José Díaz
Licenciado en Política Internacional por la Universidad de Stirling

La intervención militar de EEUU en Venezuela como acto de terrorismo de Estado

La historia de la intervención de Estados Unidos en Latinoamérica revela un patrón constante de intervención contra gobiernos que buscan la independencia política y económica. Pensadores revolucionarios como Ernesto “Che” Guevara y Fidel Castro analizaron este patrón no como una serie de eventos aislados, sino como una característica estructural del imperialismo. Desde esta perspectiva, la intervención estadounidense en Venezuela representa una manifestación contemporánea del terrorismo de Estado: el uso calculado del miedo, la coerción y el sufrimiento colectivo para forzar un cambio político. Al examinarlas desde la teoría revolucionaria, estas acciones no pueden reducirse a la presión diplomática o a la política de seguridad, sino que deben entenderse como una estrategia sistemática de dominación.

El terrorismo de Estado puede definirse como el uso deliberado de la violencia o de medidas coercitivas por parte de un Estado contra la población civil con el fin de alcanzar objetivos políticos. A diferencia de la guerra convencional, suele operar mediante mecanismos indirectos –amenazas, agentes proxy y presión económica– que ocultan la responsabilidad y, al mismo tiempo, producen daños generalizados. Che Guevara enfatizó que el poder imperial funciona no solo mediante la fuerza militar directa, sino también mediante estructuras que generan dependencia y miedo. Como argumentó, «el imperialismo es un sistema de explotación que debe ser rechazado en todas sus formas». La política estadounidense hacia Venezuela refleja esta lógica, ya que no busca la coexistencia, sino la sumisión.

Un componente central de esta intervención ha sido la persistente amenaza de la fuerza militar. Las reiteradas declaraciones de funcionarios estadounidenses, afirmando que «todas las opciones están sobre la mesa», constituyen más que una simple postura retórica; funcionan como instrumentos de coerción psicológica. En una región con un largo historial de invasiones extranjeras y golpes militares, tales declaraciones se interpretan como amenazas creíbles de violencia masiva. Che Guevara reconoció la intimidación como una táctica imperial clave, señalando que el miedo a menudo se utiliza para debilitar la resistencia popular antes de que se aplique la fuerza. La continua presencia de activos militares estadounidenses en el Caribe refuerza esta atmósfera de amenaza, contribuyendo a un clima de inseguridad entre la población civil.

Además de las amenazas abiertas, Estados Unidos ha recurrido a operaciones encubiertas y subsidiarias para desestabilizar a Venezuela. El intento de golpe de Estado de 2002 contra el presidente Hugo Chávez, apoyado por redes políticas e institucionales estadounidenses, demostró los límites de la tolerancia estadounidense ante resultados democráticos que atentan contra sus intereses. Fidel Castro observó que el imperialismo con frecuencia prefiere la intervención indirecta porque permite ejercer la violencia sin rendir cuentas formalmente. Incursiones mercenarias posteriores, incluida la fallida operación de 2020 con contratistas privados vinculados a Estados Unidos, reflejan lo que Che Guevara describió como la privatización de la represión. Estas acciones exponen a la población civil a la violencia y la inestabilidad, al tiempo que permiten a la potencia interviniente negar su responsabilidad directa, una característica esencial del terrorismo de Estado.

Sin embargo, el aspecto más prolongado y perjudicial de la intervención estadounidense ha sido la guerra económica. La teoría revolucionaria ha identificado desde hace tiempo la coerción económica como un instrumento fundamental del control imperial. Che Guevara argumentó que la dominación se mantiene no solo mediante armas, sino también mediante la manipulación de las condiciones materiales, advirtiendo que el hambre mismamente puede ser utilizada como arma. Las sanciones estadounidenses dirigidas a la industria petrolera, el sistema financiero y el acceso a los mercados internacionales de Venezuela han contribuido significativamente a la escasez de alimentos, medicamentos e infraestructura esencial. Cabe destacar que funcionarios estadounidenses han reconocido abiertamente que estas medidas buscan intensificar la presión interna y provocar el colapso político. Cuando el sufrimiento civil se impone deliberadamente como medio para lograr un cambio de régimen, la distinción entre política económica y terrorismo se vuelve insostenible.

Los defensores de la política estadounidense suelen señalar los problemas internos de Venezuela –mala gestión económica, corrupción y represión política– como justificación para la intervención externa. El análisis revolucionario rechaza este razonamiento. Che Guevara enfatizó que las contradicciones sociales son inherentes a todas las sociedades y deben resolverse internamente mediante la lucha popular, no mediante la coerción extranjera. El imperialismo explota estas contradicciones para reafirmar el control, presentando la intervención como asistencia mientras profundiza la dependencia. Fidel Castro lo expresó claramente cuando afirmó que «el imperialismo no ayuda a las naciones a desarrollarse; las ayuda a depender». En Venezuela, la presión externa ha exacerbado los problemas existentes en lugar de resolverlos.

La reticencia a caracterizar estas acciones como terrorismo de Estado refleja las asimetrías de poder que configuran el discurso internacional. El terrorismo suele condenarse cuando lo practican actores no estatales o marginados, pero se normaliza cuando lo llevan a cabo Estados poderosos bajo el lema de la política. Che Guevara advirtió contra este doble rasero moral, argumentando que la injusticia no cambia su naturaleza según la identidad de su autor. El miedo que experimentan los civiles privados de sus necesidades básicas no es menos real por ser resultado de las sanciones y no de las bombas.

En conclusión, desde la perspectiva del disciplinado marco revolucionario desarrollado por Che Guevara y Fidel Castro, la intervención estadounidense en Venezuela constituye terrorismo de Estado en una forma moderna e institucionalizada. Mediante la intimidación militar, la desestabilización encubierta y el asedio económico, Estados Unidos ha empleado el miedo y el sufrimiento colectivo para socavar la soberanía venezolana. Como insistió Che Guevara: «Ante todo, uno debe ser capaz de sentir profundamente cualquier injusticia cometida contra cualquier persona, en cualquier parte del mundo». Aplicar este principio de forma coherente requiere reconocer la coerción imperial no por su retórica, sino por sus consecuencias para quienes la padecen.

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