Españolismo y neoliberalismo: los fundamentos del pacto entre Vox y Ciudadanos

En el resto de Europa no entienden cómo los liberales y la extrema derecha pueden hacer frente común en España. Esto se debe en gran medida a que en el resto de países europeos la mayoría de partidos de extrema derecha no son tan neoliberales

17/06/2019

Después de mucho ruido y postureo sucedió lo más esperado: PP, Cs y Vox se pusieron de acuerdo para gobernar en la mayoría de localidades del Estado español donde tenían mayoría. Pocas quinielas vaticinaron lo contrario, el españolismo exacerbado como reacción al proceso soberanista de Catalunya parecía motivo suficiente para que se pusieran de acuerdo pese a sus diferencias. Aunque también hubo quienes pensaron que el acuerdo no llegaría, soñando que la presión de Macron, el grupo liberal europeo, parte del movimiento LGTBI y los grandes medios de comunicación estatales cercanos al PSOE podrían lograr a última hora una rectificación de Ciudadanos. Mismos que todavía se sorprenden del pacto debido, sobre todo, a las diferencias programáticas entre Ciudadanos y Vox en materia social (violencia de género, aborto y algunas cuestiones más) y aun se preguntan ¿cómo puede ser que el españolismo sea suficiente para aglutinar ideologías tan diversas como el liberalismo y la extrema derecha? Una respuesta podría ser que, además de por españolismo, el pacto ha sido facilitado por otra gran coincidencia entre ambos que no suele ser muy resaltada: el neoliberalismo.

Hagamos memoria. La irrupción de Vox dio mucho que hablar no sólo por su corte ultraconservador, sino también por sus propuestas económicas nacionalistas y proteccionistas, también llamadas frecuentemente -y confusamente- “populistas”. De esta forma se alineaban a la postura eurófoba y anti-migración liderada por Lepen, Salvini y Farage, defendiendo la soberanía nacional y el desarrollo de las fuerzas productivas y la industria nacional frente al europeísmo neoliberal. Hace poco más de un año todavía se podían encontrar en las entrevistas a sus líderes alabanzas a la política económica de Trump o a la valentía soberanista del Brexit. Ello provocó un aumento considerable de la estimación de su voto entre la clase obrera. No sólo les ofrecían un supuesto enemigo causante de todos sus males sobre el que descargar la rabia de sus miserias cotidianas -la inmigración-, sino que adelantaban algunas medidas para proteger la producción nacional y el salario digno con el objetivo de regenerar el consumo interno y la competitividad económica en el mercado internacional. No eran propuestas radicales, no hablaban de nacionalizar sectores productivos estratégicos o la banca, pero eran lo suficientemente atrevidas como para no ser consideradas liberales. Esto les hizo desmarcarse de lo que representaba el PP, acaparando no sólo el voto más derechista de este partido sino también el descontento de votantes apolíticos generalmente abstencionistas o incluso cierto antiguo voto de izquierdas. En este sentido fue comentado en su momento el posible trasvase de votos de Podemos a Vox dentro de la clase obrera, debido a que Podemos había abandonado propuestas económicas arriesgadas que Vox estaba retomando. Esto podría haber sido en parte relativamente cierto al menos en las elecciones andaluzas, donde varios votantes de Vox señalaron que su voto se debía fundamentalmente al carácter económico radical de la formación, remarcando al mismo tiempo que en materia social y cultural no estaban de acuerdo con muchas de sus propuestas ultraconservadoras, pero que les darían “una oportunidad”. Sin embargo, en algún momento de este último año desde Vox tomaron la decisión de dar un giro radical en materia económica. Y lo hicieron con discreción, sin aspavientos ni declaraciones públicas. Poco a poco dejaron de hablar en clave proteccionista para transitar a un discurso abiertamente neoliberal de adelgazamiento del Estado y radicalismo librecambista. Trump, Lepen, Salvini y el Brexit ya no ocupan ningún espacio en sus entrevistas ni declaraciones, abrazando el discurso «neocon» que tan bien representó Aznar en los años 90. De hecho, en vez de integrarse en el grupo parlamentario europeo de Lepen y Salvini han optado por el grupo neoliberal-ultraconservador de los nacionalistas polacos y flamencos, que a su vez son paradójicamente también aliados del partido liderado por uno de sus más acérrimos enemigos: Carles Puigdemont.

Desde esta perspectiva el pacto con Cs estaba cantando. Además del españolismo les une el neoliberalismo. Las diferencias en materia social no son suficientes para quebrar estos puntos clave coincidentes, como acabamos de corroborar en los ajustes impuestos por Vox en el pacto presupuestario de Andalucía. Mientras tanto, en el resto de Europa no entienden cómo los liberales y la extrema derecha pueden hacer frente común en España. Esto se debe en gran medida a que en el resto de países europeos la mayoría de partidos de extrema derecha no son tan neoliberales. Entonces ¿a qué se debe este giro neoliberal a contracorriente de Vox que ha allanado el pacto? Una posible respuesta la tenemos en el análisis mundial del capitalismo. Allí donde los países no tienen estructuras productivas bien integradas, el liberalismo y la extrema derecha se han entendido a la perfección, siendo los casos más ilustrativos las dictaduras militares de Sudamérica entre los años 60 y 80, que algunos denominaron como «fascismos dependientes». En las economías periféricas es difícil sostener políticas proteccionistas porque la presión del bloqueo económico en el comercio internacional es muy dura, siendo los conservadores más proclives a ceder ante las pretensiones neocoloniales de las potencias capitalistas, como se puede comprobar actualmente de forma dramática en el caso de la derecha venezolana. La economía del Estado español no es tan periférica como las latinoamericanas por estar integrada en la unión económica europea, pero no deja de ser, cada vez más, una sub-periferia dentro de la misma Unión Europea, desde donde han promovido la desmantelación de sus fuerzas productivas arrinconándola a una situación de dependencia de sectores económicos terciarios como el turismo. En estas condiciones actuales revertir la tendencia de dependencia político-estructural que padece la economía española respecto a los países del norte de Europa es muy complicado, y quizás en Vox ya se han dado cuenta poniendo pies en polvorosa, ya que no existe ahora una fuerza productiva en España que pueda sostener políticas proteccionistas con el mismo vigor que podría hacerlo en países cuyas fuerzas productivas no han sido desmanteladas y siguen integradas, como es el caso de Inglaterra, Francia o Alemania. De hecho, quizás este giro se deba a que, como buenos amantes que son de las políticas de Franco, saben que éste sólo fue proteccionista al principio de su gobierno porque no le quedaba de otra dentro de la geopolítica mundial de la posguerra, abriéndose con gusto al liberalismo en cuanto se lo permitieron EEUU y Europa desde los años 50. En definitiva, para comprender los pactos de hoy en día quizás no baste con quedarnos en el plano más puramente socio-discursivo y haya que mirar en los contenidos económicos y de clase que forman consensos bajo diferentes paraguas ideológicos.

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