritmos de la naturaleza y sus ciclos. Épocas en las que, a pesar de la dureza por la supervivencia, había un ritmo que no rebosaba frenesí. La lentitud formaba parte intrínseca de la vida, el hablar era más pausado, el estar o el caminar no eran tan apresurados y las experiencias se construían más lentamente. Todo ello abría la posibilidad de una mayor reflexión, tal como menciona F. Nietzsche en “Así habló Zaratustra”: «Todas las fuentes profundas viven lentamente sus experiencias: tienen que aguardar largo tiempo hasta saber que cayó en sus profundidades».

Pero ahora ciertamente vivimos tiempos de muchos y acelerados cambios pues hemos pasado, tal como se recoge en el texto “La sociedad del cansancio” de Byung-Chul-Han, «de la sociedad disciplinaria de Foucault que genera locos y delincuentes a la sociedad del cansancio, a la sociedad del rendimiento del siglo XXI que genera depresivos y fracasados... En definitiva con el fin de aumentar la productividad se sustituye el paradigma disciplinario por el de rendimiento».

La celeridad, una de las causas de la fatiga y el agotamiento, ha ido intensificándose exponencialmente en la cotidianidad lo que ha traído la mecanización en el estar, la impaciencia de la prisa y la insaciabilidad de ese nunca acabar, pues no hay límite. El individuo sumido en la acelerada vorágine se convierte en tránsfuga de sí mismo. Así, desde esa actitud individual y colectiva y encerrados en nuestro propio laberinto vivimos apresados por la aceleración, por la agitación y la necesidad de cumplir una infinitud de deseos. Un estado en el que reconocemos las características propias de la ideología del marketing, el beneficio y la producción del máximo rendimiento.

Entonces nos preguntamos sobre esa necesidad continua de rapidez y dónde encontrar la calma y el sosiego en un contexto que crea una forma de vivir de vaivén y estrépito, contranatura y generadora de malestar. Cómo nos relacionamos en la sociedad de la rapidez cuando no tengo tiempo de escuchar al otro. Qué tipo de conductas se generan ante la saturación de estímulos. Cómo afecta a los ritmos biológicos, cómo descohesiona la relación entre el cuerpo y la mente o de qué manera se vive el tiempo, siempre volcándose reiteradamente a un futuro imaginario, escurridizo y volátil.

De la misma manera que fundamentalmente a través de la educación de los medios, del mundo de la producción y del proceso de la tecnologización, se ha permeado esa visión naturalizada de vivir intranquila, autómata y ansiógena, esta constituye una razón poderosa para plantearse que ha llegado el momento de afrontar y divulgar desde las diversas formas de educación existentes modos de vivir que sean más sanos y acordes con el ritmo de la naturaleza humana. En este sentido nos parece acertado lo que F. Nietzsche expresa en “El ocaso de los ídolos”: «sobre las tres tareas para las que se necesitan educadores. Se ha de aprender a ver, se ha de aprender a pensar, y  se ha de aprender a hablar y a escribir... Aprender a ver es acostumbrar los ojos a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen a nosotros, aprender a no formular juicios precipitadamente».

El pensar, que no es otra cosa que el habla interna, se convierte en reflexión cuando esta va acompañada de la lectura, de buenos conversadores y oradores. Todo ello ayuda a conformar una mente más organizada y por lo tanto constituye una herramienta útil para poder relacionarse con el medio de manera más pausada. Pero además el aprender a ver, a mirar con calma va más allá. Esa mirada libre de ruidos, lenta si se quiere, es precisamente la que te trae otro tipo de encuentro. Trascendiendo el esfuerzo, es la mirada que te sumerge en el universo de la quietud y tras diluir el desasosiego te convierte en observador activo ante lo que está aconteciendo.

Velocidad y atención, dos formas de estar. Dos umbrales en encrucijada que participan de una percepción que se descubre en dos movimientos. Movimiento horizontal, olvidado de sí y dejando en los márgenes el paisaje de nuestra vida o movimiento en profundidad, reconociéndose y apreciando ese mismo paisaje.

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