Nekane Jurado
Economista, psicóloga clínica e investigadora de género

El feminismo será no-capitalista o no vencerá

Para Sagra Lopez. En su memoria, en su lucha.

La biopolítica del poder ha tomado el 8 de marzo. La huelga laboral y de consumo es coreada por todos los medios de comunicación, los mismos que nos empujan a abarrotar las tiendas los días sucesivos y a responsabilizarnos de todo el trabajo que nadie hizo el 8 de marzo. Ante esta «lucha feminista transversal» que deja el gran meollo de la cuestión bastante oculto sumando en la misma pancarta a la «explotadora» y la «explotada», la lucha de las mujeres o mejor dicho las mujeres en lucha debemos de afrontar un profundo debate.

Un gran elenco de pensadoras feministas y anticapitalistas liderado por Nancy Fraser, con Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya, por citar a las más conocidas, han planteado las claves para un Manifiesto Feminista que nos urge socializar y debatir.

Bajo el término de «la lucha feminista» existen «feministas» de ideologías opuestas, de clases sociales opuestas, de naciones opresoras y oprimidas.
 
La multimillonaria Sheryl Sandberg, una destacada exponente del feminismo liberal, llamando a la huelga del 8 de marzo de 2018 afirmaba que bastaría «que la mitad de los países y empresas estuvieran dirigidos por mujeres, y la mitad de los hogares estuvieran a cargo de hombres», para que el mundo fuera un lugar mejor.

Sandberg, no se cuestiona ni el modelo político ni el económico del capitalismo globalizado, gran concentrador de riqueza, tanto a nivel global como local. A nivel mundial 8 personas poseen la misma riqueza que la mitad del planeta, 3.600 millones de personas. En España 3 personas poseen la misma riqueza que 14 millones de personas, en Euskadi un 1% de «afortunados» acumula más riqueza que la mitad de toda la población. En todos los casos son empresarios, como Amancio Ortega, que explotan el trabajo humano y los recursos naturales hasta el límite, y da igual el género de quien dirige la empresa, o el género de los políticos que legislan a favor de esta explotación, el objetivo es el mismo: extracción del máximo beneficio.

Los principales medios de comunicación todavía equiparan al feminismo como tal con el feminismo del modelo liberal, centrado en «avanzar» y «romper el techo de cristal», que permitan a unas pocas privilegiadas subir en la escala empresarial, en la política institucional o en el rango como parte de las fuerzas armadas y de represión. Este feminismo aliado del neoliberalismo, no beneficia a la mayoría de las mujeres, sino que en realidad les hace daño al no abordar las restricciones socioeconómicas y biopolíticas que pesan sobre las mujeres, restricciones que encierran en sí mismas la carencia de elección y la desigualdad.

El feminismo liberal, compatible con la creciente desigualdad de riqueza e ingresos, proporciona un brillo progresista al neoliberalismo, ocultando sus políticas regresivas con una quimera de emancipación. En lugar de abolir la jerarquización social, su objetivo es feminizarla, asegurando que las mujeres en la cima puedan alcanzar la paridad con los hombres de su propia clase. Permite a las mujeres profesionales y gestoras «lanzarse» porque pueden apoyarse en mujeres mal pagadas, migrantes y de clase trabajadora, a las que subcontratan los cuidados y el trabajo doméstico. Se quiere romper el techo de cristal obligando a otras mujeres (que son mayoría) a recoger y limpiar los cristales rotos.

Por otra parte millones de manifestantes de la huelga mundial del 8 de marzo de 2018, pedían «una sociedad libre de opresión, explotación y violencia sexista», y proponían «la rebelión y la lucha contra la alianza del patriarcado y el capitalismo que nos quiere obedientes, sumisas y silenciosas». En definitiva sus aspiraciones se enfrentan a una crisis estructural de modelo civilizatorio: la caída en picado de los niveles de vida y el inminente desastre ecológico; guerras y desposesiones; migraciones masivas recibidas con alambre de púas; el racismo y la xenofobia envalentonados; el desmantelamiento de derechos ganados con mucho esfuerzo. Este es el feminismo que nos puede liberar, porque capta la magnitud de estos desafíos y aspira a hacerles frente.

