El producto bruto del interior
A pesar de que no más consigo regular la aplicación del último decreto-ley mediante una adecuada reglamentación ordinaria que llega a conjugar con la difícil ordenación sociojurídica de los cojines de nuestros canapés, conservo la esperanza, algo descuartizada, en la nevera.
Se me abren los ojos –que los tengo dogmatizados por si se les olvida uno de sus fundamentos– y según me incorporo de la piltra con algo de voluntad, camino medio levitando por el mismo parqué flotante de todos los días. Porque en mi casa camino no se hace al andar, ya está hecho desde plano. Y continúo por el pasillo azaroso, y nada maximalista para no fracturarme la corteza entorrinal lateral –con la que me oriento en el tiempo– pues voy acostumbrándome a la arritmia y olvidando la robótica que todas y todos llevamos dentro. Avisto el umbral de la cocina y comienzo a despertar, a la vez que el nudo gordiano de mi garganta va apretando. Intento aclararme desde la cosa que soy a quien puedo ser animadamente, a medida que voy eligiéndome entre diferentes conmigos. Es el entretenimiento más difícil del día: primero atender a lo que me mantiene, después filtrar sus pasiones descartando las no adecuadas –entre ellas las que me indican los dos bolillos encajados y colgantes de la zona media–, por ser en sí mismas de consecuencias probablemente displicentes para mis ellos y luego para mis conmigos. Tras aproximarme a la media ponderada de lo que por voluntad propia –cada vez menos ajena y condicionada– quiero que ocurra con uno de mis conmigos, de lo que posiblemente vaya a ocurrir con esto mismo y de lo que acaso suceda con lo que no alcance a cambiar pero pueda afectarme, consigo escoger el autodefinido del día y autodeterminarme parcialmente. La necesidad moral resignada hegeliana, que dice que «lo que debe ser es lo que va a ser», que haga lo que haga y ocurra lo que ocurra es porque debe ser así, me resulta comodísimo. Pero combinar la tumbona de mi alfeizar con la hamaca del jardín público tampoco lo veo yo muy así, prefiero participar en el acontecer y no parasitar. Y por supuesto, que entre lo que no he podido cambiar hasta ahora, tengo en cuenta al tiempo atmosférico. Saco la pelambrera rizada de mi pecho de macho alfa por la ventana –la semana que viene me tocan planchas y la siguiente tintado– y me da como resultado la cantidad de movimiento de la espesura de los nimbos, y así consigo sopesar –en el supuesto de que saliere– si cupiere la posibilidad de empaparme de alguno de los rayos de Eki, así, sin tasa impositiva alguna y sin la venia de los jeques y sus jacos. De seguido hablo con Los testigos del ultimo día en que salió, con sede ambulante, y añado sus datos a los míos para el pronóstico definitivo de la jornada sin jornal. Y es que verdaderamente espero oscurecer algo mi piel albina en el alfeizar ampliado de una de las ventanas que compré junto con la casa –pues ser de color, que ahora parece que no lo tengo, me da caché de marqués, siempre y cuando oculte las marcas de las medias a la altura de las rodillas. En aras de acelerar este proceso de tintado para tan alto honor y sin dejar de confluir con el tiempo geológico, he tomado afición al vino tinto del año de Arabako Errioxa en espera de poder superar mi fase incolora.
