Iván B. Díez
Sociologo y profesor de Filosofía en un instituto público

Educación, Lomloe(s) y fascismo

En los últimos años, el profesorado hemos visto desfilar delante de nuestros ojos diferentes leyes de educación en las que el objetivo es adaptarse a los nuevos tiempos y, por supuesto, al mercado. Las nuevas habilidades que el alumnado actual ha de poseer han derivado en un vaivén de bailes retóricos en torno a conceptos como competencias, trabajo cooperativo, gamificación, emprendizaje o desaprendizaje que, en muchos casos, no todos, solo son nuevos términos con los que mencionar prácticas que se llevan realizando durante muchos años.

En este sentido, el profesorado nos sentimos sobre un suelo líquido, en constante cambio, en el que solo las personas capaces de navegar sobre una mayor incertidumbre no sucumben a la ansiedad o angustia de no saber si lo está haciendo bien o no. Ante lo que yo siempre digo, que si ni los departamentos saben hacia donde nos dirigimos o, si lo saben, no saben cómo ¿por qué yo he de saber perfectamente como actuar o programar bajo esos nuevos palabros? Iremos aprendiendo poco a poco, a pesar de que cada vez hay más voces críticas que dicen que si bien la izquierda debe ser revolucionaria en lo económico, en temas como la educación debería ser conservadora y no ponerla al servicio del capitalismo, pero este es otro debate.

La consecuencia de todo esto es que todo el aparato institucional y personal, desde el técnico de Lakua hasta el o la profesora de cualquier pueblo o barrio, está enfocado hacia esa transición, invirtiendo gran parte de su energía en un cambio procedimental que lleve a un mayor rendimiento académico del alumnado y adaptación a las nuevas capacidades que demanda el mundo actual. Y mi pregunta es: ¿estamos dirigiendo bien nuestra energía? ¿toda la energía del profesorado debería estar enfocada a ese logro? En mi opinión, no. Si bien debemos ser capaces de desarrollar nuestro trabajo lo mejor posible, a nivel estratégico nos deberíamos de estar preocupando por otras cuestiones más importantes.

Estamos en un momento histórico en el que los fascismos avanzan, la posverdad supera a la realidad y el alumnado queda hipnotizado por ese binomio, en gran medida a través de las pantallas (posverdad o mentira emotiva es un neologismo que implica la distorsión deliberada de una realidad en la que priman las emociones y las creencias personales frente a los hechos objetivos, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales, según la RAE). El auge de esas ideas reaccionarias en la juventud, tal y como demuestra su intención de voto, carga sobre nuestros hombros, o al menos así lo siento yo como docente, la responsabilidad de idear un plan para frenar este desastre. Porque ¿para qué quiere una alumna o alumno ser el mejor profesional del mundo en un mundo que se desmorona? O dicho de otra manera más «punk» ¿para qué quiero que mi hija sea la más lista de la clase en un mundo de mierda o la más rica de la escalera si todos mis vecinos y vecinas se hunden en la miseria material y moral? Otra pregunta no menos perniciosa y acuciante, ¿queremos ser las personas encargadas de formar a los nuevos cuadros de mando de empresas sin ningún suelo ético y/o gobiernos neofascistas? O ¿qué debemos hacer para evitarlo? A lo largo de la Historia han desfilado un gran número de personas con expedientes académicos impolutos y coeficientes intelectuales altos que han sido y son grandes asesinos o ideólogos del exterminio como por ejemplo Josef Mengele o Benjamín Netanyahu. Y hoy en día vemos desfilar a grandes cerebros de la mano de Trump, los cuales son grandes representantes de la nueva extrema derecha: Marck Zuckerberg, Elon Musk, Curtis Yarvin, Larry Ellison o muchos de las y los ideólogos de la denominada «Ilustración oscura», para los cuales la democracia y el Estado son el último escoyo para el desarrollo total del capitalismo.

Esas cuestiones son las que me angustian personalmente y no tanto las nuevas leyes de educación. La apropiación de las «fuerzas del mal» (grandes corporaciones y sus gobiernos tecnócratas y neofascistas) por parte de las grandes empresas y medios de comunicación está generando un auge del fascismo e ideas reaccionarias en todo el mundo, incluido nuestro alumnado. Así, la gestión de los bulos está entre los principales puntos de la agenda de los gobiernos, sobre todo de izquierda, ya que sobre estos son sobre los que cargan y embaten esos elementos desestabilizadores y generadores de odio y apatía política, siendo esta última no menos grave, ya que es el caldo de cultivo perfecto para el auge de estas ideologías fascistas. Ya lo decía Hannah Arendt en su libro «La banalización del mal» en el que una de sus tesis principales era que el mayor culpable del auge del nazismo y posterior holocausto no fueron Hitler y sus ideólogos, sino una masa desideologizada y sin capacidad crítica que permitió que eso sucediera.

Ante esta situación, la batalla de la prevención, en la que el profesorado nos ubicamos, se queda insuficiente y me atrevería a decir que estamos suspendiendo en esta materia. Por ejemplo, los discursos negacionistas de la violencia de género y del cambio climático son cada vez más habituales entre las y los jóvenes a pesar de los esfuerzos invertidos en coeducación y sostenibilidad ambiental en los últimos años (no me atrevo a decir Agenda 2030 porque el discurso de la derecha ha calado a través de los mencionados bulos en la sociedad y en gran parte de la izquierda desacreditando este programa y atacando o ridiculizando toda acción dirigida a mitigar el cambio climático: reciclaje, consumo responsable de ropa, tecnología... No sé si es por pereza, negacionismo, derrotismo, ignorancia o apuesta por el aceleracionismo, que nadie lo aborda de manera seria y estamos en una huida hacia adelante a pesar del evidente calentamiento global, que si aquí está haciendo estragos no me quiero ni imaginar en África o zonas más sensibles, no en vano es la segunda causa de emigración de esos países). En ese sentido, es momento de revisar las estrategias de prevención y pasar a la intervención. Primero, necesitamos un posicionamiento abierto y directo sobre este tema, ya que, si bien los objetivos y valores de la Ley de Educación están alineados con los valores democráticos y antifascistas, deberíamos hablar explícitamente de ello y poner esta problemática como prioridad en nuestras agendas; es necesario asumir el problema para luego diseñar estrategias colectivas. La escuela pública vasca, y la española, se ha de posicionar como claramente antifascista y generar mecanismos y materiales para desmontar y desenmascarar el engranaje que forman grandes fortunas, empresas de comunicación y bulos fascistas, machistas y anti ecologistas.

En conclusión, debemos empezar a emplazar a los agentes sociales e instituciones a hablar directamente sobre el tema y ayudar a rediseñar esas estrategias, a la vez que el profesorado que esté sensibilizado con el problema nos organicemos de cara a hacer frente a esta deriva fascista entre la juventud y nuestro alumnado.


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