José Díaz
Licenciado en Política Internacional

«El arte de amar» y la perdurable relevancia de Erich Fromm

"El arte de amar" de Erich Fromm sigue siendo uno de los análisis más estimulantes del afecto humano en el canon psicológico moderno. Escrito en 1956, el texto abarca psicología, filosofía y teoría social, ofreciendo una crítica no solo de cómo los individuos entienden el amor, sino también de los sistemas culturales y económicos que moldean esa comprensión. Leer el libro hoy −en un contexto hiperindividualizado y mediado digitalmente− subraya la vigencia de la tesis central de Fromm: el amor no es una emoción pasiva ni un acontecimiento fortuito, sino una práctica disciplinada, un arte que requiere conocimiento, esfuerzo y responsabilidad social. El argumento de Fromm cuestiona las concepciones contemporáneas sobre la intimidad e invita a reflexionar sobre las dimensiones psicológicas y éticas de una vida emocional cada vez más mercantilizada.

Fromm comienza cuestionando la creencia generalizada de que el principal problema del amor es cómo «ser amado». Identifica una fijación cultural en el atractivo, el éxito y la deseabilidad emocional, impulsada por la lógica del intercambio de mercado: los individuos se presentan como mercancías, buscando maximizar su «valor» en las relaciones. Esta perspectiva sigue siendo notablemente relevante ante fenómenos actuales como las aplicaciones de citas y la optimización de la identidad personal a través de las redes sociales. La crítica de Fromm destaca la tensión entre la auténtica relacionalidad y el espíritu neoliberal de la autopromoción. Su enfoque invita al lector a comprender el amor no solo como una experiencia emocional privada, sino como un comportamiento socialmente condicionado, moldeado por estructuras económicas más amplias.

Una de las principales fortalezas del libro reside en su distinción conceptual entre diferentes formas de amor −amor fraternal, amor maternal, amor erótico, amor propio y amor a Dios− que Fromm no trata como experiencias aisladas, sino como expresiones interconectadas de una capacidad fundamental para la relación. Esta taxonomía revela el compromiso de Fromm con una visión holística del vínculo humano. Argumenta que el amor maduro se caracteriza por el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento; dimensiones que, en conjunto, configuran el amor como una orientación ética hacia el mundo, en lugar de un apego exclusivo a un solo individuo. Este es quizás el aspecto más intelectualmente enriquecedor del texto: la idea de que el amor genuino es inherentemente activo, abierto al mundo y moral. Desafía las narrativas contemporáneas que confunden el amor con la posesividad, la intensidad emocional o la autogratificación.

La exploración del amor propio que hace Fromm, en particular, ofrece una importante corrección a la confusión moderna entre interés propio y narcisismo. Insiste en que la capacidad de amar a los demás se basa en la capacidad de amarse a uno mismo, no como un egoísmo inflado, sino como un sentido sólido de valía y responsabilidad. Este argumento coincide con la investigación psicológica contemporánea sobre la autocompasión y la salud relacional, aunque Fromm anticipa estos hallazgos varias décadas. Su énfasis en el amor propio como fundamento de la madurez relacional resuena a nivel personal, especialmente al considerar las presiones de rendimiento y productividad inherentes a la vida profesional moderna. De esta manera, «El arte de amar» no solo funciona como un texto teórico, sino también como una guía para cultivar hábitos relacionales más saludables.

Al mismo tiempo, el análisis de Fromm no está exento de limitaciones. Su tratamiento de los roles de género −en particular, sus concepciones sobre el amor maternal y las funciones paternas− refleja el contexto social de mediados del siglo XX en el que escribió. Si bien sus reflexiones más amplias sobre el desarrollo relacional siguen siendo valiosas, los lectores contemporáneos podrían encontrar sus descripciones de género restrictivas o prescriptivas. Un enfoque más interseccional, que preste atención a cómo el género, la cultura y el poder se entrelazan para dar forma a la vida emocional, fortalecería la universalidad de sus afirmaciones. No obstante, estas limitaciones ofrecen oportunidades para el análisis crítico, invitando a los lectores a adaptar y repensar el marco de Fromm para contextos relacionales más diversos.

Otro punto de tensión surge de la dependencia de Fromm en una concepción bastante idealizada del potencial humano. Su visión del amor presupone una capacidad de autoconciencia sostenida, disciplina y compromiso ético que puede no coincidir con las realidades psicológicas del trauma, la desigualdad estructural o la neurodiversidad. Si bien el carácter aspiracional de su argumento forma parte de su atractivo filosófico, también puede resultar ajeno a las complejidades y limitaciones que dan forma a las relaciones en la vida real. Una integración más sólida de la psicología empírica −en particular, la teoría del apego, la psicología del desarrollo o la neurociencia relacional contemporánea− complementaría sus afirmaciones teóricas y las fundamentaría en la experiencia vivida.

A pesar de estas limitaciones, el valor perdurable de «El arte de amar» reside en su capacidad para desafiar a los lectores a reconsiderar el verdadero significado del amor. Fromm nos invita a trascender las nociones pasivas, románticas y a menudo mercantilizadas del amor que dominan el discurso cultural. Su insistencia en que el amor es un arte −que requiere práctica, paciencia y compromiso ético− lo reorienta del ámbito de la magia al de la maestría. Para el lector contemporáneo que se desenvuelve en las complejidades de la comunicación digital, los ritmos sociales acelerados y las cambiantes normas de intimidad, el marco teórico de Fromm ofrece tanto claridad intelectual como orientación práctica.

En conclusión, "El arte de amar" es un texto profundo y provocador que trasciende su contexto histórico. Si bien algunos elementos reflejan las concepciones culturales de la década de 1950, su tesis central sigue vigente: el amor no es algo que simplemente nos sucede, sino algo que debemos cultivar activamente. Adentrarse en las ideas de Fromm invita a una reflexión más profunda sobre los hábitos personales, las estructuras sociales y las dimensiones éticas de la relación humana. La perdurable relevancia del libro reside en su doble función como crítica filosófica y manual práctico, que desafía a los lectores a concebir el amor no como un bien emocional, sino como una práctica disciplinada, intencional y transformadora.


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