Llego a donde tengo que llegar, porque así debe ser según aquél, y hete aquí como resultado aclaratorio, que la ontología de la cafetera se corresponde con su apariencia. Sí, es una cafetera para hacer café, y lo que debe ser, una cafetera, va a ser ella en sí misma. Bien, coinciden. Tras haber percibido que soy algo más animado en comparación con el aparato –esta es la otra certeza con la que afortunadamente me encuentro– vuelve a aparecerme una de mis necesidades matinales a la que procuro contener de nuevo. Es la que siendo propia de mi derecho natural inequívoco e inalienable me conduce a darle unas cuantas coces a los tambores de los tabiques que me desconectan con mi parte más genuina. Y por esto abro las ventanas, para respirar –porque sobre tierra libre no estoy–, aire el de ayer –harto cargado–, fuego solar –a saber si lo palpo– y agua sí –aunque cada vez menos. No llego a dos elementos de cuatro... uf... si tengo que conectar primero con la apariencia de los demás y después a ser posible con sus seres, y aún no he conectado con la mía porque rehúyo de la especulación estética deformada –tanto como la de los dos módulos prefabricados de Lapatiño, que emergieron durante un par de segundos de mi pobre pantalla plana e hicieron de mí una sombra– y no más me da tiempo a comprobar si mi autodefinición y lo que a la fenomenología natural, social, nacional, estatal, interestatal y cósmica les sale del medio casan, pues es de esperar que pueda costarme. Y si ni a mi propia instancia jurídica suprema o tribunal de casación –tras el arduo trabajo del contencioso– le hago demasiado caso, tendría entonces que echarme a los montes eólicos y recuperar los elementos que me dan una vida indefinida y nada antitética. Entre palas es muy difícil, sí, y me da que es cosa de las fuerzas de seguridad de mi Nación golpeadora y copiona, y de las obligaciones, acciones y derivados del Estado impositivo de allá. Parece que es la anaideia la que me tira unos cuantos montones y que incluye como descuento preotoñal uno de esos viajes a la sierra de la oferta y la demanda, de los que ya no vuelves jamás al mismo precio de antes. Aún no sé si la vida está para vivirla y entenderla o para comprarla y venderla. Y me tiembla casi todo el cuerpo, menos el moño que lo tengo bien sujeto y los dos tobillos nuevos de titanio –de gran tolerancia al seísmo– que me ha instalado el cirujano metalúrgico de Osasunbidea. Mi sismólogo de pago, que es de Arriasgoiti, después de abrazarme unos nueve segundos y hacerme un par de placas tectónicas –para asegurarse de su diagnóstico– me dice que no me preocupe, que las fallas que tengo se mantendrán en su sitio para un buen tiempo, y que aproveche la vibración para calentar el consomé y terminar de espesar la salsa del congrio.
Hoy he visto de nuevo la luz después de tontear también con la nada –más que nada por comprobar de nuevo si el tiempo pasaba o era yo el que estaba pasando del tiempo. La del aseo que se ha dejado encendida mi pareja calvinista, pues se ha llevado el espejo al trabajo en la furgo por lo bien que le quedaban los culeros de Klein. También ejerce de bróker en sus ratos libres, la rebosa la bolsa de las rebajas –bien mirado tiene su porqué: el vestido que me quedaba tan mono en julio y que costaba x al cubo, ahora cuesta la tercera parte de una palangana. Todo esto me infla demasiado la economía circular y otros dos elementos más –ahora sé quién animó a Adam Smith a racionalizar y formular la necesidad de que el Estado no se inmiscuyera en el mercado libre, su consuegra. Je le laisse faire parce que elle est très douée dans ce domaine, a pesar de que me parece que todo esto es excesivamente rotacional, que marea mucho, y disfuncional, porque se me llena el trastero. Pero no más llegar, ella me enciende toda la maquinaria doméstica que pueda encenderse y se me viste de cuero negro enredado, y látigo en mano, me enseña sus hiperboloides cuadráticos... y qué voy a hacer... pues invertir en mis fondos.
