Aitxus Iñarra
Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación

La calle, una crónica inconclusa

Ahí está ella, testigo perpetuo. La calle, vigía oteadora observando desde su mirador a los humanos, sus locuras, sus sueños con su afanosa intensidad de vivir la vida. Calle, del latín «callis» significa sendero, ahora ya cementado, convertido en lugar de tránsito de peatones que conviven cada vez con más vehículos de toda índole. Estructuradas mil veces por el pasado, la economía y la cultura. Las más frecuentadas, salpicadas de comercios, mercados, terrazas, señales... y de alguna que otra iglesia o edificio emblemático.

La calle, escenario público y popular donde se expresa lo festivo y lo cultural. Se manifiesta en ella la diversidad de múltiples maneras como el arte urbano en murales y graffitis, el teatro de calle, la música, los bailes, esculturas... Espacio cuajado de rituales, canalizador del las emociones, de identidades, cada vez más apartada del rito religioso tradicional católico como las procesiones, el vía crucis público... en buena medida reemplazados hoy por una variedad de ritos seculares. Y en este proceso de laicización, han emergido con fuerza los masivos conciertos de música, los partidos de futbol, también los pasquines publicitarios o políticos, entre otros.

Las calles de las ciudades desprenden todo tipo de olores y aromas, bullen de ruido, sonidos y voces, en contraste con las horas silenciosas en los pequeños pueblos rurales. Subyace lo implícito: reglas y normas interiorizadas cuya finalidad es la convivencia, la interacción ordenada. Actualmente se han convertido en lugares cada vez más controlados por la tecnología acelerando el ritmo de vida de la ciudadanía. La calle es espacio de lo común, de lo público, lugar de encuentros donde dominan la diversidad humana y las identidades de todo tipo: autóctonos y migrantes, niños, niñas, mujeres y hombres de todas las edades. Contrasta el paso quedo del viejo que dejó atrás el tiempo de la productividad frente a la celeridad del joven dirigiéndose a su trabajo. Todos ellos conforman un territorio inconcluso donde los humanos fluyen livianos o bien arrastran ceremoniosamente su indolente y caduca carga. Habituales son los encuentros y desencuentros en ese espacio pautado por la cultura donde algunos se detienen e intercambian razón y emoción. Hábitat de memorias frágiles y lúcidas, del sentir y del aprendizaje, en donde a veces se escucha una conversación cómplice, una voz alzada o, quizás, queda, y un diálogo burlón.

Expresión de lo múltiple, la calle cobra vida en esa inevitable comunicación sensorial, entre los ecos de una humanidad, vagando la mayoría de las veces por esos recorridos que unas veces son periplos impredecibles y otras, sabidos y cotidianos. Es el entorno donde se crean vivencias, se expresan necesidades cercanas, exhibiciones de imagen, indiferencia, amabilidad y también hostilidad. Un lugar de juego social, de reivindicación, de competitividad y de solidaridad. Obligada morada para los sin techo, los desahuciados, cuantos viven al albur de los políticos y de los cambios de la climatología. Muy diferente a la elección premeditada de Diógenes, el cínico que dormía en un tonel en las calles de Atenas y buscaba con un candil a un hombre verdadero. Pero, además, ese lugar espacioso, la calle, la plaza, el ágora, ha cumplido una función significativa para los antiguos griegos, la de ser un lugar del arte y del saber, de la política. Muchas de estas funciones han ido transformándose y manteniéndose y durante largo tiempo ha sido mercado y en buena medida lugar de trabajo, en donde los artesanos se mostraban en sus talleres vendiendo sus productos a los viandantes.

Pero la calle es, sobre todo, un tránsito, un vislumbre de cada época, una expresión de cómo vivimos y nos relacionamos. Muestra aspectos sombríos siendo lugar de violencia. Así, hace unos siglos fue un espacio tutelado por la Inquisición y convertido en escenario de paseos de afrenta y los autos de fe. La misma crueldad pública de humillación y despojo retomada por el bando franquista con sus mujeres rapadas y en ricino. Siempre lugar de historia, de narración, a través de los memoriales que expresan la memoria colectiva de los desaparecidos o las víctimas de una masacre.

Asimismo, la desigualdad se manifiesta en las calles, concentrada en zonas o barrios que marcan universos de separación y segregación de las clases sociales, de ricos y clases populares. Hoy vemos ese desequilibrio en la gentrificación de las ciudades, la transformación de la arquitectura de los edificios y el diseño de las calles y el consiguiente desplazamiento de los residentes. Todo ello vinculado a un proceso de masificación turística de las últimas décadas, que convierte zonas de las ciudades en museos, en parques turísticos donde la homogeneización sustituye a la antigua autenticidad y convierte a los vecinos en extraños en sus lugares cotidianos.

A veces uno se siente ajeno en un paisaje arisco ajeno a la naturaleza. En otras ocasiones, uno es sorprendido cuando lo cotidiano puede verse interrumpido por algo inesperado y lo impredecible sucede: una protesta de un colectivo, una manifestación o un hecho insólito. O bien, quizás, sentirse enjaulado en las calles de siempre, en esa repetición de recorridos fomentada por los hábitos, y es entonces que se convierte en un ver sin mirar, en un laberinto repetitivo. Monotonía que es quebrantada cuando asoma la belleza de la ciudad, traspirando y vibrando hasta el lugar más recóndito. Anochece y, en el ocaso, el ritmo de la calle enlentece y se acalla acogiendo en su silencio implícito e inmutable los sueños, los gozos y los sufrimientos de los humanos.

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