La crisis de la intermediación
La intermediación ha sido históricamente una de las portadoras de legitimidad de las ideas, los atributos, las creencias y los consensos. La pluralidad de dimensiones del tablero social adquieren relevancia o son condenadas a la intrascendencia según lo determinen estos intermediarios, que son a quienes se ha otorgado la potestad de definir qué es válido y qué queda al margen.
Identificamos algunos ejemplos en la actualidad. La Iglesia católica, una de las religiones más extendidas del planeta, cuenta con el Vaticano como sede central, además de un conglomerado de organizaciones e instituciones repartidas a lo largo de los cinco continentes que trabajan en la propagación del ideario católico. Esta presencia, junto a su capacidad política y económica, ha contribuido a que el catolicismo se haya mantenido con un gran poder y una alta implementación en las sociedades diversas, mientras otras religiones no pudieron sobrevivir al paso del tiempo, al no contar con los recursos para trascender. Una explicación ilustrativa aunque elemental, pues la religión es siempre un fenómeno mucho más complejo.
Otro caso interesante es el del arte. A lo largo de los tiempos, museos, críticos de arte y otra serie de instituciones alrededor del fenómeno han determinado que se consideraba arte y que quedaba fuera de esta dimensión. Bajo esta circunstancia, han quedado para la historia artistas de primer nivel, grandes creadores de obras de precios incalculables, mientras que otras personas sobradas de talento realizaron obras de arte que nunca salieron de los márgenes de su intimidad. Estos últimos no tuvieron la fortuna de que un intermediario refrendase sus habilidades.
Esta circunstancia de intermediación legitimadora se reproduce con multitud de principios y valores. Algunos como pueden ser el conocimiento, el valor de un bien, lo ético, o incluso el amor. Es decir, todo aquel fenómeno social que haya sido capaz de generar una institución a su alrededor, un ethos consensuado y aprobado por la ciudadanía. Un intermediario autorizado que decide que queda dentro y que fuera de los márgenes de lo socialmente aceptable en ese campo particular.
No obstante, estos consensos se han ido deteriorando en las últimas décadas. Son muchos los factores que han contribuido a esta crisis de la intermediación, pero la democratización de Internet y la hiperconectividad han sido dos de los factores más relevantes. Internet ha desembocado en una red sujeta a la economía de la atención como su principal activo comercial, de acceso sencillo y universalizado y que se rige por algoritmos opacos en manos de intereses económicos y privados. La web se ha convertido en la estructura de desintermediación por excelencia, sustituyendo a grandes intermediarios que hoy ven peligrar su posición de privilegio.
Esta circunstancia ha propiciado algunos puntos positivos como otros menos favorables. Por un lado, esta desintermediación ha sido beneficiosa para el impulso de proyectos artísticos alternativos que no están alineados con las exigencias y filtros de una industria cultural que los ignoraba. De esta manera, artistas han podido mostrar y vivir de su talento de una manera más independiente, sin haber tenido que pasar a primera instancia por el cribado de este sector, que hasta hace unos años regía quien podía y quien no podía desarrollar su carrera en las artes.
A pesar de ello, esta desintermediación ha generado un clima de crisis en otros ámbitos, algunos de ellos fundamentales en el desarrollo de regímenes democráticos. Ejemplo de esto ha sido la deslegitimación de algo tan crucial como es el conocimiento y las fuentes que lo transmiten.
Situados en un contexto donde la web se ha convertido en la fuente principal de información, pero donde la cascada de contenido no tiene ni orden, ni final, ni lógica alguna, la capacidad de distinguir la verdad de la mentira, lo riguroso de lo falaz, se ha vuelto una tarea ardua y desconcertante. Un espacio en el que han surgido no pocos charlatanes y oportunistas, encontrando en el ecosistema online un lugar en el que lucrarse, donde además, sus disparates son proyectados y premiados. Un entorno donde desde el mismo dispositivo se está consumiendo información rigurosa y contenido de valor, compartiendo espacio y tiempo con memes, publicaciones basura y demás slops que se entremezclan. Una fusión de contenidos en un mismo canal que mezcla lo zafio con lo formal, el bulo con la información real, y donde en muchas ocasiones no resulta sencillo de distinguir.
Estos perfiles han encontrado en Internet una capacidad de atracción cada vez mayor, consiguiendo hacerse con más seguidores que creen de manera fiel sus predicaciones, y que confían en estos perfiles como una fuente de información veraz y contrastada. Asimismo, algunos de ellos han comenzado a contradecir teorías científicas ampliamente demostradas y aceptadas, haciendo llamar «teorías alternativas» a sus proclamas, un bonito eufemismo para hablar de una media verdad o directamente un bulo.
Esta situación ha comenzado a ser preocupante, teniendo en cuenta que se ha terminado dando voz a estos embaucadores en espacios que tradicionalmente estaban vinculados a la veracidad, la responsabilidad y el rigor, como son los medios de comunicación o algunos espacios reservados para el debate de alto nivel. Esto ha provocado un cuestionamiento, y posterior desconfianza de intermediarios como la prensa, que se aprovecha de estos perfiles para competir por una economía de la atención online, o portadores clásicos del conocimiento como es la comunidad científica, quien ha visto disputada su posición de emisario por reels de TikTok de un perfil cualquiera. Una circunstancia que está desdibujando la ya maltrecha frontera entre la verdad y la mentira.
En conclusión, cuando existe una crisis de autoridad, en especial en aspectos tan delicados como es el propio conocimiento, se torna más complicado poder separar el dato del ruido. Esta circunstancia, a falta de una alternativa al Internet existente y una regulación más estricta, exige una mayor responsabilidad social e individual. Las personas debemos prestar mayor atención a la información que nos llega, contrastar su veracidad y ser capaces de separar el grano de la paja. Una tarea que no resulta sencilla y para la que tenemos que seguir formándonos como ciudadanos y ciudadanas.
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