Y las diferencias son claras, una vía conduce a un planeta en el que la vida de la mayoría se ve condenada a la miseria. La otra apunta al tipo de mundo que siempre ha figurado en los sueños de la humanidad: un mundo cuya riqueza y recursos naturales son compartidos por todas, donde la igualdad y la libertad son premisas, no aspiraciones. Las mujeres debemos tomar postura. ¿Continuaremos persiguiendo la «dominación con igualdad de oportunidades» mientras arde el planeta? ¿O reformularemos la justicia de género en forma no capitalista, que lleve más allá de la actual carnicería a una nueva sociedad?

En el descrédito actual de la hegemonía liberal, y de la política pactista, y del debilitamiento de los sindicatos, tenemos la oportunidad de construir otro feminismo desarrollando una orientación de clase diferente y un espíritu radical-transformador. No se trata de esbozar utopías imaginadas, sino aclarar el camino que se debe recorrer para alcanzar una sociedad justa e igualitaria. Las mujeres en lucha debemos elegir el camino de las huelgas feministas que deseamos hacer por nosotras mismas, sin dictados de los medios de comunicación punta de lanza de la bio-política desarrollada desde el poder, solamente la unión con los movimientos anticapitalistas mal llamados antisistémicos, convertirá nuestra lucha en un «feminismo para el 99 por 100».

La lucha de clases no atañe únicamente a las ganancias económicas en el lugar de trabajo; incluye asimismo las luchas por la reproducción social. Aunque éstas siempre han sido fundamentales, las luchas por la reproducción social son especialmente explosivas hoy día, ya que el neoliberalismo exige más horas de trabajo asalariado por hogar al tiempo que retira el apoyo estatal para el bienestar social, exprime a las familias, las comunidades y, sobre todo a las mujeres, hasta el agotamiento. En esas condiciones, las luchas en torno a la reproducción social se han desplazado al centro del escenario, con el potencial de alterar todos los aspectos de la sociedad.

La reproducción social es, por tanto, una cuestión feminista. Pero también se filtra a través de las grietas de clase y raza, sexualidad y nación.

En la dominación y en la explotación entroncamos con la violencia. La violencia de género tiene raíces estructurales profundas en un orden social que entrelaza la subordinación de las mujeres con la organización del trabajo basada en el género y la dinámica de la acumulación de capital. La violencia sexual bajo el capitalismo no es una alteración del orden regular de las cosas, sino una parte constitutiva de este: una condición sistémica, no un problema criminal o interpersonal. No se puede entender al margen de la violencia biopolítica de las leyes que niegan la libertad reproductiva, la violencia económica del mercado, la violencia estatal de la policía y los guardias de fronteras, la violencia interestatal de los ejércitos imperiales, la violencia simbólica de la cultura capitalista y la lenta violencia ambiental que corroe nuestros cuerpos, comunidades y hábitats. A la mayoría de mujeres del Planeta la violencia de género se aplica comúnmente como una herramienta de disciplina laboral, acentuada en esta descomposición de valores del capitalismo.

No se puede detener una forma de violencia sin detener las demás. Nosotras debemos de estar decididas a erradicarlas todas, conectar la lucha contra la violencia sexual con la lucha contra todas las formas de violencia en la sociedad capitalista y contra el sistema social que las sostiene.

Unirnos de forma transnacional el 8 de marzo, no es para hacer una fiesta en las calles, que es lo que llega a nuestro entorno más inmediato. Es para situarnos en pie de lucha contra todas las manifestaciones del poder patriarcal, y como ya he desarrollado en mi libro “Lucharon contra la hidra del patriarcado: Mujeres Libres”, este poder se sostiene en cuatro cabezas de la hidra: opresión, explotación, dominación y colonización. Solamente cortando las cuatro cabezas garantizaremos que los valores de las matrias, sustentados en la igualdad y solidaridad acaben con los valores de las patrias sustentados en la acumulación y exclusión ejercidos  a través de la violencia.

Yo, como mujer blanca y europea, no quiero los mismos privilegios que los hombres blancos y europeos, quiero un mundo «sin privilegios».

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