La «habitación del pánico» de Las Carreras
Las Carreras, barrio del municipio de Abanto, está siendo sometido a un experimento sin precedentes. Se trata de un ensayo de destrucción programada y de colonización industrial disfrazado de transición energética, ejecutado por un conglomerado energético liderado por Petronor (filial de Repsol), que responde a las necesidades exclusivas del futuro Valle del Hidrógeno que se está levantando en esa zona, y que cuenta con la complicidad activa del Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Bizkaia, ambos bajo el control del PNV. Una prueba donde los vecinos de este municipio son tratados como simples cobayas.
Este pequeño enclave, con raíces mineras y una comunidad resiliente, está siendo arrasado por una sucesión de megaproyectos en el marco de una supuesta «transición verde» pero que, en realidad, esconden una lógica de ocupación territorial, especulación industrial y energética y desprecio absoluto por la vida de sus habitantes, cuyo daño al medio ambiente incluso admiten que «va a ser moderado».
Es la lógica del capitalismo extractivista: apropiarse de cuantos recursos le interesa, bien sea en países periféricos o en comunidades pequeñas del Tercer Mundo, tal y como ocurre con el pueblo mapuche en Chile o con los inuits en el Ártico. O, ya en nuestra propia tierra, en la zona minera de Las Carreras, otrora eje que impulsó la industrialización en Bizkaia y en Euskadi, y a la que desde hace décadas han relegado a un papel de soporte logístico para intereses empresariales, ignorando por completo la calidad de vida de sus habitantes. Un espacio, donde las decisiones institucionales han priorizado el desarrollo industrial sobre el bienestar vecinal, convirtiendo el barrio y todo el municipio en un lugar donde el ruido, la contaminación y el riesgo conviven con la cotidianidad de cientos de familias.
Y es que Abanto, lejos de ser un municipio beneficiado por la transición energética, está siendo instrumentalizado como vertedero de infraestructuras pesadas y proyectos de alto impacto. La acumulación de servidumbres, la expropiación de terrenos, la destrucción del paisaje y la invisibilización de sus vecinos en los procesos de participación pública son síntomas claros de una política que sacrifica territorios vulnerables en nombre del progreso. Las Carreras no es un caso aislado, sino el ejemplo más crudo de cómo se impone un modelo extractivista y centralizado que desprecia la justicia ambiental y social.
El asedio contra Las Carreras no solo es múltiple sino diverso, como un hostigamiento que viene de varios proyectos, todos ellos interrelacionados, de consecuencias gravísimas, incluso impredecibles. El primero es la Variante de la carretera BI-734: una vía de unos 2 kms. que arrasa huertas, campas y zonas verdes. Se construyen rotondas gigantes, muros de hormigón, y pasos elevados que transforman el paisaje en un corredor industrial. El trazado se mantiene prácticamente inamovible, pese a las alegaciones ciudadanas. Se excava un falso túnel de 700 metros, se levantan muros de hasta 14 metros, y se colocan pantallas acústicas para amortiguar el ruido excesivo.
El segundo es el proyecto de Electrolizador de 100 MW. ¿Qué es esto? Pues un dispositivo con el que se crea el hidrógeno «verde», el cual puede ser usado como combustible y en la industria. Peligros: Ha sido aprobado sin evaluación ambiental ordinaria, pese a los riesgos evidentes derivados de que se manipulan sustancias peligrosas; se incrementa el consumo exponencial de agua y electricidad, y se ignoran los efectos acumulativos con otras infraestructuras.
El tercero son Líneas de alta tensión de 132 kV proyectadas para las necesidades de Cantabria y, más en concreto, de Castro, y que atraviesan zonas forestales, pasan cerca de viviendas, de colegios y de espacios de ocio. Se talan zonas boscosas, se destruyen hábitats de fauna como el visón europeo, se imponen servidumbres y se somete a la población a ruido, estrés y riesgos.
El cuarto es un Parque Tecnológico: 550.000 m² de suelo agrícola recalificado para usos industriales. Un proyecto que se expande sin control, con carreteras que en el futuro podrían conectarse con la Variante de Las Carreras y Muskiz, esta última proyectada como continuación de la primera y que también arrasa con otra de las zonas verdes de este barrio.
El quinto es una Hidrolinera aprobada recientemente, que contradice las promesas institucionales. El hidrógeno no irá solo por tuberías, sino también en camiones cisterna que saldrán desde el Parque Tecnológico y podrían hacerlo por la Variante en un futuro, aumentando el riesgo y la contaminación.
El sexto es la Línea de alta tensión de Solaria de 400 kW, que viene de Álava y termina en Zierbena, pasando por Abanto, necesaria para los electrolizadores de Petronor y que así el hidrógeno sea considerado «verde».
