Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación
La desoladora historia de la humanidad

Las guerras han asolado, devastado, aniquilado y esquilmado territorios enteros, poblaciones completas; han destruido ciudades, pueblos y comarcas; han asesinado a una cantidad inconmensurable de seres humanos a lo largo de miles de años.

02/04/2020

El pasado domingo, día 22 de marzo, este mismo medio de comunicación, NAIZ, publicaba en su edición digital un interesante artículo titulado "Sospechas fundadas" del brillante y crítico analista internacional, Jesús Valencia. En él exponía con clara y diáfana argumentación la posibilidad de que tras el letal patógeno, covid-19, se pudiese esconder el abyecto, aborrecible e insaciable interés de la economía de los EEUU.

En uno de los párrafos del excelente artículo se expone literalmente: «Desde que aparecieron los primeros casos de coronavirus, el gobierno chino tenía el convencimiento de que se trataba de un ataque bacteriológico provocado». «En la conferencia de seguridad celebrada en Munich, la diplomacia china señaló abiertamente a EEUU como una amenaza mundial».

En la edición impresa de ese mismo día de marzo y del mismo medio, el genial y excelente periodista Antonio Álvarez-Solís, en un sucinto y formidable artículo incidía, también, en manifestar y denunciar la horrible y aborrecible mentalidad hegemónica de los Estados Unidos de Norteamérica, a raíz del dantesco e indescriptible genocidio llevado a cabo por ese país al lanzar dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Textualmente denunciaba con una gran agudeza intelectual y sensibilidad humana: «Una vez más se demostró que la riqueza gobernada por una minoría equivale al crimen».

Otros medios online y audiovisuales también han expuesto esta teoría. Evidentemente la carga acusatoria o teoría sobre la génesis de la pandemia no estriba ni se sostiene en la repetición, sino más bien en la argumentación y datos que se exponen; y en este caso concreto ninguno de ellos es baladí.

Tal vez lo más terrible y desolador de esta situación que ha ocasionado y creado un virus que ya era conocido, pero que ha «sufrido» una mutación, el covid-19, es que siendo verosímil, probable o incluso real que se haya desatado, sobre la faz del planeta tierra, una pandemia de estas impresionantes dimensiones de forma premeditada, diseñada, pensada y planificada fría e inhumanamente; para la mayoría de la población, este supuesto, sea sencillamente una paranoica teoría de la conspiración.

Simplemente porque a esa mayoría de personas les resulta absolutamente increíble que alguien, por ejemplo, corporaciones multinacionales, magnates de mercados internacionales, inversores multimillonarios, poseedores de inmensas e incalculables fortunas, determinados gobiernos, etc. puedan poner fríamente en marcha, por sus propios y exclusivos intereses materiales, una pandemia que pudiese –de ser cierto y confirmarse esa verosímil teoría– asesinar deliberada y premeditadamente a cientos de miles de personas o a millones.
Sin lugar a dudas esa posibilidad generaría una angustia descomunal, un brutal, dantesco e increíble desasosiego, que inconscientemente se tendería a rechazar como si se tratase de un auténtico desatino o desvarío de mentes perturbadas.

Pero la historia de la humanidad triste y deplorablemente no ha sido, tal y como se ha escrito en la inmensa mayoría de los textos, un tránsito o una evolución, con altibajos, desde las cavernas hasta las actuales sociedades hiperconectadas, que no unidas ni informadas. No, rotundamente. 
La principal característica de la humanidad desde la extinción del llamado hombre de Neanderthal ha sido una constante, brutal y terrorífica confrontación bélica entre los integrantes de esa especie de mamíferos bípedos, conocidos como Homo Sapiens.

Las guerras han asolado, devastado, aniquilado y esquilmado territorios enteros, poblaciones completas; han destruido ciudades, pueblos y comarcas; han asesinado a una cantidad inconmensurable de seres humanos a lo largo de miles de años.

La sangre, el sufrimiento, el encarcelamiento, el dolor, el terror, la deportación, la tortura, el secuestro, las violaciones, y la muerte –provocadas deliberada y conscientemente– son las señas de identidad de la especie humana por encima de cualquier otra característica por muy noble, maravillosa y fantástica que sea.

«El hombre es un lobo para el hombre» sentenció magistralmente el filósofo inglés Thomas Hobbes. Tres siglos después Eduardo Galeano mediante su extraordinaria y encomiable pluma incidía directamente sobre esa característica intrínseca del hombre, refiriéndose concretamente al mayor genocidio y exterminio conocido por la humanidad, la invasión y sometimiento del continente americano, exactamente refiriéndose a América Latina decía: «los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta».

Las guerras han enmascarado y ocultado los aborrecibles, miserables e inhumanos deseos de acumular bienes materiales, botines, riquezas, personas, territorios o regiones enteras del planeta, poblaciones completas para reducirlas a la abominable y denigrante esclavitud, para apropiarse de zonas estratégicas o de recursos naturales considerados muy apreciados.

Debido a que los enfrentamientos bélicos se constituyen en el máximo exponente de crueldad, sadismo, brutalidad e indefensión absoluta y completa que se puede desatar y desencadenar contra los seres humanos, se hacia necesario e imprescindible ocultar, por encima de todo, o transformar retorcidamente la realidad hasta hacerla irreconocible, de tal forma que la verdadera génesis, de la hecatombe absoluta, que supone una guerra, permaneciese inalcanzable, inaccesible e inaprensible a la inmensa mayoría de cualquier población, territorio o nación.

Por lo tanto las guerras tenían que hacerse creíbles, heroicas, necesarias e insoslayables. Llamamiento de los mismísimos dioses para combatir, vencer, dominar, subyugar o exterminar a los enemigos: bárbaros, protestantes, musulmanes, indígenas, comunistas...

