Gernika, memoria robada
Los pueblos masacrados suelen guardar una ruina, convertida en símbolo, para recordar la masacre. El esqueleto del edificio arruinado de Hiroshima es uno de los más conocidos, pero hay otros en los sitios que han sufrido la destrucción total. Pero no en Gernika. En Gernika no queda nada que remita y recuerde lo que pasó: lo limpiaron todo. Quedaron algunos edificios en pie tras el bombardeo, quedó la Casa de Juntas, administrada en adelante por gentes de la confianza de los vencedores; quedaron las fábricas de armas, quedó la casa de largos miradores de la esposa del comandante Santodomingo, pero ninguna de ellas servía para denunciar lo que pasó, para recordar la barbarie y a los bárbaros.
Y, sin embargo, la villa conservó durante muchos años, vivo, el que hubiera podido y debido ser el mejor símbolo de la barbarie: el frontón, con su frontis, pared izquierda y trasera en pie, con las piedras para el arrastre y la pantalla de cine dibujada frente a la grada: a cielo abierto, las heridas a flor de piel. Un frontón superviviente que servía a los vecinos, que utilizaban los obreros de las fábricas contiguas para dirimir apuestas armadas en horas laborables; un frontón que los Lunes de Octubre era escenario de partidos profesionales de pelota a mano, en el que brilló el joven Ogueta; un frontón que desapareció porque debió resultar insoportable a los gestores locales de la victoria, ubicado por añadidura en un lugar ideal por el negocio inmobiliario: allí, tras su destrucción definitiva, se levantó fuera de norma el reconocible edificio más alto de la villa. Y como si de compensarlo se tratara, aquel alcalde y empresario que exhibía en el balcón consistorial ministros de chaquetilla blanca ornada de yugos y flechas, encabezó un engañoso proyecto solo de apariencia popular que paró en alegre fiesta. Los vecinos, una vez más, hacían como si no se enteraran, esperando a la Vuelta.