En definitiva, habrá tres electrolizadores (para producir el hidrógeno); una hidrolinera que funcionará 365 días/24 horas del año (según licencia otorgada por el Ayuntamiento) para distribuir en camiones el hidrógeno que no se transporte por tuberías; carreteras nuevas en forma de dos variantes de 3 kilómetros, que reducen tiempos de distribución y de acceso de sus trabajadores al Parque Tecnológico, todo ello con sus correspondientes desmontes, taludes, falsos túneles, muros y viaductos y; además; líneas de alta tensión (a lo largo de 12 kilómetros y 32 torres eléctricas) para recibir toda la electricidad que necesitan los electrolizadores que ya se están construyendo. Todo esto en una zona que no alcanza los 5 kilómetros cuadrados. ¿Alguien da más?
¿Transición energética o colonización industrial?
Así, mientras las instituciones hablan de «sostenibilidad», de «futuro verde» y de «innovación», lo que ven y sufren los vecinos de Las Carreras en carne propia, y los de Abanto en general, es algo muy diferente: una zona ya saturada por la cercana refinería de Petronor, el ferrocarril, la autovía, las subestaciones eléctricas... y ahora, con parque tecnológico, electrolizador, líneas de alta tensión, hidrolinera y Variante, es decir, más hormigón, más ruido, más servidumbres, más miedo.
Las Carreras tiene una esperanza de vida inferior a la media de Euskadi. Sus habitantes sufren mayores tasas de enfermedades pulmonares. Y en lugar de políticas de reparación, reciben más agresiones. ¿Dónde está la justicia ambiental? ¿Dónde está la participación ciudadana? ¿Dónde están los derechos a un entorno saludable?
Las instituciones han abandonado este barrio, a todo este municipio. El PNV lo ha entregado al lobby energético. El Gobierno Vasco ha ignorado las alegaciones ciudadanas sobre la hidrolinera y el electrolizador y la Diputación ha troceado los proyectos para evitar evaluaciones globales. Así que están ninguneados, solos y a expensas de tener que sufrir su propio apocalipsis local.
Pero Las Carreras no se rinde. Sus vecinos denuncian, alegan, documentan, informan y se manifiestan masivamente como expresión de un rechazo contundente. Y hoy, este artículo quiere ser una pequeña ventana de esta su-nuestra lucha, como altavoz y denuncia. Porque lo que ocurre aquí no es una excepción: es el modelo que se quiere imponer en toda Euskal Herria. Un modelo de ocupación industrial disfrazado de transición ecológica.
Así que quizá ha llegado el momento de que, si las instituciones supuestamente responsables no cejan en su empeño de seguir con estos proyectos que atentan contra el más mínimo bienestar de la ciudadanía, los vecinos de Las Carreras y Abanto comiencen a construir su propia «habitación del pánico». No como metáfora, sino como necesidad. Una estancia blindada, insonorizada, hermética, donde poder respirar sin partículas tóxicas, sin ruido industrial, sin miedo a explosiones, fugas o expropiaciones. Porque lo que se está instalando aquí no es una transición energética, sino una maquinaria extractivista que opera con la frialdad de un bisturí y la impunidad de un régimen blindado.
La refinería, el electrolizador, las líneas de alta tensión, la variante, el parque tecnológico, la hidrolinera... cada infraestructura es una capa más de hormigón sobre el tejido social del barrio. Y mientras tanto, las instituciones públicas −esas que deberían proteger a la ciudadanía− se convierten en cómplices activos del expolio. El Gobierno Vasco firma licencias, la Diputación diseña variantes, los ayuntamientos aprueban planes parciales, y todos ellos se reparten el relato de la sostenibilidad como si fuera un premio de consolación para los que ya no tienen paisaje, ni silencio, ni salud.
Pero la «habitación del pánico» no solo se construye contra el ruido y el gas sino contra la insensibilidad de unas instituciones que no responden a los intereses reales de la ciudadanía. Y también contra la falta de información a las personas expropiadas, que se han enterado de que les iban a expropiar o que estaban realizando catas en sus propiedades, sin los permisos necesarios por parte de los propios vecinos, dado que no habían recibido notificación alguna. Porque en este modelo de país, el poder económico y el institucional se dan la mano, y la ciudadanía queda fuera del encuadre. Invisible. Prescindible.
Y así, entre el estruendo de las obras y el mutismo de los despachos, Las Carreras se convierte en una zona de sacrificio. Un lugar donde se experimenta con moléculas, con presiones, con emisiones, con servidumbres. Donde se mide cuánto puede aguantar una comunidad antes de romperse. Por eso, quizá la única infraestructura que falta por construir aquí es esa: una «habitación del pánico». No para esconderse, sino para seguir resistiendo. Para recordar que, aunque les quieran silenciar, siguen aquí. Y no se van a callar, porque no son cobayas. Son comunidad. Historia viva. Y exigen respeto, justicia y reparación.
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