El obispo Munilla y la Iglesia vasca

Nuestras diócesis vascas están más preocupadas por su mantenimiento y subsistencia que por su compromiso profético y eficaz en las necesidades de su pueblo

13/12/2019

Aunque hoy nuestra sociedad vasca es plural y laica, la Iglesia católica y, en especial, algunas intervenciones de su jerarquía no dejan de tener amplio eco mediático. Uno de sus centros de interés ha sido y continúa siendo el obispo de Donostia, José Ignacio Munilla, que cumple en estos días los diez años de su nombramiento (21.11.09) al frente de esta diócesis de Euskal Herria. Varios reportajes y crónicas han analizado su trayectoria y sus opiniones sobre temas socialmente candentes (aborto, feminismo, eutanasia, etc.) muy criticadas por su carácter conservador y polémico. También sus decisiones pastorales en parroquias, arciprestazgos, consejos, nombramientos han suscitado en amplios sectores del laicado y del clero profundos desacuerdos, razonados por su falta de participación y sentido evangélico.

La designación de este obispo para la Iglesia guipuzcoana tuvo ya desde sus comienzos unos objetivos especialmente significativos marcando líneas muy diferentes a las de sus predecesores inmediatos, José María Setién y Juan María Uriarte, quienes asumieron posturas pastorales de compromiso por la justicia y por la paz en Euskal Herria defendiendo sus derechos contra toda violencia y buscando la paz desde la justicia. José Ignacio Munilla ya manifestó sus discrepancias con José María Setién cuando era sacerdote y párroco en su diócesis.

Entre las acciones pastorales relevantes de estos obispos anteriores cabe destacar la intensa actividad por lograr una Iglesia vasca unida en la llamada «Provincia Eclesiástica Vasca» que relacionara pastoralmente las cuatro diócesis de Hegoalde unidas en el arzobispado de Pamplona. Fue un empeño común ya desde sus antecesores inmediatos. En efecto, desde hacía años, venían solicitando esta unión que superara la anómala división entre Burgos, a cuya provincia pertenecen Vitoria y Bilbao, y Pamplona, donde está adscrita San Sebastián, con otras diócesis. Pero siempre han chocado con la oposición del Gobierno central por sospechas nacionalistas. El Vaticano se ha plegado en este asunto a la política española haciéndola prevalecer sobre los criterios pastorales del Concilio Vaticano II.

El nombramiento de José Ignacio Munilla, como ya antes de Francisco Pérez (2007) para Iruña, y los posteriores nombramientos episcopales para las diócesis de Bilbao, Mario Izeta (2010), y Vitoria, Juan Carlos Elizalde (2016), no han favorecido una disposición jerárquica positiva a esta estructuración eclesiástica de los territorios de Euskal Herria. De hecho, por parte de los actuales obispos de las cuatro diócesis, tal Provincia Eclesiástica no ha sido propuesta ni mencionada. No entra en sus objetivos conocidos.

En concreto, el obispo de San Sebastián ha marcado un claro rumbo alejado de las posiciones de sus antecesores en este asunto. Su línea está orientada en direcciones diocesanas que dejan a un lado una Iglesia vasca unida en una sede metropolitana común, con proyectos pastorales que respondan a lo que hoy es y necesita Euska Herria en su nueva coyuntura social, política, ecológica y cultural.

Sin embargo los nuevos signos de los tiempos, en el contexto de la nueva situación político-social, son momento oportuno para el afianzamiento de una Iglesia vasca o euskal Eliza que impulse dinámicas ilusionantes compartidas y, a la vez, audaces, entre las diversas diócesis vascas, a fin de hacer frente a los retos que la sociedad moderna y el futuro de Euskal Herria plantean. Ejerciendo la antigua tradición de las iglesias metropolitanas, un sínodo o concilio particular de la solicitada Provincia Eclesiástica podría sentar las bases de una colaboración pastoral estable y fructífera en la Iglesia de Euskal Herria. No está de más recordar las reivindicaciones de la Memoria al Papa Pío XII (1944), la carta de los 336 sacerdotes (1960) por la libertad y derechos de Euskal Herria, las luchas del grupo ‘Gogor’, las peticiones de consejos presbiterales y de grupos como la Coordinadora de Sacerdotes de Euskal Herria y otros colectivos.

Pero esas voces se han ido acallando y hoy la Iglesia oficial está alejada en nuestras diócesis de este tema y en un preocupante conflicto y tensión interna en Gipuzkoa. Además, los «planes de evangelización» no responden a lo que el Foro de Curas de Bizkaia llama «hechos mayores» sociales y económicos que exigen una evangelización liberadora de pobres, cautivos y oprimidos. En general, nuestras diócesis vascas están más preocupadas por su mantenimiento y subsistencia que por su compromiso profético y eficaz en las necesidades de su pueblo y en sus esperanzas de justicia, de libertad, de paz, de derechos humanos, con los más desfavorecidos por un sistema económico «que mata», en frase del papa Francisco, con personas presas, con la cultura e identidad de Euskal Herria, como lo hicieron, por ejemplo, Antonio Añoveros en Bilbao, José María Setién, Juan María Uriarte, en Gipuzkoa. Son, sin embargo, desafíos urgentes para una Iglesia vasca.

Hoy, tal como nuestra Iglesia está estructurada y dividida, pienso que carece de estas opciones y audacia para realizarlas. Y en sus diez años de intensa y extensa actividad episcopal, estos temas urgentes no ha sido afrontados pastoralmente por parte de José Ignacio Munilla con la intensidad y urgencia pastorales que requieren; tampoco por los demás obispos vascos. Creo además que faltan conciencia y convicciones de lo que Euskal Herria es y necesita para la paz basada en la justicia, respetando la pluralidad y legítimas diversidades, como lugar de diálogo y encuentro dentro de ella y en la sociedad vasca en su conjunto.

En esta encrucijada vasca, si la Iglesia quiere responder desde los signos de los tiempos a lo que expresamente pidió el Concilio Vaticano II –«ser solidaria del género humano y de su historia»– para construir otro mundo diferente desde el lugar concreto de Euskal Herria, necesita una profunda renovación en sus comunidades, en su relación como Iglesia vasca, en sus obispos.

Todavía estamos lejos de lograrlo. Nos encontramos en una fase involutiva. Sin embargo se mantienen vivas estas referencias básicas que deberán conformar una Iglesia vasca, comunitaria, de relaciones dialogantes, sinodales; que comparte los problemas del pueblo; que sirve evangélicamente a los pobres; liberadora de opresiones. Una euskal Eliza que asume la lengua y cultura específicas de Euskal Herria, defensora de sus derechos como pueblo y nación; que afirma la identidad vasca y colabora para que sea libre en sus decisiones, desarrolle su cultura y contribuya, desde el respeto de sus derechos, a la paz y a la convivencia entre los pueblos.

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