Especialista de historia del deporte y autor de la "Historia de la selección vasca de fútbol. 1915-2015" respectivamente
El «Euzkadi» y el mundial de Rusia

El 11 de junio de 1937 el Buró Político del Partido comunista de la Unión Soviética acordó invitar a Euzkadi por ser una potencia y un referente del fútbol mundial.

15/06/2018

Rusia organiza por primera vez la vigésima primera edición del mundial de fútbol. La selección española de la 2ª República tuvo su estreno mundialista en Italia (1934) y la mitad de los jugadores eran vascos: Ciriaco, Quincoces, Markuleta, Lekue, Lafuente, Zilaurren, Mugerza, Langara, Luis Regueiro, Gorostiza e Iraragorri, autor del primer gol español en un Mundial.

Tras estallar la guerra civil española (1936-39), a instancia del periodista bilbaíno Melchor Alegría, el lehendakari Agirre impulsa la selección Euzkadi aprovechando la calidad y la fama de los futbolistas vascos de la época con dos claras intenciones: dar a conocer la situación política en el exterior y recaudar fondos para la Asistencia Social del Gobierno Vasco. Además, situaron al País Vasco en el mapa mundial e hicieron una importante labor humanitaria.

Tras jugar en Francia, República Checa y Polonia, se trasladaron a Rusia donde jugaron cinco partidos, ganando tres, empatando uno y perdiendo otro. Sin duda su gira por Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Georgia, fue la etapa más interesante tanto a nivel deportivo, económico y político.

El 11 de junio de 1937 el Buró Político del Partido comunista de la Unión Soviética acordó invitar a Euzkadi por ser una potencia y un referente del fútbol mundial.

La presencia de Euzkadi tenía gran utilidad para la política interior y exterior del gobierno soviético. 1937 fue el año principal de las «grandes purgas» y el espectáculo futbolístico sirvió para el divertimiento de las masas y lograr una cierta normalidad. La presencia de los jugadores vascos como héroes de la lucha antifascista se situó en la división del pueblo en «buenos revolucionarios antifascistas» y «traidores operando al servicio de fuerzas enemigas fascistas», dignos de la pena de muerte. En términos de política exterior, las manifestaciones de simpatía y de admiración hacia el equipo vasco confirmaron la solidaridad incondicional de la URSS con la República. Sin embargo, era impensable para las autoridades soviéticas que los vascos terminaran su gira imbatidos e intentaron disminuir su potencial. En efecto, a partir de 1932 el deporte ruso tenía por misión ilustrar la superioridad del sistema socialista y estalinista.

El historiador deportivo ruso, Aksel Vartanjan, tras acceder a diferentes documentos y archivos, evidenció que en una carta del presidente del Comité de Cultura física y Deporte de Leningrado éste escribía haber seguido las instrucciones dadas por las autoridades políticas para manipular el partido jugado contra un reforzado Dynamo Leningrado el 30 de junio de 1937, dando órdenes a los jugadores rusos para causar, de manera consciente, heridas a dos jugadores emblemáticos vascos. Para ello idearon diferentes estrategias. La víspera del partido, llevaron al equipo a una excursión «turística”»interminable, a un largo senderismo. En el banquete pusieron a su disposición numerosas bebidas alcohólicas servidas «en su honor». Incluso jóvenes rusas al servicio del NKVD (la policía secreta) se insinuaron a los mejores jugadores que tras rechazar la propuesta fueron molestados durante toda la noche a las puertas de sus habitaciones. El árbitro también estaba al servicio de «la causa» sin sancionar las entradas peligrosas a las piernas de los vascos. Estos hechos fueron denunciados por la delegación oficial del Euzkadi. El empate a dos significó un verdadero éxito para los vascos.

Los anfitriones rusos propusieron dos partidos más en Moscú. El primero, celebrado el 4 de julio contra un Dinamo de Moscú muy reforzado que perdió por 4-7. Tras el 3-0, Nikolaj Ežov, presidente de la policía secreta (a la cual pertenecían todos los clubes llamados «Dinamo»), abandonó el estadio.

La última esperanza rusa fue el Spartak de Moscú. El 8 de julio, los moscovitas incorporaron a cuatro estrellas, entre ellas, el capitán del Dinamo de Kiev, Ščegockij, Grigorij Fedotov (Dynamo Metalurg) o Gvozdkov (Lokomotiv de Moscú). El secretario del Comité central del Komsomol (la organización de la juventud comunista), Aleksandr Kosarev, acompañado por el presidente del Comité de Cultura física y Deporte, Charčenko, fueron al campo de entrenamiento del Spartak, ordenando a los jugadores «hacer todo» para ganar. Como recompensa prometieron la participación del Spartak en la Olimpiada obrera de Amberes y en un torneo de París, el mismo verano. El árbitro, Ivan Kosmačev (por supuesto, comprado), recibió instrucciones para pitar a favor del Spartak, convertido en una selección nacional. En el minuto 57 de la segunda mitad, cuando el marcador era de empate a dos, los vascos abandonaron el campo debido al injusto penalti que pitó. Hubo una interrupción de 40 minutos y tras la intervención de Molotov el partido se reanudó. Los jugadores vascos que perdieron 6-2 acabaron exasperados.

Cuatro días después del partido, tuvo lugar en Moscú el desfile anual de cultura física, una puesta en escena espectacular de la fuerza de la juventud rusa, ante los ojos de Stalin y otros representantes del poder. Formaron parte del desfile los jugadores del Spartak, conducidos por un vehículo en forma de bota de fútbol portando en grande la inscripción: «Spartak-España 6-2». En letras más pequeñas aclaraba que el nombre «España» significaba, en esta ocasión, «País Vasco». Se trató simplemente de difundir la noticia de un gran triunfo soviético contra un poder del fútbol mundial. El «honor» del régimen estalinista fue restablecido. El "Mundo deportivo" no mencionó este resultado en su resumen de la gira del Euzkadi por considerarlo ilegítimo.

A nivel deportivo, los propios jugadores soviéticos declararían años después que los vascos les enseñaron a jugar al fútbol, aprendiendo sus tácticas, técnicas y sistemas de juego.

Aquella herencia ha sido plasmada en varias publicaciones y estudios realizados por investigadores de México, Estados Unidos, Italia, Polonia, Francia, Georgia o Rusia, herencia ignorada, una vez más, por las instituciones deportivas y políticas vascas que desaprovecharon el centenario de la selección vasca de fútbol no sólo para homenajear a aquellos «gudaris del balón» al servicio del Gobierno Vasco en el exilio sino, también, para unir fútbol, afición e instituciones.

Y una vez más, lamentablemente, no han tenido la perspectiva histórica ni deportiva para dar a conocer esta memoria y reivindicar la oficialidad ante los estamentos internacionales aprovechando un acontecimiento mediático a nivel mundial.

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