El desconcierto

Había más política en la España de Franco. Unos explicaban todos los días como sería por fin el hombre nuevo salido de la cabeza del Genocida. Otros, la mayoría, conspiraban para restablecer
una república espléndida que cambió el perfil de la España inmóvil desde hacía siglos.

04/12/2018

España está inerte; desconcertada. Pese a los graves problemas sociales y políticos que abaten a los españoles nadie habla seriamente de política. Hablo de política, no de políticos, que constituyen el gran chisme de este país constitucionalmente chismoso. Las ideologías, o sea, el marco de la política, se reducen a los rótulos que indican la sede de las organizaciones. Los socialistas son socialistas porque así lo establecen ellos en ese rótulo; los «populares» no rechazan el absurdo de su denominación que marca con un pájaro su refugio; los «ciudadanos» han decidido serlo mediante el consiguiente y presuntuoso indicativo; «Podemos» es una ilusión desprogramada en muchas cosas; las autonomías insisten en su existencia mediante las señales de carretera; las diputaciones han quedado en algo igual a las diputaciones históricas, que eran centros asistenciales; por su parte los medios de información han vuelto a su pasado franquista de medios de transmisión de los poderes.

La política española ha renunciado a las ideas políticas fundamentales y ya no contiene ideologías que expresen grandes proyectos sobre la forma de ser de la sociedad. El español parece un náufrago que anda por una playa desconocida.

Todo me lleva a una conclusión que parece epidérmicamente escandalosa: había más política en la España de Franco. Unos explicaban todos los días como sería por fin el hombre nuevo salido de la cabeza del Genocida. Otros, la mayoría, conspiraban para restablecer una república espléndida que cambió el perfil de la España inmóvil desde hacía siglos. Pero se actuaba desde las ideas. La gente leía a los genios literarios de la generación del 27. Los futuros sindicalistas aprestaban su artillería bajo la dirección de un hombre como Marcelino Camacho, el puño de hierro en guante de seda. Yo fui redactor jefe en un gran periódico de tradición liberal-conservadora y recuerdo con calor en las entrañas los conciliábulos de los redactores para encontrar la forma de dar noticias que agrietaran al Régimen. Las organizaciones en la clandestinidad combatían por la libertad desde ideas sustanciales, al mismo tiempo que se prestaba un apoyo complicado a los que aún mantenían las armas republicanas en la mano. Conocí por dentro a los militares que soñaban alzarse contra Franco; tiempos de la UMD. Los socialistas hablaban de la socialización de la economía, los comunistas estudiaban el materialismo y su aplicación al funcionamiento de la sociedad, había editoriales que divulgaban los nuevos libros de los teólogos innovadores, los cafés alojaron las famosas tertulias para el «cambio»… Sí, todo ello con Franco en el poder.

¿Y ahora donde quedó todo aquello? El periodismo ha muerto ahorcado en el patíbulo de la televisión. La democracia se abastece de juegos electorales donde los electores no acuden a las urnas con la ilusión de una nueva vida, sino con la ilusión de un nuevo amigo, sobre todo en el mercado autonómico.

¿A dónde vas, Ramona? A por leche. ¿De dónde vienes, Ramona? De la lechería.

Y cada día, veinte leyes más para que las instituciones no sean el INEM del paro. Leyes que acaban súbitamente en otras leyes; comisiones que discuten la formación de otras comisiones… El náufrago español sigue paseando la playa solitaria.

Todo esto ofrece unos días que solamente esperan a la noche. Y en ese espacio los ciudadanos no entienden nada porque les han llenado la cabeza de nada. ¡Que inmenso aburrimiento, Nicolás! ¡Que inmenso aburrimiento! Y no digo esto con frivolidad, sino con el convencimiento de que el remedio de las cosas se reduce, como diría el Sr. Rajoy, al convencimiento de que las cosas tienen remedio.

¿Y adónde vas, Ramona? A por leche. ¿Y de dónde vienes, Ramona? De la lechería.

La historia de España se reduce a que Almanzor se llevó a Córdoba en victoria las campanas de la catedral de Santiago y que los reyes cristianos devolvieron las campanas, en victoria, a la catedral de Santiago. ¡Carajo, que afición a las campanas!

Esta anemia ideológica que lleva camino de ser perniciosa hay que verla con mucha preocupación. El olvido de la política profunda tiene resultados letales para el país. Afecta a su aparato respiratorio. No es un simple sarpullido que se pueda resolver después con la simple inyección de un partido transeúnte o la dirección de un iluminado. La falta de las grandes ideologías reduce la coherencia de la vida en común, que necesita imprescindiblemente de la dialéctica informada; del pensamiento que da fortaleza a la estructura del país para ser verdaderamente país y no un bullicio de hooligans como es ahora. Mediante el juego de las ideologías surgió la modernidad europea y se diseñó perfectamente lo que significaba ser socialista o comunista, liberal o conservador ante la vida cotidiana, que es algo más que poner parches ocasionales a la existencia, lo que acaba convirtiendo a los dirigentes en patinadores a motor que van haciendo eses hasta cargarse al contribuyente.

No es posible que el problema de la creciente pobreza andaluza dependa de la Sra. Susana Díaz o del Sr. Marín, que se han fabricado unos programas que parecen la carta interminable de un restaurante para alemanes. Decía Romanones que un programa político que exceda de dos cuartillas está destinado a no cumplirse. Pero la falta de ideología está clamorosamente reflejada en frases como estas dos que recojo. Según el dirigente máximo del Partido Popular la cuestión andaluza culmina en el famoso «Gibraltar español». Y por parte del Sr. Abascal, de VOX, esta es la mejor ocasión para iniciar la «Reconquista de España». Uno lee estas cosas y se vuelve a la playa solitaria a disfrutar su melancolía de náufrago.

Sé que la muerte de las ideologías está siendo velada en todo el mundo, pero en España –¡oé, oé!– se disfruta especialmente. Yo me limito a contemplar el espectáculo desde mi pueblo y a decirme con los latinos «Donde irá el buey que no are».

España funciona como un internado regido por monjas antiguas, que solo se ocupaban de la higiene de los internados. Bueno; tampoco es eso, porque la higiene implicaba un lenguaje contenido. Yo creo que el futuro pertenece a Willy Toledo, sentado en el WC de la Moncloa.

¿A dónde vas, Ramona? La curiosidad española tiene ahí su interés más importante.

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