Igor Estarellas Lacasa
clase obrera

El arma más peligrosa del capital es una revolución manipulable

Estimado camarada Muguruza, su última reflexión me ha invitado a tener la mía propia. Por favor, tómeselo como una crítica constructiva.

En el actual marco social de Euskal Herria y otros similares de otros lugares está surgiendo una supuesta disidencia de la izquierda, que da a entender que son la única izquierda verdadera y que no está intoxicada por el institucionalismo.

La lucha de clases no ha sido nunca una lucha abstracta entre «ideas puras» o facciones, sino un conflicto material entre la burguesía y proletariado. Acepto que el concepto de proletariado se distorsione por la propaganda del capital, dando a entender que «¡Por favor, señora tocada por el ala de una paloma capitalista, déjeme ser clase media!». Lo que no puedo entender es que se plantee continuamente una lucha de egos dentro de la propia clase obrera.

El socialismo, convertido en una cuestión de dogmas en lugar de una práctica revolucionaria unificada, nos conduce a repetir los mismos errores del pasado, sustituir la lucha de clases por una lucha de egos y dividir a la izquierda con una actitud sectaria.

La política revolucionaria no puede estar basada en discursos de autovictimización, sino en el análisis concreto de las condiciones materiales y en la organización de la clase trabajadora. 

Utilizar constantemente el aislamiento para justificar su victimismo o para atacar a otros sectores, no parece una práctica muy sensata para una izquierda del siglo XXI. Además, si los medios burgueses les dan voz, hay que preguntarse: ¿Por qué el capital amplifica a un grupo que dice ser anticapitalista?

Los medios burgueses no amplifican voces revolucionarias por altruismo.

La unidad no significa renunciar a la crítica, pero la crítica debe ser constructiva y orientada a fortalecer, no a destruir aliados potenciales.

El enemigo principal es el capital, no otras corrientes de izquierda. Si un grupo pasa más tiempo atacando a la izquierda abertzale o a los sindicatos que a la patronal o al estado burgués, algo falla.

Nadie puede decir que es anticapitalista y no hacer huelga para mejorar sus condiciones laborales porque los sindicatos actuales están institucionalizados y son parte del problema. Nadie puede decir que es anticapitalista y no realizar ninguna crítica al capital, mientras critica a personas que se reconocen como clase obrera.

Una izquierda que se dedica a purgar a otras izquierdas en lugar de organizar al pueblo trabajador está condenada a la irrelevancia o, peor, a ser un instrumento involuntario de la división que el capital necesita.

Estaremos de acuerdo en que el sectarismo es el cáncer del movimiento obrero. El capitalismo no necesita exterminar físicamente a la izquierda para neutralizarla; le basta con fragmentarla, enfrentarla consigo misma y vaciarla de contenido revolucionario. Ya lo hizo anteriormente la derecha vasca creando su propio sindicato para debilitar a los sindicatos de clase. Si no conocemos la historia, estamos condenadas a repetirla.

No es casualidad que los grandes medios (españoles o vascos, alineados con el poder económico) amplifiquen a un grupo que desgasta a la izquierda abertzale, convierte el debate político en una guerra entre «izquierdas puras vs. corruptas» y legitima el relato de que «toda la izquierda es un caos de divisiones», desanimando a las bases populares. La burguesía siempre ha financiado o promovido «oposiciones controladas».

Camarada Muguruza: ¿Hay que solicitar que se levante el veto (autocumplido) o hay que solicitar a  las personas «vetadas» coherencia de clase, defender los espacios plurales, el internacionalismo y la hermandad obrera ante el capital?

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