Abogado
Desmontar el pedestal del monumento a Sanjurjo

El desmontaje del pedestal constituiría un precedente de lo que ha de hacerse con «los caídos». Ni los caídos de Pamplona, ni los de Madrid, pueden dejar de ser «los caídos» y significan los que significan.

06/10/2018

El debate social abierto sobre lo que procede realizar con el Monumento a los Caídos, me lleva a plantear un recuerdo social y proponer la demolición de un pedestal mucho más pequeño pero que sigue subsistente en nuestra ciudad, de forma medio anárquica. Es el pedestal del monumento a Sanjurjo de la calle Navas de Tolosa. Se quitó la cabeza metálica del general Sanjurjo que llevaba encima pero no el pedestal construido para sostenerla.

Gobernaba la ciudad de Pamplona UPN y encabezábamos la oposición Juan Jose Díaz Yarza y yo mismo, cada uno como portavoces del PSN y de Herri Batasuna con 6 concejales cada grupo. Llegamos al acuerdo de que había que quitar el monumento a Sanjurjo por razones que no hace falta explicitar, pero contábamos con la oposición de la minoría mayoritaria de UPN.

Díaz Yarza sugirió la posibilidad de dar la forma de plan parcial de urbanismo a la iniciativa municipal ya que todas las demás figuras y procedimientos urbanísticos adolecían de estar sujetos a la competencia de alcaldía. Así que se aprobó un plan parcial de urbanismo, que probablemente debería haber sido llevado al Guinness por tratarse del plan urbanístico más pequeño habido nunca en el mundo y entre cuyos objetivos no solo no estaba ningún objetivo urbanístico propiamente dicho, sino que ni siquiera había ocasión para ninguna corrupción…

La ejecución de aquel plan de urbanismo dio un primer paso consistente en quitar la efigie o cabeza del general dos veces golpista atado en forma de ahorcado. No sé a quién se le ocurrió esa idea pero la fotografía dio la vuelta al mundo para mofa reparadora de muchos que se sentían ofendidos con el monumento de dicho golpista. La fotografía fue un «cachondeo social» pero originó una reacción, unas presiones y unas «advertencias» de todos aquellos que llevaban decenios utilizando la más fascista de las amenazas, que era aquella de que «no sabe usted con quién está hablando».

La consecuencia de aquello fue que no se pudo seguir adelante con la ejecución del plan parcial urbanístico y quedó en pie el pedestal de lo que fuera monumento a Sanjurjo. Y ahí sigue, hasta con un error de fechas en su trasera. ¿Cabe algo más ridículo que mantener en pie un pedestal construido para sostener la figura de una cabeza, cuando ya no hay cabeza? En algún cajón oculto  de lo que en el Ayuntamiento de hace algunos decenios se llamaba «la cuarta planta» quedaron los restos de aquel experimento urbanístico tan inhabitual.

Los que con la presión y con sucintas amenazas habían asustado a la parte menos dada a la confrontación de entre los promotores de aquel artilugio urbanístico presumieron envalentonados entonces, con frases como la de que «que siga ahí para cuando llegue la vuelta». De hecho, el busto del general dos veces golpista fue entregado en el museo y allí debe seguir guardado también con la misma intención.

Lo lógico sería desmontar el pedestal del más viejo de los militares «africanistas», que fueron los que protagonizaron la rebelión armada, obviamente violenta, del 36. No solo por imperativo democrático, sino también para evitar el ridículo.

Obviamente el desmontaje del pedestal constituiría un precedente de lo que ha de hacerse con «los caídos». Ni los caídos de Pamplona, ni los de Madrid, pueden dejar de ser «los caídos» y significan los que significan. La responsabilidad de todas las víctimas de la guerra del 36, tanto las de un bando como las de otro, corresponde a los sublevados y la igualdad de todas las víctimas, como base de la convivencia democrática, solamente se puede salvaguardar si queda clara la responsabilidad de aquellos hechos, cuyas consecuencias, hoy día, siguen subsistiendo.

El primer y gran proyecto ideológico de justificación de la sublevación y del franquismo, que se llamó la «Causa General», y que se inició en 1937, nunca se llegó a acabar y los ingentes materiales que acaparó no han sido puestos aun a disposición de los estudiosos y analistas. Mientras se desarrolla el debate sobre qué hacer con el Monumento a los Caídos, Iruña debe comenzar por desmontar el pedestal del monumento a Sanjurjo. Repito: por imperativo democrático y para evitar el ridículo.

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