De la misma manera que otras tantas, me he dado cuenta de que las playas se componen de arena y agua por definición geomorfológica, y sus lindes subterráneas también por arcillas y estratos de rocas flysch –parecidas a cuando le cojo el dobladillo al pantalón de mi hija– y que tal definición coincide en su totalidad con lo que se nos aparece cuando cavamos desde presupuestos sombríos. Bueno, ya sabemos que estos asuntos pertenecen a la irresponsabilidad planetaria errante, vagabunda y postpagana y se solucionan con las mascotas de Nepos –las de las Islas Caimán– con sus órganos ejecutivos bien inflamados –de hecho, en la península, los huevos fueron una poquita antes que las gallinas protestantes. Curioso, que yo me creía que la mar –muy salada ella– llegaba solamente hasta un poco más abajo de donde ponía la toalla, y que en las mareas revueltas tormentosas, las aguas se drenaban por sí mismas desde los avanzados sistemas de alcantarillado del valle del Indo, tipo costa mediterránea –como cuando yo mismo me dreno los conductos linfáticos, si percibo que estoy reteniendo algún líquido. Me toca trasladar, desde el laboratorio contiguo a mi fregadero, el resultado de la analítica de residuos que genero y numero en mi posada, a los contenedores de diferenciación específica, unos cinco packs. Y me dan ganas de enviar deliberadamente todo por globo a la Planta de Valorización Energética. Si me llega el aire puro y limpio que sale de sus filtradas chimeneas para descontraer mis neumocitos, ni tan mal. Mantengo el convencimiento de que mañana algo subirá, la marea, el ciclo combinado de la soda, los peajes por sobrevivir y respirar, el alquiler y las apuestas por las casas, mi boina al percibir la candidez occidental y la nueva pasarela de moda oriental, la tasa a la constante de Planck de las células fotovoltaicas que tengo en las orejas, etc., y sin más demora, aprovecho para ponerme tres medallones para mi hamaiketako por haber llegado hasta las once de la mañana, medio sano y salvo, sin que a alguien le haya dado por invadir el portal –aunque Belén ya no viva aquí– como pasatiempos de verano. Uno de pimiento rojo relleno de un pariente muy lejano del bacalao, otro de pimiento verde recubierto de lo que me sale de la olla y el último de txipiron cuando huía de la brasa. Y digo yo, aunque cierto es que ella también me lo dijo, pero estoy segura de que primero se me ocurrió a mí, que la leo el pensamiento... uf se me están pegando las lentejas. Llamo a la Oficina Municipal de Información al Consumidor (OMIC) y me dicen que dicho conflicto es competencia exclusiva de la Asociación de Agricultores y Ganaderos de Guadalajara. Bueno, pues consigo comunicar con Ceres, su Administrativa jefa–operadora–madre–sirvienta–limpiadora–interina–esposada, y amante sin refajo en sus ratos libres, y me confirma lo que me temía... son de aquella cosecha en la que todas se pegaban porque los hacendados no hicieron buen uso de las subvenciones comunitarias y que disculpe a dicha cosecha, que esperan no vuelva a ocurrir. A pesar del disgusto, he logrado que mi tenderete dejara de chirriar. Con un chorretón de aceite de oliva virgen extra de Jaén en las poleas es suficiente. Es poleo–saludable –que me lo imaginaba, pero no conseguía encontrar el logos al chirriar de la teoría de sus cuerdas. Quisiera, en la vez que me tocara y habiendo comprendido desde sus inicios el fundamento de la cola –porque si entendemos que la pescadilla se la muerde, con inferir una mijita más pues es suficiente–, comprar el bien pescado en una Lonja no pelágica. Porque si arrastran lo que se les aparece por delante, en plan ultramarino –a quienes solo les palpitan los fondos de inmersión– pues ya estamos otra vez jodiendo con el nihilismo de lo ajeno. Aunque en cuanto a volver a ligarme con lo trascendente sí que me atrae algo lo del Pelagianismo, que no hacía demasiado caso al pescado original y le daba igual que lo hubieran enredado donde nació que donde se fuera a nadar.
