El lenguaje, ese campo a fertilizar

¿Qué hacer ante esa diversidad? La salida básica es añadir a nuestras  propuestas habituales otras que resulten accesibles para todos. Y que abran camino. Que ejerzan como tronco del que pueden surgir otros planteamientos. De hecho, tenemos a mano una propuesta muy factible y fértil.

13/06/2018

La entrevista a ETA, con amplias consideraciones sobre sí misma, divulgada por GARA el pasado 7 de mayo, más la publicación de la revista "Erria" en cuya editorial se invita a leer, rumiar, discutir y hacer crítica, y el acto de Sortu en Miribilla donde se proclamó «todos los derechos para todas las personas» suponen nuevas formas del lenguaje en la izquierda abertzale.

Es muy ilustrativo mirar el lenguaje utilizado hasta ahora en los cuatro campos en que más nos hemos expresado: en las instituciones en las que exponemos críticas y propuestas, en la calle con sus manifestaciones y sus carteles o consignas en una y otra parte, en la prensa –sobre todo con los periódicos "Egin" y GARA– , y en nuestros documentos internos. En ellos, máxime en los documentos internos, veremos que nuestro lenguaje tiene dos direcciones primordiales. Una de ellas va orientada a los gobernantes, a los otros partidos, a la situación del País Vasco, y subrayamos la insuficiencia de la autonomía actual, indicando al mismo tiempo la soberanía a promover partiendo de nuestro derecho a decidir. En la otra, dirigida a los de casa, expresamos y reformulamos nuestra ideología: la independencia como objetivo final, y el socialismo como estructura nacional. Incluyendo la vuelta a casa de presos y refugiados/exiliados.

Esa ideología sigue siendo el recinto en que nos movemos y defendemos. Y consideramos imprescindible beber de ella una y otra vez. En todo caso, hay un detalle que sería muy importante poner sobre la mesa: el riesgo de encerrarnos en ese tipo de lenguaje. Si miramos despacio lo que decimos, escribimos y gritamos, caeremos en la cuenta de que usamos básicamente un lenguaje para nuestros votantes. No para los vascos que no concuerdan ni simpatizan con nosotros. Y con ello arrastramos un gran vacío: que estos vascos «discordantes» son un campo que no labramos. Simple zona de rastrojo. Damos por hecho que un día terminarán hartos de su vaciedad y error político, y se sentirán atraídos por nuestra honradez y claridad de objetivos. En algún grado, al menos.

En todo caso, después de tensarnos durante cincuenta años en ese lenguaje, ¿no valdría la pena añadir formas de expresión que lo hicieran más asequible a los otros? No se trata de minimizar el objetivo de la independencia y del socialismo, ni mucho menos indicarles a dichos vascos que viva cada uno a su aire. Se trata simplemente de ampliar nuestro modo de expresarnos.

Hay algunas verdades que sería muy útil exponer. Empecemos citando una que sirve de punto de partida y dato previo. Que el País Vasco se compone de una amplia tipología de personas. Desde hace miles de años. Desde que empezó a haber zonas romanizadas y zonas no romanizadas; más tarde zonas asaltadas por los visigodos y otras no invadidas; seguidamente, tierras colonizadas por los musulmanes y otras que no lo fueron; y a continuación grandes zonas bajo las monarquías castellanas, o bajo los gobiernos franceses, con todo lo que semejante situación conllevaba. Debemos exponer sin tapujos que somos un pueblo con diversidad interna ya que muchos suponen que no lo tenemos presente.

La afirmación de José Miguel Barandiaran de que el pueblo vasco «es un grupo étnico y cultural perfectamente definido» no es en modo alguno aplicable en la actualidad. Hoy día unos y otros diferimos en experiencia, costumbres y distinta versión de lo que es la vida. ¿Qué hay actos y actividades típicas? Pues, sí. El deporte rural, desde las traineras, la sokatira, o el corte de troncos con aizkora, hasta la pelota, además de la danza, la gastronomía, el aprendizaje y uso de la lengua vasca. Pero ese conjunto de dinamismos no uniforman la mentalidad de las gentes de las diversas zonas. Seguimos siendo un pueblo con habitantes de izquierda y de derecha, vascoparlantes y castellano parlantes, votantes de nacionalismo vasco y votantes del nacionalismo español o francés. Además de los que no votan ni se decantan en ningún sentido.

Qué hacer ante esa diversidad? La salida básica es añadir a nuestras propuestas habituales otras que resulten accesibles para todos. Y que abran camino. Que ejerzan como tronco del que pueden surgir otros planteamientos. De hecho, tenemos a mano una propuesta muy factible y fértil. Cultivar el sentido de vecindad. Es una verdad que vale para todos los vascos. Y es que por mucho que una persona tenga un amplio sentido de privacidad y aislamiento, no puede menos que ver, hablar y saludar a quienes habitan en el edificio. O en la misma calle y hasta en el barrio o el pueblo. E incluso charlar sobre temas comunes. Con ello nace y crece al paso del tiempo lo que llamaríamos percepción de la vecindad.

Esta simple propuesta no está vestida de ideología de partido sino que asume simplemente que la realidad y los sucesos del barrio o pueblo afectan directamente a todos.

Un paso más. Inculcar una y otra vez que los vecinos son los dueños del barrio y sus aledaños. No las instituciones. ¡Los vecinos! Y paralelamente, como jugo para esa propuesta, ofrecer la historia y proceso del barrio o pueblo. Aunque sea brevemente. Hasta dibujar la realidad actual. No por simple curiosidad sino porque conocer el propio entorno y su proceso crea una mayor disposición a ser y funcionar como vecinos.

De ahí podemos pasar a una propuesta más intensa. Exigir trato vecinal en diferentes niveles. En el ayuntamiento, en el ambulatorio o departamento salud, en el servicio de correos, en el juzgado, en autobuses, por parte de miembros de orden público. Que la gente tenga claro que los mandamases institucionales no deben decidir sino simplemente administrar.

Y que en esa función deben contar con la aprobación de los vecinos en todos los campos. Desde el tema de la basura y escombros, la seguridad individual y colectiva, las zonas deportivas y la enseñanza, hasta las iniciativas urbanísticas. Los vecinos son los verdaderos y únicos dueños, no las llamadas «autoridades» y sus agentes.

Además, este tipo de propuestas y afirmaciones preparan las mentes y los sentimientos para asumir esa misma responsabilidad en otros campos. Con esos principios bien atados resultará más viable hablar de que los habitantes de Euskal Herria somos sus dueños. Y que no pueden regirnos desde fuera. Incluso señalaremos que es muy viable tener trato de vecindad con otras tierras y gentes sin que nos obliguen legal y militarmente a ello.

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