Alfredo Ozaeta

¿Desnortados?

Los retos que hay que afrontar para volver a recuperar el norte desde una perspectiva progresista en el cuidado del planeta y sus pobladores exige de inmediato una agenda global común.

Entendido como la pérdida del norte u orientación de por donde transitar o dirigirse para buscar y encontrar lo pretendido.

Algo así da la sensación de que está pasando con la izquierda y sectores progresistas desde hace ya algún tiempo. La desorientación y perdida de rumbo en la defensa de sus valores y señas de identidad está empezando a ser más que preocupante. Y no solo en la incoherencia de sus postulados, sino en su propia simbiosis en cuanto a la asociación y relación con la sociedad justa e igualitaria que pretende construir.

Desde hace ya un tiempo estamos asistiendo a un estado de indolencia palmaria en la mayoría de los sectores de izquierda, sin saber bien, si provocado por la sorpresa o miedo generado por el avance de los movimientos más reaccionarios de la sociedad o por simple pereza de renunciar a su zona de confort Este deslizamiento hacia la derecha extrema que podía haber sido interpretado como algo coyuntural o anecdótico en Brasil, USA, etc., o por producto de escasa cultura democrática y exceso de chauvinismo en otros entornos, vemos que también tiene reflejo en países de larga trayectoria en la defensa de las libertades y de amplia participación ciudadana en las políticas sociales y gestión de país, como en el caso de sociedades del norte y centro Europa.

Esta situación ya hace tiempo que fue percibida, y aprovechada, por el espectro político desde el centro hasta la derecha más extrema, calculando que su crecimiento y acceso al poder lo podían basar en propia debilidad de las izquierdas crédulas al mensaje que desde la socialdemocracia y neoliberalismo tratan de trasmitir: (nosotros o el abismo). Han conseguido con el inestimable apoyo de los poderes económicos y religiosos que los progresistas cedan su protagonismo e iniciativa a «lo menos malo», limitándose a ejercer de sostén de su adversario político para tratar de impedir que su enemigo, fuerzas reaccionarias, llegue al poder.

Por supuesto que el juego parlamentario y político exige cintura y capacidad de negociación a la vez de que la propia naturaleza progresista obliga a ejercer de cortafuegos y participar activamente en la construcción del cordón sanitario que impida la llegada y control del poder por parte del fascismo, pero más allá de posibilismos o puro pragmatismo siempre hay que mantener el activismo democrático que desenmascare a los enemigos de los derechos y libertades e impida su «rehabilitación» y normalidad social.

Es necesario salir del bucle que pretenden imponer bajo la amenaza de que «lo que viene pueda ser peor», condicionándonos a otorgar una ficticia centralidad a los que no solo niegan nuestros derechos, sino que también son capaces de cercenarlos. ¿Cuál es la diferencia entre los que piden la pena de muerte y los que los dejan morir, o entre los que reprimen las libertades de los que no las conceden?

La aspiración de las derechas siempre ha sido la obtención del poder, la retroalimentación de la economía con la política neoliberal y de derechas es absoluta, el modelo de bipartidismo gestado hace décadas y que tanto tiempo se lleva soportando en casi todos los países que se otorgan el adjetivo de democráticos, no deja de ser el falso señuelo de cambiar las formas para que no cambie el fondo o dicho de otra manera realizar modificaciones para que nada cambie.

Las reformas o mejoras sociales las dan por amortizadas, saben que sus apoyos se basan en los poderes económicos, demagogia (la culpa siempre es de otros que nos quitan nuestros valores y riqueza), y la utilización de los medios para la mentira y desprestigio del adversario en base a los estereotipos y miedos: comunismo, terrorismo, intolerantes, sectarios, nacionalistas, etc. De ahí que la corrupción y otros deslices jamás les suponga un problema para sus apoyos y que jamás les pase factura política.

Resulta frustrante ver como desde la izquierda se pide el voto para la derecha, caso de las últimas elecciones en Francia, para que no las gane la extrema, y el candidato ganador declare que ha sido un triunfo del progresismo y las libertades. ¡Qué sarcasmo!

La desmovilización social en las izquierdas en todos sus espectros es un hecho evidente, desde el sindical al meramente político. Sus discursos cada vez tienen menos contenido reivindicativo y adolecen de mensajes claros que defiendan la igualdad y los derechos tanto colectivos como individuales de todas las personas. A veces uno tiene la sensación de que las subvenciones estén actuando como narcóticos dormideros en muchas organizaciones llamadas de izquierdas.

Esta inanición ya era patente antes de la pandemia llegando a acentuarse más si cabe durante este periodo. Mientras la mayoría de los sectores progresista permanecieron «confinados», sin propuestas, haciendo acto de fe lo que se nos contaba desde la versión dominante y sin cuestionarse o analizar las graves consecuencias que «el ,virus» iba a traer en un futuro próximo, desde el neoliberalismo ya estaban poniendo en marcha las estrategias que condujeran el estado de las cosas a sus intereses, resumidas en : control de la población, adecuación de las estructuras productivas o servicios y mejora de sus umbrales de beneficio.

No es casualidad el incremento de coste de la vida o lo que es lo mismo la pérdida del poder adquisitivo y empobrecimiento de la gran mayoría, o el cambio de criterio en la obtención y uso de los combustibles y fuentes de energía, o la generación de conflictos bélicos y sus efectos colaterales (rediseño del nuevo orden, política de bloques, protagonismo a los estamentos militares y potenciación de la industria armamentística). Y paradójicamente mirando hacia otro lado cuando el cuidado del medio ambiente y ecosistema exige comportamientos y cambios inmediatos, diametralmente opuestos a los observados hasta ahora.

Es muy correcto apelar a la unidad de todas las fuerzas progresistas, a la vez que totalmente necesario conseguirla, pero más allá de bonitas palabras y en muchos casos de sinceras intenciones, habrá que superar complejos y tics del pasado, apartando diferencias para reconocer sin ambages derechos democráticos elementales como son entre otros muchos, y por poner algún ejemplo, los derechos lingüísticos de las lenguas minorizadas y el derecho de los pueblos y naciones a decidir su futuro etc.

Los retos que hay que afrontar para volver a recuperar el norte desde una perspectiva progresista en el cuidado del planeta y sus pobladores exige de inmediato una agenda global común, el neoliberalismo ya la tiene, que nos haga pensar y actuar en consecuencia sobre lo que nos está viniendo y cómo afrontarlo.

Buscar