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Funerales como Dios manda

El proceso de impersonalidad en los funerales se hizo más intenso y la participación del laico en ellos se redujo a cero. Pero no por su voluntad, sino porque la Iglesia excluyó de estas «ceremonias la espontaneidad» de los familiares del difunto

20/09/2019

Así es. Cuando digo funerales me refiero a los que organiza la Iglesia en su particular liturgia funeraria dentro del recinto de la parroquia, donde se reúnen familiares, amigos y vecindario del difunto. Unos actos cuya explotación religiosa pertenece de forma exclusiva y excluyente al monopolio eclesiástico, pues serán habas contadas los funerales civiles que se celebren en la actualidad fuera de la Iglesia. Aunque haberlos, haylos. ¿Un 20% como señalan algunas estadísticas? Más que suficientes para abrir una brecha en el monopolio litúrgico y transcendental de la Iglesia en esta materia.

Hasta la fecha, la organización de estos funerales religiosos sigue la normativa establecida por la liturgia eclesial desde antaño, nada porosa a la influencia de la modernidad individualista, esta muy propia del protestantismo muy permisivo con la intervención litúrgica de los laicos. Sin embargo, algo se ha movido en algunas diócesis para que, sin ir más lejos, los curas de Huesca, escandalizados por la forma que iban adquiriendo su celebración, hayan pedido al obispo su intervención «para atajar los excesos en los funerales» (Heraldo de Aragón, 8.9.2019).

Según la información acumulada por el delegado de liturgia del obispado oscense, Francisco Raya, en las intervenciones de los familiares llegaban a leerse «mensajes ateos». No solo. Esta gente se tomaba tan en serio su papel que «algunos agradecimientos a los fallecidos duran más que la homilía»; peor aún, «terminaban siendo una especie de canonización del difunto con aplausos en la iglesia». Ciertamente, escandaloso, pues es bien sabido que muchos de los fallecidos serán en vida todo lo que se pueda imaginar, menos santos.

Algunos discursos serán calificados como «esotéricos, hablando de almas que estaban por allí vagando o que jugaban a las cartas con ellas». Lógico. A fin de cuentas, ¿dónde ha dicho la Iglesia que van las almas una vez que se separan del cuerpo? Y, en otras ocasiones, «nos piden músicas que le gustaban al difunto, algunas ateas, o bien son empresas que organizan los funerales, igual que se hace con las bodas, y proponen violines». Vamos, que solo les faltaba hacer un rancho de conejo con patatas, porque esa era la comida preferida del muerto y nada más le pondría más contento en el más allá que los del más acá degustaran una liebre con todos los sacramentos culinarios. Y, después, un café, una copa de pacharán y un faria. Demasiado materialismo.

Francisco Raya señalaba que el origen de estos desvaríos provenía, no del laicismo ateo y anticlerical, sino del protestantismo transmitido por el cine. Raya hablará de «una clara colonización cultural de los ritos protestantes transmitidos por las películas que nada tienen que ver con las exequias cristianas apoyadas en siglos de tradición». Salió la palabra mágica: tradición. Poco se recuerda que esta tradición, impuesta por la jerarquía eclesiástica a sus feligreses –etimológicamente, hijos de la Iglesia–, celebraba misas a espaldas del devoto y le hablaba en una lengua que no entendía. En materia de exequias funerarias, sostendrá Raya que «en la liturgia funeraria hay cosas que no valen y hay que jugar al juego que la Iglesia nos propone». Así que, si alguien desea leer cartas de amor del fallecido, hacer su elegía o su elogio, incluso, evocar sus sonetos preferidos y músicas favoritas, los familiares tendrán que pactarlo antes con el sacerdote para evitar sobresaltos después. Vana esperanza, porque el decreto del obispo señala que «solo se leerán las oraciones o lecturas contempladas en el ritual, la música y cantos adecuados a las exequias». No así en el tanatorio, en el cementerio o en la esquela, donde cada cual pueda dar vía libre a su inspiración: poemas de Baudelaire o de Bukowsky, música de Mahler o un bolero de Machín o una de Sabina, pero no en el templo.

Tanto el obispo como su delegado apelarán a la fidelidad de la Iglesia a su legado litúrgico. Bien sabemos que la explotación ritual de la muerte ha estado en poder de la Iglesia, pero ¿fue siempre así? Existe una tradición homogénea sobre este particular, pero conseguida, ¿cómo? Estaría bien leer el ensayo de Philippe Ariés, “El hombre ante la muerte”, (Taurus, 1983. Traducción de Mauro Armiño), no para enmendarle la plana a las autoridades eclesiásticas, quienes conocen el paño mejor que nadie, sino para comprobar que la organización de los funerales evolucionó hasta que los gerifaltes eclesiásticos pararon dicho darwinismo litúrgico.

En sus orígenes, escenas de duelos, llantos y adioses de los vivos a los muertos no entraban en la parte religiosa de los funerales, aunque la Iglesia los admitía. Ariés recuerda que san Juan Crisóstomo se enfurecía contra aquellos cristianos que «alquilaban a mujeres, a paganas como plañideras, para hacer más intenso el luto, atizar el fuego del dolor» y los amenazaba con la excomunión. En las altas épocas de la Edad Media, la parte religiosa en estas ceremonias se reducía a la absolución del cuerpo muerto por parte del clérigo. El resto de las manifestaciones eran laicas, sin sacerdotes, momento que aprovechaban los familiares para lamentar su pérdida, alabarle y rendirle honores, lo que hacen hoy ciertos feligreses oscenses.

Será a partir del siglo XIII cuando la muerte se cargue de un simbolismo eclesiástico excluyente, haciendo que el monopolio de la muerte sea solo cosa de clérigos, pero no por decisión de los laicos. Pues, según Ariés, lo más sorprendente «fue el carácter social y ritual, casi obligatorio, de las manifestaciones que pretendían expresar en origen, el dolor de la pena y el desgarramiento de una separación». Tanto es así que los gastos del duelo eran, todavía en el siglo XVIII, tenidos como necesidades sociales y no como mera expresión personal de la desgracia. Los funerales tenían la consideración de «servicio a la comunidad».

Poco a poco, el proceso de impersonalidad en los funerales se hizo más intenso y la participación del laico en ellos se redujo a cero. Pero no por su voluntad, sino porque la Iglesia excluyó de estas «ceremonias la espontaneidad» de los familiares del difunto, considerando que el único discurso válido entre el muerto y el más allá, o sea Dios, era el teológico, eclesiástico, el del gurú de la tribu. Al fin y al cabo, Dios solo entendía el latín.

Hasta hoy. Claro que los familiares, si desean hacer una despedida de sus difuntos como ellos desean, lo tienen muy fácil: pasar de la Iglesia y de sus curas y celebrar funerales laicos. Seguro que a Dios le da lo mismo y recibe con igual agrado sus mensajes esotéricos, ateos o gastronómicos.

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