«Homo homini lupus»
La frase que encabeza el artículo, el hombre es un lobo para el hombre, la utilizó el filósofo inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes en su obra "El Leviatán" (1651). Con ella quería referirse a que el estado natural del hombre le induce a una lucha constante contra su prójimo.
Realmente la frase es una metáfora que alude al animal salvaje que el hombre lleva dentro –en algunos, más desarrollado que en otros− siendo capaz de las mayores atrocidades, contra elementos de su propia especie.
Desde hace algún tiempo −no puede negarse− la actualidad que nos regala el monarca yanqui nacido en un hospital de Jamaica, nos enseña con sus repugnantes prácticas en diferentes continentes, lo acertado de la frase de Thomas Hobbes.
Es tanto lo que se lee, lo que se escucha, incluso lo que nos «enseñan», que se llega a la conclusión, de que no es necesario disponer de fuentes fidedignas para hacerse una composición de lugar, más o menos próxima a lo que pudiera ser cierto, de todo aquello que, un día sí y otro también, no hace sino enriquecer a los medios de comunicación.
Es tanta la miseria que circula por el mundo –a la que nos estamos acostumbrando− que pocos empleamos el tiempo necesario que nos permitiese discernir entre las diferentes «barbaries» que ofrecen −desde cualquier formato− para ser capaces de nuclear una opinión que nos llevase a la conclusión de que no somos imbéciles.
Lo cierto es que nada de lo que hoy está asombrando al mundo es nuevo, sin embargo, los editoriales que llegan a nuestras manos, están impregnados de un aura que solo unos pocos «parece» están capacitados para desgranar y poder ofrecer como alpiste de pájaro, a sus ávidos lectores, es decir a nosotros.
Vivimos situaciones confusas, producto de un «permanente» conflicto múltiple. Los promotores buscan el enfrentamiento entre unos y otros, pretendiendo que el resultado les sea favorable.
Porque es verdad que cuando la derecha extrema prospera, normalmente es consecuencia y razón de los errores y la escasa honradez de quienes, habiendo conseguido la confianza y la fuerza de la población, traicionan su confianza.
Esto −por ejemplo− hace que nadie o pocos, estén en condiciones de testar con seriedad quién de los diferentes «sectores» enfrentados en los últimos años respecto a la gestión y financiación de la enseñanza universitaria, dispara con fogueo o fuego real. Esta situación me recuerda al conflicto «permanente» de la sanidad pública.
Sin embargo, llevamos mucho tiempo escuchando y leyendo que disponemos de las generaciones más cultas y con mayor preparación −teórica y técnica− de la historia.
No sé si las generaciones actuales lo admitirán, pero, incluso quienes vestíamos «pantalón bomba», en los años cincuenta del pasado siglo, escuchábamos frases similares.
Quizá me equivoque, es posible, pero no parece que en las generaciones actuales sea de su interés el conocimiento de la historia que ha traído hasta nosotros, la grave conflictividad que vivimos.
Entre tanto «cerebro», ¿no hay nadie que esté al corriente de lo que ocurrió en Nicaragua finalizada la primera legislatura del gobierno de Daniel Ortega?
¿Nadie, nunca ha leído ni oído esta frase? Cuando entró la Coca Cola en Managua se fue el Sandinismo.
¿Nadie nunca vio en los aeropuertos próximos a Managua, cómo grupos de jóvenes yanquis ebrios, «mercenarios para la Contra», bebían cervezas a dos manos?
¿No hay un solo redactor que pueda informar, de donde les llegaba su financiación?
No puede negarse que la historia se repite una y otra vez. Cierto que los distintos intérpretes de cada época muestran sus habilidades, pero no es mucha la variedad.
Entre la década de 1870 y la Primera Guerra Mundial, la mayor parte del planeta −ajeno a Europa y al continente americano−, fue «dividido» formalmente en territorios que quedaron bajo el gobierno «formal» o bajo el dominio político de Estados europeos occidentales, Japón y Estados Unidos.
Si miramos al resto del mundo podemos escenificar el avasallamiento de países del continente africano, donde para extraer y robar sus riquezas minerales, no fue óbice masacrar a su población.
Pocos han recordado en estos meses, tras las hazañas del majestuoso leader yanqui en Venezuela, que el método empleado es viejo −pero no caduco− perfectamente conocido, no solo en Nicaragua y Panamá.
Porque la historia está plena de individuos que, como el monarca yanqui, han interpretado la barbarie, alejados del raciocinio humano. Ya otros yanquis «compraron» con anterioridad: Texas, Nuevo México, California, Nevada; Utah, Arizona...
El monarca yanqui anuncia que gobernará en Caracas con el mismo esquema que pretende ejecutar en Gaza, pero el pretexto del narcotráfico no es válido. Venezuela no figura como país productor ni como «tránsito» significativo para las diferentes drogas.
Nunca nadie aportó vínculos del gobierno de Maduro con el llamado «Tren de Aragua» ni otros cárteles conocidos.
Sinceramente, dudo que los objetivos que hace públicos el monarca yanqui, logren los fines que pretende. Aunque es cierto que, en diferentes ciudades de América Latina y Euskadi, se celebró el secuestro de Maduro, sin percatarse que la caída del chavismo, puede suponer −para muchos de ellos− la pérdida de su status legal.
Me resultó personalmente estimulante, el hecho de comprobar que un «guipuzcoano de pro» exhibiera tan brillante «afinidad» con el monarca yanqui.
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