Sonia Iturain Jimenez de Bentrosa
Doctora en Psicología

Ellos aprendieron que podían

A Marcos, a Dani y a Julen nadie les enseñó a violar. No hizo falta. Nadie se sentó frente a ellos para explicarles cómo ejercer la violencia ni cuándo cruzar un límite. Lo que aprendieron fue otra cosa, mucho antes, y en diferentes lugares. Aprendieron que el deseo masculino no espera, que es urgente, casi irrefrenable. Que insistir no es una forma de violencia, sino una virtud: el que la sigue, la consigue. Que un «no» puede ser solo una manera de decir «convénceme», porque quien bien te quiere te hará llorar. Que las mujeres exageran, confunden, dramatizan. Y aprendieron también que, cuando algo se tuerce, el silencio suele proteger más que la palabra: los trapos sucios se lavan en casa.

Durante años, la pornografía fue su principal escuela sobre el sexo. No como una fantasía ocasional, sino como un consumo cotidiano, accesible, gratuito, integrado en la lógica de un mercado que promete satisfacción inmediata y no exige responsabilidad. En esas escenas, los cuerpos de las mujeres aparecían disponibles, intercambiables, siempre dispuestos. No había historias, ni miedo, ni dudas. No había consecuencias. El placer masculino organizaba la escena y el poder se confundía con el deseo. Mandar excitaba. Insistir funcionaba. Tomar no tenía coste.

A Marcos, a Dani y a Julen nunca les hablaron de la pornografía como de una industria ni como de una escuela. Se la presentaron como ocio, como entretenimiento, como algo privado y sin consecuencias. Pero en esas imágenes aprendieron mucho más que técnicas sexuales. Aprendieron quién ocupa el centro y quién queda al margen. Ellos aparecen como sujetos: activos, dominantes, ejerciendo control, incluso violencia, con la satisfacción masculina como único objetivo, casi siempre centrada en la penetración. Ellas, en cambio, aparecen hipersexualizadas, fragmentadas, reducidas a cuerpos que dan placer, objetos al servicio del deseo ajeno.

En ese relato no hay espacio para el placer compartido, para el consentimiento vivo, para la reciprocidad. No hay encuentro, hay uso. El patriarcado aporta el marco simbólico −hombres que desean y toman, mujeres que están ahí para ser usadas− y el capitalismo lo convierte en producto rentable, en mercado global. Así, mientras ellos aprenden a verse como sujetos con derecho al placer, los cuerpos de las mujeres se convierten en el soporte de una desigualdad que se presenta como libertad.

Por eso, cuando Marcos, Dani y Julen salen juntos una noche, no sienten que estén transgrediendo nada. Se reconocen en gestos mínimos, en miradas que no necesitan explicación. No improvisan, pero tampoco planifican en voz alta. No hace falta. Cada uno sabe qué se espera de él. Lo han visto antes. Muchas veces.

Cuando ellas se niegan, dicen que no, o no responden, ellos no se detienen. No porque sean monstruos, sino porque no han aprendido a leer ese límite como límite. La pornografía nunca les enseñó a parar. Nunca les mostró el miedo. Nunca les habló del consentimiento como algo vivo, situado, reversible.

Después, tampoco hay caos. Hay mensajes breves. Hay silencios oportunos. Hay una sensación compartida de que «esto se arregla». Nadie pregunta por el daño. Nadie se nombra agresor. Se habla de la noche, de los detalles, de lo que habría que mejorar. Aparece entonces lo que siempre aparece: la fratría.

La fratría es ese pacto invisible entre hombres que no necesita firmarse. Funciona sin palabras, como un reflejo aprendido. Es la certeza de que otros hombres estarán ahí. Que alguien avisará, borrará, callará. Que no hace falta romper filas. Entre bomberos no se pisan la manguera. Hoy por ti, mañana por mí. Marcos sabe que Dani no hablará. Dani sabe que Julen no dudará. Julen sabe que ninguno señalará al otro. No es amistad. Es estructura.

Durante años nos han contado que las violaciones las cometen hombres enfermos, impulsivos, ajenos a la normalidad. Pero la historia de estos tres chicos desmonta esa coartada tranquilizadora. No actuaron desde el arrebato, sino desde el aprendizaje. Desde una cultura que les enseñó a desear sin límites, a consumir cuerpos sin hacerse cargo del daño y a confiar en que siempre habría red.

La pornografía no es la única causa, pero sí una pedagogía central. Enseña quién manda, quién obedece, qué deseo importa y cuál puede ser ignorado. Enseña a erotizar la desigualdad y a normalizar la violencia sin nombrarla.

Por eso el problema no termina en el acto. Continúa en el silencio, en el encubrimiento, en la incredulidad hacia las víctimas. Continúa en una sociedad que sigue preguntándose qué hicieron ellas y no qué aprendieron ellos.

Marcos, Dani y Julen no son monstruos. Y esa es la noticia más incómoda. Porque si no lo son, entonces la violencia sexual no es una anomalía del sistema, sino una de sus expresiones más coherentes. Una violencia aprendida, compartida y sostenida por una alianza entre patriarcado y capitalismo que convierte el dominio en deseo y el cuerpo de las mujeres en mercancía.

Mientras no se rompa esa pedagogía −la de las pantallas, la del mercado, la de la fratría− otros chicos seguirán aprendiendo lo mismo. Y volverán a creer que pueden. Y la sociedad volverá a preguntar qué hizo ella, en lugar de por qué ellos creyeron que podían hacerlo.

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