Evaluación Diagnóstica: ¿para quién es realmente?
Un año más ha llegado a casa el informe de la Evaluación Diagnóstica. Nuestro hijo o hija aparece situado en uno de tres niveles: inicial, medio o avanzado, en lengua y matemáticas. Y poco más. Tras leer el informe, la misma pregunta me vuelve a la cabeza: ¿qué se supone que debemos hacer en casa con esta información? Más aún teniendo en cuenta que la prueba se realizó hace ya un año, en unas condiciones muy distintas de las actuales.
El contraste es llamativo. A partir de esa misma evaluación, el ISEI-IVEI publica también un informe ejecutivo público. Se trata de un documento con análisis sofisticados: examina los resultados de los centros según su contexto socioeconómico (ISEC), mide brechas por origen migrante, compara redes y modelos lingüísticos e incluso calcula el «valor añadido» de los centros −es decir, qué aportación real hace cada escuela teniendo en cuenta el contexto de su alumnado−. Son, sin duda, datos valiosos para orientar la política educativa.
Sin embargo, toda esa riqueza analítica se convierte, cuando llega a las familias, en una simplificación extrema: tres niveles y pocas explicaciones. Sin contexto, sin orientaciones prácticas. Y, sobre todo, sin responder a la pregunta inicial: ¿qué podemos hacer nosotros con esta información?
Expertos de referencia en evaluación educativa llevan tiempo advirtiéndolo. Investigadores como Dylan Wiliam o instituciones como la Education Endowment Foundation señalan que las pruebas a gran escala son muy útiles para entender el sistema: permiten observar tendencias, detectar desigualdades o ajustar políticas públicas. Pero el verdadero diagnóstico del aprendizaje individual ocurre en otro lugar: en el aula, en las tareas cotidianas, en la observación del profesorado y en el feedback concreto que recibe el alumnado. Eso es lo que se conoce como evaluación formativa: la evaluación que sirve para aprender.
Una etiqueta que llega al final del curso difícilmente cambia algo al día siguiente.
Nada de esto significa que la Evaluación Diagnóstica sea inútil. Al contrario: es una herramienta valiosa para analizar el sistema educativo y orientar decisiones de política pública. Pero quizá sería más honesto presentarla así. Porque hoy el informe que recibimos las familias transmite una sensación de participación, pero ofrece poca orientación real.
Y por eso vuelvo a la pregunta inicial. Si esta evaluación sirve para entender mejor el sistema, pero apenas ayuda a las familias, ¿por qué seguimos presentándola como un diagnóstico individual?
¿Cuándo se convertirá la Evaluación Diagnóstica en una herramienta de información realmente útil para las familias, y no solo en una fuente de datos para el sistema?