Historiador
Ho Chi Minh

«El derecho de vivir poeta Ho Chi Minh, que golpea de Vietnam a toda la humanidad. Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal».

14/09/2019

Ha pasado medio siglo desde la muerte de uno de los mayores iconos del siglo XX y de la historia de la lucha de emancipación del género humano. Se llamaba Nguyen Sinh Cung, pero le conocemos con uno de sus numerosos alias de la clandestinidad. Ho Chi Minh. Fue subversivo, guerrillero y presidente de la República Democrática de Vietnam. También era poeta, lo que añade un plus a la complicada misión humanista en la liberación, matar al enemigo, aniquilarlo para evitar su victoria.

Cuando se produjo su muerte, The Beatles acababa de concluir las interminables grabaciones en estudio de su álbum “Abbey Road”. La marihuana enloquecía a una estirpe de jóvenes, los ecos de Mayo del 68 condenaron a ser adultos a un extenso grupo de adolescentes, la irreverencia alzó las faldas de las mujeres y hasta algunos curas se hicieron obreros. Es lo que ha quedado en la historia escrita por numerosos seguidores de gentes como Andy Warhol, en esa frivolización constante del pasado. Pero lo cercano era en blanco y negro.

En nuestro ambiente, Vietnam era el centro del universo. Aunque nos constaba localizarlo en el mapamundi. Apenas nos llegaban los ecos de las protestas contra la guerra en Washington, algunas noticias enrevesadas a través de Radio Pirenaica y la acústica de una revolución mundial que el Che Guevara lanzó a los pueblos del mundo: hay que crear uno, dos, tres Vietnam.

Pero Vietnam, una vez punteado en una esquina del plano terrestre eurocéntrico, estaba muy lejos. Entonces, el planeta parecía de mayor tamaño que el actual. La globalización tan citada no estaba siquiera en los manuales futuristas de los estrategas militares. Internet… ¿qué es eso? Cruzar la muga por Irun, Dantxarinea o Luzaide exigía un paso previo por comisaría, donde nos escrutaban de arriba abajo, buscaban entre bambalinas y decidían, semanas o meses más tarde, si nuestro currículo político estaba limpio como para acceder al pasaporte.

Mientras esperábamos a la resolución de los papeles para viajar, la radio nos golpeaba en los primeros compases matutinos, cuando aún no éramos capaces de descifrar si la noche nos dejaba o el día anunciaba. Una radio que no ofrecía noticias, sino «partes», como si la guerra del 36 no hubiera terminado jamás, o la fría que firmaron Truman y Stalin fuera universal. Aquellos partes, a pesar de la lejanía, nos inquietaban: «violentos combates en el delta del Mekong».

Con el paso del tiempo, y con esa conciencia que íbamos adquiriendo a golpe de martillo (y no es una metáfora, el martillo lo utilizaban algunos torturadores para romperte los dedos), supimos cuál era la diferencia, quienes eran los buenos y quienes los malos. Hoy, la duda ofende. Pero entonces, lo único que nos guiaba era la intuición. Y esa intuición, a golpe de martillo, era más certera que decenas de enigmáticos textos revolucionarios ajados por calcos hiperutilizados.

Los buenos eran los vietnamitas del norte, los comunistas, los de Ho Chi Minh y también los vietcong del sur, infiltrados desde los túneles de Cu Chi. Los malos, los franceses, que habían arrasado Indochina y sus sucesores, los norteamericanos de Lyndon Johnson y las marionetas de Van Thieu. El balance final lo confirmó: tres millones de vietnamitas muertos, 60.000 norteamericanos. La lista de desaparecidos, 45 años después del fin de la guerra, se eleva a 80.000, la mayoría vietnamitas.

Conocí la música de otro poeta en un medio más cercano, tanto en el tiempo como en el mapa geográfico. Se llamaba Víctor Jara, era chileno, y cantaba con sentimiento político, como tantos de aquella generación. Lo detuvieron, torturaron y mataron unos milicos que, ya no creo en las causalidades a estas alturas de la vida, se exiliaron en EEUU. Y Jara deletreaba mientras rasgaba la guitarra una canción que tituló “El derecho de vivir en paz”: «El derecho de vivir poeta Ho Chi Minh, que golpea de Vietnam a toda la humanidad. Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal».

Así que eran tantos recuerdos los agolpados en mi mochila juvenil que me dije: en el cincuenta aniversario de la desaparición del Tío Ho, como le llamaban sus paisanos, me voy a visitar ese escenario que nos hizo, al menos a unos cuantos, hombres y mujeres con conciencia. Ya con pasaporte. Y aterricé hace ya unas semanas, en Hanoi, donde aguanté en la fila que niños y mayores cargaban sin cartuchos sino con mucha paciencia, para visitar a quien fue Ho Chi Minh, el poeta que otro poeta encerró en una poesía que atravesó océanos.

Quizás los años, quizás el viaje, quizás la humedad del trópico… me emocioné. Y en esa prórroga a las puertas del mausoleo, esperando esos segundos para cruzar por el que fue Tío Ho, aterrizaron en mi mente los gemidos de cientos, miles de niños abrasados por el napalm, representados en aquella muchacha Phan Thị Kim Phúc, cuya fotografía desgarradora nos hizo aborrecer la guerra. Llegaron hasta mis oídos los rugidos espantosos de las hélices de los CH-47 o los motores de los B-52, recordados por Coppola en “Apocalypse now” y el terror en el semblante de las madres que corrían despavoridas buscando a sus hijos.

Me llegaron los ecos de los abatidos en la matanza de My Lai, de los clamores de decenas de miles de mujeres y niñas violadas por soldados franceses y norteamericanos educados en escuelas civilizantes y en religiones caritativas. Me llegaron las imágenes de junglas desaparecidas por herbicidas mortíferos. Como aquel llamado «agente naranja» que habían fabricado Dow Chemical y Monsanto y que provocó más muertos que las catástrofes nucleares de Chernobyl o Fukushima. Aún hoy, décadas más tarde, miles de niños nacen deformes como efecto de una guerra que ni siquiera pueden ubicar en la tradición de su país.

Cincuenta años después me he reencontrado con el pasado a más de diez mil kilómetros de mi hogar. También con esa titánica tarea por revertir la historia de la humanidad, aciaga para la mayoría. Y sigo distinguiendo a la perfección a los buenos de los malos. Gracias Tío Ho.

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