Entre la explosión y la implosión social
La causa fundamental de esta guerra es la desintegración de la sociedad estadounidense, y más concretamente, el estado de «religión cero». Se ha perdido la disciplina moral y espiritual, así como los valores que antes unían a la sociedad», explica el historiador Emmanuel Todd en una entrevista publicada por el medio japonés "The Asahi Shimbun", el 25 de abril.
El autor de "La derrota de Occidente" sostiene que en un clima de decadencia y vacío, «se propaga el nihilismo, donde la gente parece deleitarse simplemente con la destrucción e incluso con el acto de matar. Esto también se aplica a Israel». Agrega que Estados Unidos acaba de sufrir dos derrotas: ante Rusia en Ucrania y ante China por los aranceles. Estados Unidos «ha demostrado ser incapaz de suministrar a los ucranianos suficientes armas y municiones, lo que pone de manifiesto que el sistema industrial estadounidense no puede sostener una guerra».
En el segundo caso, Trump debió dar marcha atras con sus aranceles «cuando los chinos respondieron amenazando con un embargo sobre las tierras raras». Y sentencia: «Por lo tanto, queda claro que todo lo que está haciendo hoy no es más que una distracción destinada a hacernos olvidar, tanto a nosotros como a él mismo, estas grandes derrotas».
Estados Unidos no es el único país que camina hacia la desintegración de su sociedad. El diario conservador La Nación, de Argentina, dedica una larga columna firmada por Claudio Jacquelin, prosecretario de la redacción, a criticar la deriva del presidente Javier Milei. Titulada "Alerta meteorológica sobre el clima social", describe la situación del país como «caída de ingresos, pérdida o temor a la pérdida del empleo, endeudamiento personal y prolongación del esfuerzo sin mejoras a la vista (que) asoman como las causas de un malestar creciente» ("La Nación", 27-IV-2026).
Cita a varios analistas que sostienen que el enojo le gana a la angustia, y agrega que «el clima comienza a parecerse al que llevó a Milei al poder». Lo más grave es que muchos creen que la sociedad no va a estallar, sino que está implosionando de forma auto destructiva. «De noche la cabeza da vueltas con preocupaciones económicas», es una de las conclusiones de uno de los informes que destacan el creciente consumo de alcohol y ansiolíticos, al punto que «aparece en la narrativa el concepto de que la crisis atraviesa el cuerpo y lo afecta», algo que no se había visto en análisis anteriores.
El sociólogo Pablo Semán, que lleva décadas estudiando la situación de los sectores populares, coincide con este diagnóstico de que la situación va a hacer implosión. Coloca un dato estremecedor para los parámetros de la sociedad argentina: «El problema es que en muchos lugares se está rompiendo la cadena de contención que había entre vecinos, referentes barriales e intendentes». Si esto es como lo describen, el futuro inmediato del país es algo similar a un suicidio colectivo. Si no se explota, si no vuelven los estallidos que jalonaron la historia del país en el último siglo, la opción suicida es inminente.
Ambos análisis nos permiten sacar algunas conclusiones, que no son extrapolables a todos los países pero indican una tendencia que creo está presente en todo el planeta.
En primer lugar, decir desintegración como hace Todd me parece algo muy fuerte. Sabemos lo que son las crisis, del más diverso tipo. Hemos atravesado varias en nuestras vidas y tenemos alguna idea de cómo afrontarlas. Por supuesto que pueden ser traumáticas, provocar ansiedad o depresión individual o colectiva, pero sabemos también que pasado un cierto tiempo y mediando un esfuerzo no menor, la situación puede enderezarse.
Pero la desintegración es algo que no conocemos, ya que no tenemos experiencia previa. Ni siquiera nos resulta sencillo decir en qué consiste, de qué se trata, y si será posible recuperar el sentido perdido de sociedad. Cuando un cuerpo se desintegra es porque ingresó en un período de putrefacción, de descomposición, lo que indica que ya no puede volver a ser lo que fue, a diferencia de las crisis. ¿Que sucede cuando una sociedad se desintegra? ¿Qué consecuencias tiene? Por lo que estamos viendo, se llega a situaciones cercanas a la locura, porque ha perdido el sentido y la identidad, porque sus reflejos largamente erosionados, ya no pueden resolver los problemas que afronta. Es peor que una metástasis.
Donald Trump es la persona adecuada para mostrarnos la desintegración de la sociedad estadounidense, con ministros que se juntan a rezar e invocan las sagradas escrituras como «razones» para sus iniciativas guerreras. La corte imperial rusa donde proliferó un Rasputín, puede ser un anteceden similar, ya que la irracionalidad se volvió cotidiana y, más aún, brújula para las decisiones políticas. Pero la monarquía rusa fue destruida por la revolución de febrero de 1917, que no hizo más que empujar un cuerpo podrido hacia el abismo. ¿Habrá quienes puedan cumplir un papel similar en la actualidad? Lo dudo.
La segunda cuestión es la implosión en curso en la Argentina de Milei. Viene siendo cocinada a fuego lento durante más de tres décadas, seguramente desde el neoliberalismo implantado por las dos gestiones de Menem, un personaje casi místico y profundamente ignorante. Pero fue reelegido. Ahora Milei, que habla con su perro muerto, que insulta a quien discrepa y se cree el salvador del país, nos muestra una versión criolla de Trump y de Netanyahu. Agitar la bandera de Israel durante el genocidio, ¿no anticipa un suicidio político o, peor aún, la descomposición de una sociedad sin norte?
La implosión de una sociedad supone autodestrucción, suicidio colectivo que se manifiesta en alcoholismo, consumo desenfrenado de drogas y, en el terreno colectivo, un todos contra todos sin salida. La explosión puede evitar la autodestrucción, pero fue cercenada a dos manos: por la represión brutal de la protesta por el gobierno actual, y la contención de las multitudes por los gobiernos progresistas.