Internacionalista
La lección de la Yemaá

Ante esta emergencia, España promovió un muro de contención frente al independentismo: un referéndum de autonomía que se celebraría en la primavera del 1975; su inspirador, el almirante Carrero Blanco, exigió a la Yemáa que lo respaldara. Las pretensiones contrainsurgentes del Gobierno español fueron desbordadas por los acontecimientos.

21/10/2019

Así se llamaba la Asamblea de Notables que regulaba las relaciones entre las tribus saharauis. Todas ellas tenían representación en la Yemáa donde abordaban los problemas comunes y cuyos acuerdos eran de obligado cumplimiento. Al rebufo de la fiebre colonialista, el Estado español se adentró en el norte de África. En 1884 envió al Sahara un primer contingente militar donde se instauró el régimen de Protectorado; años más tarde, el Sahara quedó incorporado al Estado español.

La Yemáa recibió amistosamente a los recién llegados pero pronto se enrareció aquella amistad. Los españoles comenzaron a imponer leyes a los pobladores originarios y estos reaccionaron con hostilidad frente a quienes ejercían de ocupantes. En 1949 se descubrieron los yacimientos de fosfato y el control español se intensificó: inversiones, militarización, traslado de colonos. Todo esto incrementó la indignación saharaui que, desde 1958, comenzó a reivindicar la autodeterminación. El Estado español intento ahogar aquel movimiento pero la violencia se volvió en su contra: incrementó la conciencia nacional saharaui y el rechazo a los ocupantes.

Ante el devenir de los acontecimientos, el Estado español incorporó la Yemáa a las estructuras coloniales y la utilizó al servicio de sus intereses: los jefes de las tribus tenían que aceptar en sus asambleas a figuras políticas designadas por la Metrópoli. Las decisiones que se tomasen en dicha Asamblea sólo tendrían carácter vinculante si se ajustaban a la legislación española. En mayo de 1973 nacía el Frente Polisario como organización político-militar. Ante esta emergencia, España promovió un muro de contención frente al independentismo: un referéndum de autonomía que se celebraría en la primavera del 1975; su inspirador, el almirante Carrero Blanco, exigió a la Yemáa que lo respaldara. Las pretensiones contrainsurgentes del Gobierno español fueron desbordadas por los acontecimientos. La Yemáa, ante la instrumentalización de que estaba siendo objeto, decidió disolverse. En noviembre de 1975 realizó esta declaración: «España ha comenzado a urdir un complot contra la independencia de nuestra patria. La única forma de consultar al pueblo saharaui es permitirle decidir su destino y obtener su independencia fuera de toda presión e intervención extranjeras. Para que no haya ninguna utilización por el colonialismo español de esta institución, y como consecuencia de las maniobras intentadas por los enemigos del pueblo saharaui, la Asamblea General decide por unanimidad su disolución definitiva».

Por aquellas fechas, y con parecidos propósitos, nos propusieron la misma trampa y nosotros caímos: renunciamos a nuestra soberanía nacional a cambio de cuatro mendrugos autonómicos. Y así nos va: atropellos judiciales, mediáticos, policiales; ensañamiento con nuestros presos, recurridas nuestras leyes, vetadas nuestras decisiones, perseguida nuestra lengua. Signos todos ellos de una dominación colonial que pervive.

Ante la inevitable crispación que genera este sometimiento, voces cercanas apuestan por generar entre nosotros un clima de convivencia. Objetivo noble pero prematuro si no se han establecido previamente las bases de la misma. Un conflicto nacional es imposible que desemboque en una relación respetuosa si los agentes enfrentados no se reconocen en clave de igualdad. Un conflicto social jamás generará un clima de entendimiento si se mantienen intactos los mecanismos de explotación. La verdadera convivencia solo será posible cuando podamos autodeterminarnos sin permiso de nadie y cuando al capitalismo sea reducido: «el capital –decía Marx– viene al mundo chorreando sangre y lodo». Quien considere anacrónico este planteamiento que mire a las mujeres de Rajova, a los indígenas ecuatorianos y al soberanismo catalán.

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