Raúl Zibechi
Periodista

La izquierda después de Nicaragua

La crisis en Nicaragua encuentra a las izquierdas en su peor momento. Las reacciones ante los sucesos y las actuaciones del régimen Ortega-Murillo, están generando un nivel de divisiones inédito en las fuerzas políticas que se proclaman de izquierda o progresistas.

La caída del socialismo real y del muro de Berlín tuvo efectos relativamente importantes en América Latina, pero se circunscribieron a los partidos comunistas y a su área de influencia. Pese a ello, no consiguieron frenar el ascenso del progresismo que en esos años venía conquistando los gobiernos municipales de grandes ciudades como Sao Paulo (1989), Porto Alegre (1991), Montevideo (1990) y Caracas (1993), entre las más destacados.

El acceso a los gobiernos municipales fue la primera fase de un crecimiento imparable de los progresismos y las izquierdas, que los usaron como plataformas políticas para experimentar nuevas formas de gobierno, entre las que destacan los presupuestos participativos que tuvieron fuerte repercusión a raíz de la gestión del PT en Porto Alegre. Apenas una década después de la caída del socialismo real (1989-1991), los progresismos comenzaron a ganar elecciones nacionales hasta convertirse a mediados de la década de 2000 en las fuerzas hegemónicas de la región sudamericana.

La crisis en Nicaragua encuentra a las izquierdas en su peor momento. Las reacciones ante los sucesos y las actuaciones del régimen Ortega-Murillo, están generando un nivel de divisiones inédito en las fuerzas políticas que se proclaman de izquierda o progresistas.

La primera constatación es la profundidad de la división que afecta partidos, personalidades políticas e intelectuales, prácticamente en todos los países.
En un principio, los partidos que integran el Foro de Sao Paulo se pronunciaron a favor del gobierno de Daniel Ortega. Se trata del mayor agrupamiento de partidos de izquierda de la región. Sin embargo, en los días posteriores algunos de esos partidos votaron lo contrario en su parlamento, como es el caso del Frente Amplio uruguayo que apoyó por unanimidad una moción condenando la represión. Es evidente que las decisiones del Foro no representan el espíritu del conjunto de la izquierda.

Entre los dirigentes políticos se registra una división semejante. Los gobiernos de Bolivia, Cuba y Venezuela declararon su apoyo a Ortega, pero José Mujica rompió un largo silencio para pedir la dimisión del gobierno. “Quienes ayer fueron revolucionarios, perdieron el sentido en la vida”, dijo luego de exigir el cese de la represión. En las izquierdas de varios países se registra honda división, en particular en Argentina, Chile y México.

Entre los intelectuales predomina una honda división y muchos silencios. El teólogo brasileño Leonardo Boff criticó al gobierno nicaragüense, mientras el argentino Atilio Borón justificó la represión. También los medios están divididos. “Página 12” de Buenos Aires guarda silencio, mientras “La Jornada” de México ha reiterado su rechazo al régimen.

Es evidente que esta división y las posiciones de cada quien respecto a Nicaragua no provocarán la pérdida de votos de los partidos de izquierda, pero afectan a su militancia y a las personas más cercanas a los equipos dirigentes. En un período caracterizado por una fuerte crisis de legitimidad, la escisión en curso no ayuda a la recomposición de la imagen frente a la sociedad. Aunque es algo prematuro para llegar a conclusiones, las mayores críticas al régimen de Managua provienen de las bases y los estratos medios de los partidos de izquierda, que presionan a sus dirigentes.

La segunda es el alto nivel de confusión entre geopolítica y luchas sociales. En realidad esta confusión atraviesa a todas las fuerzas políticas del mundo, como consecuencia del período de transición hegemónica que vivimos. En las derechas domina un claro discurso proestadounidense, pero no pueden ni quieren romper amaras con el «comunismo chino», ya que es el destino principal de las exportaciones y fuente de jugosas inversiones. El gobierno conservador de Mauricio Macri renovó y profundizó la alianza estratégica con Pekín.

En las izquierdas, hay dos tipos de argumentos. Los que atribuyen los problemas de los gobiernos progresistas o de izquierda al imperialismo, que estaría detrás de la insurrección popular nicaragüense, parecen representar una posición minoritaria. En el bando opuesto, no se ignora el papel de EEUU pero se hace hincapié en la defensa de los pueblos, en el derecho a movilizarse y a resistir lo que consideran el autoritarismo Ortega-Murillo.

Es evidente que durante un buen tiempo vamos a estar empantanados en este debate. Los argumentos llevan a justificar la represión cuando gobiernan las izquierdas y a denunciarla cuando mandan las derechas. La muerte de un manifestante como Santiago Maldonado en Argentina ha provocado respuestas airadas de los movimientos, plenamente justificadas por cierto, pero muchos guardan silencio ante los cientos de muertos en Nicaragua. Es evidente que algo no anda bien.

El tercer problema es la incapacidad para analizar lo que está sucediendo con serenidad y seriedad. Las acusaciones y los estribillos suelen sustituir los argumentos y las razones. Criminalizar al que piensa diferente, es la mejor forma de alejar a los militantes de la política y convertirla en cosa de expertos. En particular, se alejan los jóvenes y las mujeres que son los menos proclives a dejarse manipular por discursos oportunistas.

El odio y rechazo al imperialismo yanqui es tan fuerte en América Latina, que a menudo tendemos a ser excesivamente tolerantes con la represión en países como Rusia y China, en los que un sector de la izquierda vislumbra a los nuevos salvadores.

El cuarto y último problema afecta a la identidad, o sea es un problema mayor. Para la izquierda la ética fue siempre un aspecto central. La igualdad, la solidaridad, atender a las razones y un largo etcétera. Si pensamos que la ética es una seña de identidad, es porque un militante de izquierda jamás puede aceptar la tortura, por poner un ejemplo extremo. Pero, ¿si el que tortura lo hace para defender un gobierno popular, pensaremos lo mismo?

Este debate es muy profundo y ya tiene un largo siglo, cuando en 1921 la rebelión de los marineros de Kronstadt fue ahogada en sangre por el poder soviético, postura en la que coincidieron los dirigentes bolcheviques, desde Lenin hasta Trostky.

Es muy evidente que defendemos más o menos unidos las demandas populares frente a las derechas, como sucede estos días en Argentina con el movimiento por la despenalización del aborto o en Brasil contra el gobierno de Michel Temer. El gran problema es cuando los «nuestros» están en el gobierno o, bien personas que simplemente esgrimen un discurso progresista aunque hagan política neoliberal.

Por mi parte, creo que las cosas están muy claras en Nicaragua. El régimen Ortega-Murillo estuvo desde el primer día con la reaccionaria Iglesia católica y con el empresariado, mantiene buenas relaciones con Estados Unidos y se ha beneficiado de la corrupción, en particular del apoyo del Gobierno de Venezuela con cuyo petróleo ha hecho negocios. Nunca fue un gobierno de izquierda ni siquiera tibiamente progresista.

Pero esto no es lo más importante. Aunque fuera un buen gobierno, con políticas realmente de izquierda, ¿podemos guardar silencio ante la represión y las violaciones a las personas? Creo que este es el nudo de la cuestión. Dónde pintamos la línea roja. En mi vida militante esa línea siempre ha estado y sigue estando en el mismo lugar: no podemos aceptar la represión, nunca en ninguna situación.

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