El nacionalismo mágico de Urkullu

Porque, Sr. Urkullu, la estabilidad a la que usted hace referencia se llama docilidad y el pragmatismo resignación, valores que ya no suenan tan bien, ¿a que no?

10/11/2019

Hoy es día electoral. Día importante, por tanto, para todas las que tenemos aspiraciones políticas de uno u otro signo. Para las independentistas un gran día si conseguimos repetir e incluso mejorar los resultados electorales de abril y ser determinantes en Madrid. Todo indica que será así y que la gobernabilidad de España estará de nuevo en nuestras manos. Será un gran placer ver de nuevo que las cuentas no les salen si no es con el voto de aquellas a quienes niegan y de quienes reniegan.

A partir de mañana, tras la resaca electoral, los ecos de Madrid (unos dicen mierda y otros amén) sonarán cada vez más lejanos y cansinos y poco a poco iremos recuperando la normalidad de la «agenda vasca» y los debates más cercanos. Lejos quedará el Urkullu en mangas de camisa hablando firme e indignado desde su posición de lehendakari en nombre del PNV cual gudari enfrentado a Madrid tras el deseo mostrado por un dirigente fascista de ilegalizar su partido. Hace bien en indignarse porque augurar la ilegalización de un partido es gravísimo. No tan lejos en el tiempo ya hemos vivido las consecuencias que tiene la ilegalización de opciones políticas, momento en el cual, por cierto, tampoco es que se viera mucha indignación por su parte. Y es más grave aún porque va por descontado que si ilegalizan al PNV los independentistas acabaremos en la cárcel en la versión más optimista, que para algo son cuneteros.

Pero ya ha acabado la campaña, y con ella el chubasquero que reza «I am basque» de Aitor Esteban; la camisa de Urkullu vuelve a lucir una bonita corbata y se ve envuelta por una chaqueta que le dará ese plus a su nacionalismo realista. Ese nacionalismo que conjuga con negociar el tren de alta velocidad a cambio de aprobar presupuestos o de sostener a Sánchez por la estabilidad del país mientras este cierra páginas web y actúa contra toda muestra de independentismo por vías antidemocráticas y diría que hasta de dudosa seguridad jurídica. Frente al totalitarismo de cualquier fuerza política estatal, la receta que planteará será una vez más la del «nacionalismo realista». Ese nacionalismo realista que, a la vista está tras la evolución de los últimos cuarenta años desde la aprobación del Estatuto de Autonomía, ha demostrado ser cojo y totalmente insuficiente para las aspiraciones de este pueblo y de cualquier ciudadano que no se conforma con que dirijan su vida desde un ectoplasma instalado a 400 kilómetros. Ese nacionalismo realista que cada día tiene menos argumentos para defender que «somos como un Estado» a pesar de sacar a pasear a un Ortuzar desaforado defendiéndolo con entusiasmo, porque como bien le ha replicado en campaña la portavoz del Parlamento Vasco Maddalen Iriarte, ser como un Estado no es serlo.

Esta noche los resultados electorales serán magníficos para el nacionalismo realista. La visión pragmática y de estabilidad, valores que han instalado en la conciencia colectiva como supremos, cuando realmente a mi modo de ver están sobrevalorados, triunfarán. Qué duda cabe. Pero a partir de mañana el argumentario del PNV volverá a mostrar signos de debilidad. Porque gobernar un país donde no puedes decidir ni las becas que das a tus estudiantes, donde la que te queda es complementar las insuficientes cantidades y plazos a las madres y padres, organizar la calefacción de los palacios de justicia sin que puedas impartirla o seguir reclamando las 37 competencias pendientes aún de ser transferidas tras décadas es claramente, no solo nefasto para la ciudadanía, sino humillante para quien la gobierna. Porque, Sr. Urkullu, la estabilidad a la que usted hace referencia se llama docilidad y el pragmatismo resignación, valores que ya no suenan tan bien, ¿a que no?

El nacionalismo realista no tiene futuro más allá de intentar anestesiar al pueblo para seguir gobernando y apuntalando un Estado quebrado y en grave crisis. El futuro está en la ambición y la dignidad que como pueblo se ha de ampliar. Ambición y dignidad es lo que ha demostrado la izquierda independentista vasca junto a partidos galegos, catalanes, valencianos y de las Islas Baleares en la Llotja de Mar el pasado 25 de octubre. No es una foto, no es una firma, es toda una declaración de intenciones de luchar, de no conformarse, de aliarse para ser más y más fuertes, y de acordar una hoja de ruta para alcanzar los objetivos en ella marcados. Somos mayorcitos para decidir lo que nos convenga. El nacionalismo realista no ha considerado oportuna su adhesión a un plan coordinado de futuro para alcanzar la libertad de nuestros pueblos, su derecho a la autodeterminación y a la liberación de todas las presas políticas vascas y catalanas. Pero esta vez nadie se va a quedar esperándoles.

El próximo 30 de noviembre habrá otro hito importante. Ese día expirará el plazo del grupo de expertos en el seno de la Ponencia de Autogobierno del Parlamento Vasco para presentar un texto articulado sobre las bases y principios acordadas en la ponencia y que se basan en dos elementos fundamentales: es necesario alcanzar un estatus donde las vascas de Gipuzkoa, Bizkaia y Araba podamos dejar de tener una relación de subordinación con el Estado español y se dé la palabra al pueblo. Estoy intrigada por conocer el argumentario que a buen seguro estará redactado en algún ordenador de Sabin Etxea que justifique el descolgamiento del nacionalismo realista a las bases y principios acordados. Otra vez tratarán de situarnos en el marco del nacionalismo realista. ¿Pero no es más bien un pensamiento un tanto mágico creer, tras 40 años, que ser más dócil y útil para Madrid es la vía para conseguir algo?

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