Historiador
Familiares de presos y exiliados

El año más dramático del alejamiento de los presos fue el de 2003. Hubo cien familiares afectados en 23 accidentes. En ese nefasto año murieron en la carretera Argi Iturralde, Iñaki Balerdi, Sara Fernández y Leo Esteban Nieto.

12/01/2019

La familia y el entorno de los presos políticos vascos han mantenido una relación sostenida con los suyos que a veces no somos capaces de calibrar en su justa medida. Como si fuera un deber que, por cierto, quienes visitan las cárceles saben que en otros lugares y en otros escenarios no tiene la intensidad del caso vasco. La fuerza de esta relación es uno de los valores más destacados de nuestra comunidad. Los lazos de la solidaridad se entremezclan con naturalidad, sin estridencias, convirtiendo un daño añadido en algo habitual. Abandonar a los nuestros no entra en la ecuación vital que desplegamos política, social y humanamente.

Este recorrido se ha estirado en un medio hostil, lo que da mayor valor al mismo. En el camino vejaciones, humillaciones, maltratos… y muertes. Desde que la cárcel se convirtió en destino de la disidencia vasca (no recuerdo el inicio, tan lejano en el tiempo que apenas alcanza la mirada), la tragedia ha acompañado a la solidaridad. En el verano de 1969, Miren Zumalde y Antton Guridi fallecían en accidente después de visitar a Benito, el hermano de Zumalde, cautivo en la prisión de Burgos, la misma que había albergado a cientos de presos políticos vascos después del triunfo de la sublevación franquista. Miren y Antton era pareja, vecinos de Oñati y Bergara. Otro hermano de Miren, Xabier, estaba refugiado al otro lado de la muga.

No sólo se han reproducido esas tragedias en los viajes interminables a las mazmorras españolas. También en esos desplazamientos en visitas a los suyos, al otro lado del océano, al sur del mar que se ha convertido en ataúd para miles de migrantes. En México, también en Brasil, en África. Accidentes que afectaron a los exiliados, a los clandestinos y que por razones del guión apenas llegaron a oídos de las familias que no pudieron llorar en público.

En un lugar innombrable de Brasil, no lejos de Jaraguá do Sul, falleció también en accidente el azkoitiarra Patxi Zaldua. Una aciaga mañana de verano de 1992. Patxi, que se había refugiado al norte de la muga en 1980, cruzó el océano la Nochevieja de 1987. A su tragedia se le unió la muerte de su hija Maddi, en el mismo accidente, que había nacido en Baiona cinco años antes.

Parece como si el bucle fuera interminable, como si no tuviéramos la más mínima posibilidad de huir. No quiero dejar pasar por alto el recuerdo de Bernabé Orbegozo, una evocación de hace ya mucho tiempo, exiliado de la guerra civil que negoció en 1953, cuando tenía ya una grave enfermedad, su vuelta desde Caracas a Azpeitia, su localidad natal. Orbegozo, Otarbe, estaba fichado por la policía franquista como dirigente de ANV, así que no le dejaron morir tranquilo. Como 50 años más tarde, le obligaron a desplazarse semanalmente al juzgado de Donostia para firmar que, enfermo terminal, no iba a fugarse de nuevo. Otarbe fue uno de los 17 fallecidos en aquella terrible riada que afectó a un autobús en Zestoa. Ya había estampado su firma en el juzgado.   

Un accidente de aviación ocurrido el último día de julio de 1999 segó la vida de cinco familiares del gasteiztarra Emilio Martínez de Marigorta, entre ellos su hijo Ibai, que contaba tres años de edad. ¿Hay algo más inhumano o antinatural, que un padre, una madre, sobrevivan a sus descendientes, asistan a su muerte sin poder modificar ese escenario impuesto? Emilio había sido detenido y deportado, primero a Argelia y luego a Cabo Verde. Ibai, las cuñadas Grazinda y Suset y dos sobrinas, volvían a las islas africanas después de visitar a la familia del deportado en Gasteiz y fallecieron en el siniestro.

Emilio lo contó en un emocionado relato: «Yo me trasladé a las montañas de Santo Antãojunto con los militares caboverdianos para buscarlo. Nunca me olvidaré de lo que vi, no vale la pena describirlo. A Ibai lo encontraron al segundo día, era difícil la identificación de los cuerpos por lo que no pudimos enterrarlos en una semana. Aquella semana fue una tortura, todos los días en la puerta del hospital esperando las identificaciones, a los familiares no nos permitían entrar a ver los cuerpos».

