Profesora de autodefensa feminista
El sesgo cognitivo de la no política

Tenemos que llegar con datos concretos que nos permitan removernos, conflictuarnos y dotarnos de la capacidad de transformación, pero viendo que hay posibilidades reales si orientamos nuestros objetivos al bien común.

05/06/2020

Uno de los mecanismos que utilizamos los seres humanos para interpretar la realidad se llama sesgo cognitivo. Hace referencia a la tendencia que tenemos a buscar atajos en el procesamiento de la información. Dichos atajos tienden a validar la realidad siempre que confirme nuestra manera de pensar o reafirme el prejuicio con el que hemos sido socializadas. Por eso seguimos escuchando: «mujer tenía que ser» o «déjalo, es un tío, no puede hacer dos cosas a la vez», así no tenemos que realizar ninguna modificación de nuestras creencias. Además, facilita mantener esos esquemas mentales que nos son rentables para no salir de la zona de confort. No vemos necesidad de cambiar lo conocido porque como conocido queda validado y, además, se le asigna la característica de «normal o natural».

En ese sentido, me preocupa que a veces no consigamos trasladar el principio de justicia social, de igualdad, porque se quedan en propuestas un poco abstractas y cuesta identificar los pasos posibles para cambiar la percepción de normalidad que asignamos a la desigualdad. Cuesta dar ese paso de identificar en lo concreto, en lo cotidiano nuestra capacidad de actuar. Porque cunde la idea de que cambiar algo «natural» es imposible, así que mejor no invertir esfuerzo.

En este confinamiento he visto en redes, escuchado a pacientes, profesionales, comentarios y pareceres que transmiten que la gente es lo peor. Hace poco, cuando íbamos a pasar de fase, un compañero me decía en tono pesimista, «verás ahora, la gente a salir en masa a no respetar el distanciamiento» y yo le interrogué: ¿nosotras no somos gente? Como bien decía Sartre: «el infierno son los otros». Conseguir mantener la afección de lo colectivo es incorporarnos al concepto de gente que apoya lo público, la sanidad pública, la erradicación de las desigualdades, la importancia del cuidado para sostener la vida. Colectivamente necesitamos recuperar esa potencialidad de lo definido como problemas de lo común. En esta nueva fase comienza el futbol, pero no sabemos cómo vamos a garantizar la educación y el cuidado de las niñas y los niños en setiembre. Ese sesgo en la toma de decisiones también es político y nos indica qué tiene importancia y por tanto cuáles son las medidas para solucionar lo público, aquello del interés general.

Situar la mirada en lo público requiere romper con el sesgo cognitivo que nos ha hecho creer como sociedad que hay que dejar la política aparte, y recuperar una de las acepciones clásicas de la política: «Actividad de la ciudadanía cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo». Hacer política es trabajar para derogar la Ley de Extranjería y/o la reforma laboral e igualmente es político exigir una sanidad pública y universal. Es necesario romper con esos sesgos mentales que, aunque provechosos para la pasividad y en cierto modo acomodaticios, nos desactivan en nuestra capacidad de agencia. En la misma línea, esa pasividad nos desvincula de lo colectivo. Si la nueva normalidad es asumir la desigualdad como natural, seguiremos como antes pero con un aumento de vidas precarizadas. Así que toca desvincularnos de ese imaginario de que la gente es lo peor, porque nosotras somos gente. Hacer política es preocuparse e identificar cómo articular la propuesta política que beneficie al conjunto y conseguir un amplio consenso social entorno a ella.

A veces lo que nos falta es información. Quizás quienes lean este artículo ya están mucho más allá, ahora bien, si seguimos en la línea de acompañarnos como parte de «esa gente» que somos, quizás podamos sumar y amplificar el efecto para impulsar plataformas y redes organizativas que consoliden no solo cambios individuales, sino cambios colectivos.

Os propongo que hagamos un ejercicio de una ruptura del sesgo cognitivo que llevamos años escuchando: «por mucho que cambiemos las de abajo, no hay nada que hacer», «la política es lo peor».

Los estudios de neurociencias nos dicen que cuando nos enfrentamos a grandes cambios surge frecuentemente la alerta de la amígdala cerebral que nos conduce al pánico paralizante. Así que «para qué cambiar con lo difícil que es; para qué cambiar si por mucho que yo haga no va a servir para nada».

Por eso, la propuesta en la micropolítica es comenzar con pequeños cambios, con información, capacidad real y efectiva que reduzcan las desigualdades y favorezcan un mundo habitable para todas las personas. Porque necesitamos que el máximo de personas se sume a la propuesta y poder impulsar desde abajo la macropolítica de la justicia social. Eso requiere integrar muchas miradas y trabajar para que nadie quede en los márgenes de la propuesta común, ya que es muy difícil sentirse parte cuando nos desvinculamos de lo colectivo o no tenemos ni para comer. Es muy difícil sentirse parte cuando estás precarizada o directamente excluida. Todo ello, no nos deja vislumbrar un futuro común diferente.

En la situación actual, si no apuntalamos ahora las medidas políticas y económicas para afrontar «no está crisis» sino a las crisis que arrastrábamos, va a ser muy difícil recuperar derechos que ya sabemos, por experiencia, que son frágiles, especialmente los derechos de las mujeres.

Tenemos que llegar con datos concretos que nos permitan removernos, conflictuarnos y dotarnos de la capacidad de transformación, pero viendo que hay posibilidades reales si orientamos nuestros objetivos al bien común. Datos como que la contaminación ambiental mata cada año a más de ocho millones de personas (OMS), que cada diez minutos una mujer es asesinada en el mundo (ONU), que el 76,3%, a nivel mundial, de los cuidados no remunerados los realizan las mujeres (OIT), que la pobreza tiene nombre de mujer, que diariamente gastamos 54 millones en defensa, o que la guerra empieza aquí ya que en Euskadi se fabrica el 81% de armas del Estado (MOC).

Os animo a que seamos gente, gente que con un optimismo realista sea capaz no solo de hacer diagnóstico crudo, de recopilar datos de todos los procesos de deshumanización sino capaz de ilusionar, de convocarnos a la participación, al conflicto que nos puede transformar individual y colectivamente.

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