Era necesario e imprescindible recurrir a los sentimientos mejor forjados, grabados e insertados en los diferentes imaginarios colectivos de, prácticamente, todas las sociedades, como son las creencias religiosas y el sentimiento tan arraigado de desear y querer formar parte indivisible de todo tipo de colectivos: tribus, pueblos, naciones... generando y creando de esa forma un enemigo ficticio e inexistente, al que habría que atacar, derrocar, exterminar o extinguir –según conviniese– antes de que lo hiciese él.

En la mente de muchísimas personas, aún permanecerá indeleble, la crueldad y brutalidad con la que se invadió, atacó, bombardeó y se arrasó toda una nación, Irak, hace escasamente tres lustros, bajo la inmensa, descomunal, miserable e inhumana mentira de que poseía «armas de destrucción masiva».

Una burda, recreada y construida mentira histórica que no ha tenido ninguna repercusión en el concierto de la mayoría de las naciones de este planeta y que ha llevado a muchos países de oriente medio a la desolación y al caos.

Unas cuantas décadas antes, medio siglo aproximadamente, Los Estados Unidos de Norteamérica a pesar de que la IIGM había finalizado en el continente europeo, Japón se encontraba solo, sitiado, sin aliados y sin la posibilidad de seguir enfrentándose al ejército de los USA en el Pacífico. Los Estados Unidos de Norteamérica por diversas razones absolutamente espurias: finalizar la guerra, evitar más muertes, Japón no aceptaba las condiciones de la rendición que se le imponía… desencadenó una tragedia humana dantesca y apocalíptica, jamás conocida anteriormente. 
Todo ello enmascarado en una absoluta y burda mentira.

La terrible hecatombe que se iba a desatar tenía un origen diametralmente opuesto a las razones esgrimidas. La finalidad básicamente consistía en intimidar a la, hoy extinta, URSS y, de alguna manera, someterla a un férreo control, mostrando su superioridad armamentística, verificar fehacientemente que aquella arma letal era realmente la invención más horrible y cruel que hasta ese momento había desarrollado el ser humano y de paso impresionar «al mundo entero, con el poder de EEUU en forma de bomba, había que tirarla en una ciudad para que la destrucción y la mortandad sirvieran de ejemplo. De forma algo macabra, Hiroshima y Nagasaki formaron parte de una lista de ciudades objetivo que no había que bombardear con armamento convencional o bombas incendiarias. Querían reservarlas intactas para la bomba atómica».
Ese país fue capaz de arrojar dos bombas atómicas –deliberada y premeditadamente sobre civiles– en dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki, materializando el dantesco y apocalíptico horror y terror generado como la peor pesadilla que nadie jamás, a lo largo de la historia de la humanidad, hubiese podido padecer, prever o ni tan siquiera llegar a intuir.

En unos breves y efímeros segundos 136.000 seres humanos perdieron la vida, muchos de ellos literalmente se difuminaron, desintegrándose por la onda expansiva y la deflagración térmica. En los meses posteriores debido a las radiaciones ionizantes el dantesco número se elevó a 214.000 muertas y muertos.

Los dantescos, espeluznantes y aterradores efectos producidos en Hiroshima aquel aciago, infausto y criminal 6 de agosto de 1945, tras la explosión de una bomba atómica de uranio-235, con una potencia explosiva de 16 kilotones, no fue capaz de llevar a la compasión, a la reflexión, a la ponderación a un mínimo grado de conmiseración –ante la inconmensurable y desgarradora tragedia humana que habían provocado– al comité de asesores encargado de adoptar las decisiones sobre la utilización o no de aquella descomunal y letal arma por segunda vez.

Transcurridas solamente 74 horas desde el despiadado e inmisericorde ataque a Hiroshima, nuevamente se daba la orden de bombardear a otra ciudad. Nagasaki se vio arrasada por un infierno mortal producido por una bomba nuclear de plutonio, todavía más potente que la primera, ya que esta segunda tenía una potencia explosiva de 25 kilotones.

Las personas que sobrevivieron, paulatinamente con el paso de los lustros y las décadas han ido muriendo, de enfermedades cancerígenas, como consecuencia a la exposición radiactiva. 
Aún permanecen vivas unas 65.000. Son denominadas «hibakusha», que quiere decir persona bombardeada. Su media de edad es de 84 años, padecen tumores malignos y alteraciones psicológicas.

Una confrontación bélica, en grandes regiones del planeta tierra, actualmente sería imposible, por la sencilla razón de que resultaría prácticamente improbable poder movilizar a las poblaciones de esas regiones en una guerra convencional de estados contra estados. Por esa razón se mantienen conflictos armados denominados eufemísticamente como guerras locales o de baja intensidad. Adjetivos aborrecibles que ocultan dantescas, sobrecogedoras e inhumanas tragedias de terror, destrucción, hambre, muertes y que despojan a centenares de miles de seres humanos e indirectamente a millones de personas de los más básicos y fundamentales derechos humanos.

La actual situación creada y generada por el covid-19, artificialmente o no, como ya está siendo evidenciada es mucho más asumible y fácil para que los insaciables depredadores asentados en ese inmenso país que es USA, puedan alcanzar sus despreciables y abyectos intereses.

Un país que se erigió sobre un auténtico cementerio –tras la práctica exterminación y aniquilación de todos los pueblos aborígenes– como ha demostrado a lo largo de su aborrecible y abyecta historia es capaz de realizar y llevar a cabo cualquier atrocidad, por muy cruel, brutal e increíble que parezca, con tal de materializar los objetivos y deseos que se haya propuesto.

La desoladora y espantosa realidad histórica de la humanidad ha superado con creces cualquier ficción que sobre ella se haya podido imaginar.