La camaleona ojiplática del alféizar alargado a quien veo cada verano es algo Deísta. Me lo figuraba porque está estupenda, y me alegro, porque ni la revelación ni la dogmática trascendental me convencen a mí tampoco, y en la misma medida ni la razón eufémica de los Estados, que también sirve para cualquier terror y tropelía. Lo induzco porque no se me revela cuando me acerco en plan dialectoso –ya sabe que no la voy a decir qué tiene que vestir y ni de qué color, porque nunca lo hago– y creo que intuye que gran parte de la especie homínida aún no ha terminado de consumar sus instintos excretores, algo así como cierta evolución tendente hacia los topoi paradisíacos perdidos de la fiscalidad del septentrión. Pues qué quieres que te diga chica, a mí la democracia directa me parece un acierto. Un tartazo y otro tortazo bien dados en los momentos precisos y de ajustados módulos a procariotas que no diferencian sus órganos y que mezclan todas sus funciones, que «tanto monta como monta tanto», pues no me parece tan disparatado. Son innumerables los casos en los que podemos hablar de la congruencia numérica de la opila de Tartalo y del zaplasteko de Basajaun –sus adecuadas modulaciones dividen exactamente con grandes enterezas a las desmesuradas diferencias entre lo escaso y lo demasiado. Es que para cuando sus señorías se desprenden de su inclinación a hacer puto caso omiso a lo que no vaya con sus significaciones y afectos, pues ya se han mineralizado las últimas occisas... sin duda lo prefiero al golpe y porrazo corrugado de los cascos rojos de las entrañas de Joshua, en continuo esfuerzo por singularizar y adelantar la evolución del homo cranium concavus. Ostias y obleas! Se me olvidaba, hoy tenemos sentada frente de la fábrica porque el consejo regulador de directivos, accionistas y asesores –unos trescientos veintiocho– no se ve con fuerzas y le produce mucha angustia retirar la panoja del Magic Bank of the World, ese mercado que dobla y triplica el material base fungible en las subastas del mercado de Nekros, entre fuscas, opioides y ropa íntima ajena.
A pesar de que no más consigo regular la aplicación del último decreto-ley mediante una adecuada reglamentación ordinaria que llega a conjugar con la difícil ordenación sociojurídica de los cojines de nuestros canapés, conservo la esperanza, algo descuartizada, en la nevera. Parece que objetivar y actualizar los sumamente abstracto y tan difícilmente interpretable les supone demasiado desgaste: esperen que voy a intentar moverme para conseguir comunicarme con el fin de ver si llegamos definitivamente a un acuerdo Habermasiano estructural, pausado y proporcionado, en vistas a una solución que convenza a la propia naturaleza inherente del subjetivo y abstracto sentir ajeno, no vaya a ser que se me disloque el meñique y no pueda manejar tampoco lo otro, ambos pertenecientes a mi conmigo por derecho financiero. Plinio el viejo, aunque compilar compilaba y es de agradecer, seguiría hoy en día mal metiendo y diciendo que lo que se nos aparece es para satisfacer las necesidades del complacido hombre alfa y la mujer complaciente theta. A aquel también se lo comió el Vesubio mientras perjuraba tanto de lo regular y comúnmente explicable como de lo irregular e inexplicable. A ver, que sabemos que las categorías apriorísticas –unidad, cantidad, totalidad, accidente, negación... y estabilidad cuadrúpeda– de pollinos y pollinas son ciertamente más importantes que la ligera modificación de sus mores maiorum. Cómo va a querer tu dios financiero megalómano, sinónimo de lucro, que se te acabe el chollo del arca pública mientras vivas, con todo lo que le rezas, invocas y sacrificas por su amor por ti? ¿Es la misma dicha que provee ver a un morlaco agujereado y rasgado, arrastrando lenguazo, babas y rótulas entre regueros de sangre, coloreando el arenal pastelón del rojo que tanto te pone? La plenitud del arte de torturar y aplastar la res publica? la biopolítica peninsular en su esplendor encomendándose a Regalado –me recuerda al Centro Memorial de Solamente y Exclusivamente Mis Víctimas. Y después de tantos años, me queda una pensión de trescientos euros a devolver... me tienen acribillada, con todo lo que me he embrutecido yo trabajando en el interior de mi casa por todo los productos... me dan ganas de irme a Finlandia, entre fiordos y fiordas.