Ahora que nos dicen que el arco cronológico está quebrado, que un tema es la postguerra, donde por lo visto los llamados daños colaterales no tienen importancia, y otro «bien distinto» el posterior al nacimiento de ETA, ¿qué hacer con quienes sufrieron la tragedia en 1939 y la agrandaron en las décadas de 1960 o 1970? Si sigo los estándares institucionales me quedo sin hueco para insertar a decenas de compatriotas.

En los Andes, un alud sepultó a 22 muchachos chilenos, entre ellos a Narkis, abanderado del grupo de danzas de la Euskal Etxea de Santiago e hijo del refugiado Eusebio Sasía, de Barakaldo. Un accidente de aviación en Venezuela se llevó la vida de cuatro niños (Jon Berezibar, Gorka Ibarguren, Francisco Seco y Jesús Carvalho Isturiz), todos ellos hijos de refugiados vascos. En el terrible terremoto de Caracas de julio de 1967 fallecieron Lucio Aretxabaleta (delegado del Gobierno vasco) y su mujer Miren Txintxurreta, exiliados desde 1955.

Es evidente que un accidente, un contingente natural, nos puede encontrar en cualquier parte del planeta. Nadie estamos a salvo de los caprichos del destino. Pero es notorio, asimismo, que determinadas situaciones particulares no están inducidas por la fatalidad, sino por una injusticia que agrava la posición personal de activistas, de presos, de exiliados y, por extensión, de sus familias. Un castigo añadido. Matilde Arribillaga falleció en 1994, en Andoain arrollada por un camión, cuando esperaba para participar en una movilización de Senideak en Gasteiz.

Efectivamente, como señaló Etxerat en una comparecencia en Gasteiz, «Nos vemos obligados a viajar en condiciones de riesgo: con horarios muy ajustados para los cientos de kilómetros que debemos recorrer, sin los descansos que requiere la seguridad y en cualquier condición climatológica. Con mayor cansancio aún, emprendemos el viaje de regreso. Por eso, la mayoría de los accidentes que sufrimos, tienen lugar durante el viaje de vuelta».

El año más dramático del alejamiento de los presos fue el de 2003. Hubo cien familiares afectados en 23 accidentes. En ese nefasto año murieron en la carretera Argi Iturralde, Iñaki Balerdi, Sara Fernández y Leo Esteban Nieto. En 1989 nos dejaron en el asfalto Rosa y Arantxa Amezaga, en 1990 Pilar Arsuaga y Alfonso Isasi, en 1997 Antxoni Fernández, en 1998 Jesús Mari Maruri, Mari Carmen Salbide en 1999, en 2000 Ruben Garate, en 2001 Iñaki Sáez y Asier Heriz, en 2004 Karmele Solaguren y en 2007 Natividad Junko. Ninguno de ellos tiene reconocimiento oficial. Al parecer, el alejamiento de los presos vascos no constaba para las familias como un riesgo suplementario.

En 2010, 750 presos vascos se encontraban repartidos por numerosas cárceles de España y Francia. Según Etxerat, las familias de estos presos recorrían en conjunto y anualmente más de 47 millones de kilómetros. Casi 120 vueltas al mundo de las de Phileas Fogg, aquel personaje de ficción creado por Julio Verne. El coste general anual era entonces, ahora 9 años, de 14.700.450,96 euros. Si la dispersión llevaba 20 años de diseño, quiere decir que, calculando la cantidad de presos, el aumento de los precios, etc., en este plazo, los familiares y amigos de los reclusos políticos habían gastado cerca de 300 millones de euros, el monto de una multa galáctica. La actualización a 2019 sería también escandalosa.

No, no callen, porque la vergüenza estaría en el silencio», escribió a su padre en 1920 Bartolomé Vanzetti, condenado a muerte y ejecutado por un verdugo embozado. Recordamos a presos, a exiliados, a deportados, a victimas extrajudiciales… Pero mi recuerdo se desliza también a esos miles de familiares que, sin disonancias, han mantenido y mantienen esa lumbre prendida, ese gran hogar que, a pesar de las circunstancias, se siente tan cálido como el sol que arropa cada mañana nuestra existencia.

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