La hierba en la cuneta

En la magnífica obra poética y filosófica de Marian Fernández hay dos versos que señalan el único camino posible para abordar la verdad en nuestra época de deterioro del pensamiento: «Sé como la hierba que amarillea en las cunetas/ y mira el mundo desde esa altura».

07/06/2016

He recordado este consejo acuciado por la pobreza intelectual y la penuria política de lo que se sostiene en la mayoría de los discursos que pronuncian muchos líderes políticos, incluyendo a no pocos de quienes se definen como representantes de la izquierda, que estarían obligados por definición a buscar caminos concluyentes para superar la patética situación actual. Empleemos para tratar de este asunto las palabras desnudas. La autocracia insiste, sin apenas oposición, en prolongar un modelo de existencia que se sostiene en el servilismo social a que siguen condenados los trabajadores, despojados ahora incluso de su capacidad de análisis revolucionario. Y los llamados progresistas suelen buscar atajos para desdecir, cara a las urnas, lo que dicen con penacho liberador ante un mundo que ha transformado la humanidad en una inmensa maquinaria.

En este escenario Marian Fernández dice algo aterrador: «Nadie conoce el triunfo de la piedad». Ni siquiera funciona la piedad y el genocidio es puro verbalismo político reservado cínicamente al tremendo pasado que se esgrime como justificación de la «protectora» brutalidad presente, con su propio y acrecentado genocidio ¿Importa acaso que en el pasado mes otros ochocientos seres humanos que huían de una múltiple miseria y de evidencias de muerte desaparecieran en esa colosal tumba en que se ha convertido el Mediterráneo? ¿Importan esos miles de muertos que produce una guerra que sólo tiene por objeto consolidar piezas de poder en un ajedrez infernal? ¿Importan esas familias deshuesadas en el paro o en el trabajo raído, colmo de la indignidad que asola incluso a los países antes estandartes de la modernidad con ribetes morales y ahora forzados a jugar el partido de la postmodernidad o modernidad culminada en un racionalismo éticamente perverso? De ese racionalismo escribe José Antonio Moreno en su “Visión franciscana de la vida cotidiana”: «La racionalización de Occidente articula todas las manifestaciones culturales: filosofía, arte, teología, política, economía sociología… Este espíritu formalizador y sistematizador de la racionalización conlleva el afán de predominio, de imposición y de explotación, que tiene su máxima expresión en la racionalidad científico-técnica y en el espíritu capitalista. La racionalidad se institucionaliza a través de los diversos sistemas y se convierte en pura funcionalidad. El interés, lo práctico, lo funcional van sustituyendo a las categorías ontológicas del ser y de la gratuidad y se llega a una pacífica comercialización del mundo, entrando así en conflicto con la misma naturaleza, que se ha convertido en fuente inagotable de beneficios y se la trata como un campo de herramientas. La modernidad, defensora de la autonomía individual y de un marcado individualismo narcisista, no ha traído la paz y la alianza entre los hombres ni entre éstos y la naturaleza, sino que ha sido fuente permanente de conflictos, de tensiones y de divisiones, llegando a la dolorosa experiencia del malestar en la cultura, que diría Freud, como se manifiesta en la conciencia infeliz, en la agresividad personal y en la desilusión generalizada». Ayer mismo afirmaba el triste ministro del Interior español, que «el empleo indefinido es cosa del pasado».

Pues bien, ante este panorama arrasado y arrasador no se puede proceder con una administración de tranquilizantes circunstanciales y previamente manipulados desde una izquierda que manifiesta repetida y epidérmicamente la inevitabilidad de un cambio radical de modelo social si queremos alojarnos en un edificio habitable. Con esta constatación no invito a la atropellada violencia popular frente a la violencia estructural y permanente del Sistema. No hablo de violencia, con el arrastre de significado que los actuales dirigentes sociales le dan al término cuando hablan de los radicales, de los antisistema, de los locos extremistas, de los insensatos e incluso de los comunistas y bolivarianos como suelen hacerlo los «populares» e incluso su rueda de repuesto, los «ciudadanos», sino que hablo de oposición y resistencia activas y permanentes; de ver la realidad desde la altura precisa de la hierba que amarillea en la cuneta. En suma, desde la altura que es apropiada en quienes ven pasar raudos el lujo y el menosprecio. No hace falta que la izquierda llegue al gobierno a base de tranquilizar a los «mercados», que son ahora y tantas veces una trampa mortal de los pescadores con cebo vivo, sino llegar a la calle con la denuncia de esos mercados y convertir a la inerte ciudadanía en autogobernante desde tantos niveles posibles. Se trata, en definitiva de mantener visible la verdad y hacer seriamente corresponsables de ella a los peatones de la historia. Porque los peatones deben producir y vivir su propia historia. No se puede rechazar el frío de la miseria y aceptar al tiempo la desnudez. Uno dice estas cosas porque desde hace muchos años es hierba consciente en la cuneta.

Hay que recuperar dos dimensiones de la convivencia: la primera consiste en el valor del hombre como responsable máximo de su existencia; la segunda es la recuperación de un aire moralmente limpio y respirable, con el crimen reducido a niveles asumibles en un ámbito excepcional dentro del ya sano colectivo humano. En esto consiste, según se me alcanza, la tarea de los partidos políticos que demandan el verdadero cambio del modelo social de convivencia.

Mas tal aventura no es de culminación posible si no recuperamos el sentido espiritual que ha de ser base imprescriptible de la realidad. No se alegue ante esta propuesta que nos perdemos en un bosque de anacronismos morales, sino que pretendemos reencarnar en el transcurso de lo cotidiano la cálida simplicidad del espíritu que, por encima de dogmáticas y juegos insensatos –confieso que me aterran las llamadas «teorías de los juegos»–, pervive en el fondo abisal de la evolución humana. La idea de lo bueno y la repugnancia ante lo perverso y degradante pervive enérgicamente en ese fondo que funciona como un faro en mar revuelta. Diría que se trata de una física de lo vivencial que quienes operan en la compra-venta de la existencia digna tratan de degradar hablando de ello como metafísica incompatible con la repugnante «teoría de los juegos» a la que acabo de referirme.

La izquierda o es espíritu de igualdad y fraternidad o no es nada. Un espíritu atosigado, eso sí, que el poder postmoderno nos presenta como bacteria que infecta la realidad de cada día. Si queremos arar la tierra que hemos heredado ha de ser con las viejas herramientas del alma, que es bien común o comunista o colectivista. No podemos caer en el mito, en este caso execrable, de que nos convertiremos en estatuas de sal si miramos hacia atrás. Eso sólo lo cree el Sr. Fernández Díaz tras sus charlas con el Sr. Rajoy. Hay que mirar hacia ese «atrás» que funcionó también en el Marx joven cuando formuló aquella inolvidable admonición al gobierno del país por condenar a los pobres que recogían leña en el jardín de los ricos para atemperar el invierno. Ahí funcionaba el espíritu como parte profunda de nuestra realidad material. Luego vino la grandeza de su obra.