La madre de la salud

Al margen del relato interesado en grandes medios y de teorías conspiranoicas en redes, lo mas preocupante a futuro y quizás objetivo último... sean los niños.

22/05/2020

Aún sin saber lo que queda para volver a... o reinventar el... la conclusión mas relevante a extraer de esta pandemia sistémica, por encima de todas, es que, las dos prioridades a preservar en una sociedad, son la salud global, y la espontaneidad, creatividad y naturalidad silvestre de sus niños: su sal y su luz.

La plenitud, deriva de mantener armonizados, «mecanismos» que asisten a las cuatro bases de la salud psico-físico-emocional y espiritual, en movimiento continuo y sincronizado en su doble función: orgánica y vital.

Sal y luz, fuentes originales de salud. Memoria primera y última en nuestro tránsito por el planeta. Ambas, contenidas en nuestra composición celular y latido de nuestra sangre. Ambas en el sol de nuestros ojos; ojos que no verían la luz, si la sal de nuestras lágrimas, se volviera sosa. Sal y luz: Padres precursores para ese doble nacer: de esta, en esta, y desde esta Madre Tierra.

Una génesis humana, con progresivo llenado de Luz de contenido divino, hasta este último paso finito tras el despertar del sueño, ya saliendo de la oscuridad de la caverna... en que escenifican, pero parece que nos quieren devolver a ella.

Desde una visión muy personal de los hechos, que nos han llevado a lo de hoy, pregunto: ¿cómo hemos llegado a esto?; ¿porqué y para qué, esta reclusión global?... y concluyo con la respuesta eterna y genérica: nada es por nada.

Así, todo tiene un cómo y un porqué, como causas que generan consecuencias que ya venimos viviendo-sufriendo, en la salud, la economía y el ánimo total. Pero por encima de todo ello, lo más inquietante es: ¿con qué finalidad? Y es aquí que siempre me viene la imagen de niños con normativa distante...

Al margen del relato interesado en grandes medios y de teorías conspiranoicas en redes, lo mas preocupante a futuro y quizás objetivo último... sean los niños.

¿Qué sería de ese universo coral que con sus alegres trinos nos despiertan en cada amanecer, si les arrancaran las plumas del timón de cola? ¿Si les pintaran de gris sus coloreadas alas y de negro el arco iris de su pecho?... se apagarían.

«Dejad que los niños se acerquen a Mí»... dejad que la luz se acerque a la Luz.

El bosque ilusionado de nuestros niños y niñas, hoy aún es, como arroyo que mana sin cesar en su alegría cantarina; universos silvestres y arquetipos de biodiversidad e inocencia divina, a diferencia de los adultos... adulterados.

Este confinamiento global, ha generado en la humanidad total y en la vibración del planeta, un plus de apagado de vida y luz, justo en el período de máxima progresión del calor en la atmósfera que crea la Tierra y el dorado en el Sol.

El apagado de hace 2.000 años a causa de aquel eclipse mortal al Sol de la luz del olaneta, sumió a la humanidad en sufrimiento, por hambre, enfermedades, peste, guerras, frío glacial, esclavitud...confinada en la oscuridad de la Caverna durante veinte siglos. Hoy, países con tecnologías avanzadas no crucifican a nadie, ni celebran juegos y luchas de personas con fieras en cosos de entretenimiento y circo para la plebe, ni se quema a nadie en hogueras inquisidoras... pero sí.

Así, el planeta nos dice: «No lloréis por mí; llorad por vosotros y por vuestros hijos». No nos quiere salvadores del cambio climático... y a su vez descuidar nuestro jardín. Sí pide no contribuir en la manipulación genética y climática.

En el siglo XXI, el gasto en I+D+i con subvención pública, ha posibilitado ese gran salto cualitativo en desarrollo biotecnológico para control de la plebe y la domótica para confort de las élites. En la medida que vamos sumando causas parejas, salvando distancias y envergaduras, se podría equiparar a los siglos pasados, en la consecuencia de, pérdida de conciencia e individualidad de ser.

El paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga destaca la infantilización evolutiva de la especie humana, referida tanto a los responsables de gestionar la crisis como a la conducta de la ciudadanía. Entiendo que la compara con la infantilización de aquellos animales que fueron domesticados por los humanos, para usarlos a conveniencia, y nadie como él, conoce... nuestra «evolución» desde la caverna.

Una campaña en que los adultos, hemos recelado y-o temido por la salud; muchos la perdieron, y muchos más, su inseparable compañía: el ánimo. La peor parte, para quienes se han ido sin despedida; muchos, antes de tiempo por falta de medios y «errores» de protocolo médico por acción y omisión... Corresponde evaluar a la siempre callada –por corporativizada– clase médica.

Un confinamiento selectivo hubiera evitado muchas muertes, y permitido no interrumpir la actividad laboral, vida social y servicios. Existiendo aplicaciones informáticas para tener al instante el historial médico de todos los ciudadanos, ¿porqué en enero no se hizo uso de ellas y del teléfono, llamando a confinarse solo personas con factor de riesgo, y atender a domicilio evitando la iatrogenia y colapso hospitalarios, y el caos sanitario conocido? Esa «negligencia» exige reparación a los damnificados, siendo la mejor, reconocer que en este fatal confinamiento se han obedecido pautas ajenas al interés general de la nación.

El bombardeo mediático ha causado tal estrago en la salud psicoemocional de la población, que hace sospechar un programa conductista de domesticación social a través del, miedo a contagiarnos, enfermar, morir, sufrir, perder seres queridos, el trabajo, ahorros, vivienda y la confianza en sí mismo. Son muchos asegurando que, la acción inmunodepresora de los medios junto a la vacuna de la gripe estacional han sido grandes coadyuvantes en las muertes por covid-19

Al igual que los pasos finitos en nuestra evolución quedan atrás, para este, ya se van cerrando pasos que han ocupado el tiempo de arranque, elucubrando sobre: quién, dónde, cómo, porqué. Y aunque pretendan mantener el foco ahí, a través de la redes y así desviar la atención en lo que de verdad importa y transciende, ahora procede saber: ¿para qué?... ¿con que intención?

Que diferente todo, si ya desde la escuela educaran en el cuidado de la salud inmunitaria, con base en la alimentación natural y complementos silvestres. La tragedia, verdadera, que vive hoy la humanidad, es la pandemia de obediencia ciega, hipnosis colectiva y universo de pánico e hipocondríaco generados en la población adulta.

Miedo como arma dominante a través de una dictadura mediático-científica en funciones monográficas obsesivas-compulsivas-invasivas, hasta lo enfermizo, con la mentira como su herramienta y el pánico colectivo como su objetivo.

A corto plazo, mayores repercusiones en los niños, al verse forzados a moverse entre sus y a relacionarse con sus compañeros en base a un código «viario», con señales de estacionamiento, de distancia para adelantamiento, de cambio de sentido de circulación, señales sonoras para evitar atascos en el recreo, luminosas para evitar embotellamientos a la salida de la ikastola, de uno en uno y los mayores atrás como en la mili... y no es paranoia.

Todo ello asumido con la mayor naturalidad por unos padres colaborativos y un colectivo docente en labores de agentes del nuevo orden relacional, en aras a evitar una catástrofe pandémica cuando la pudieran estar generando mayor, al olvidar que la escuela no es un lugar donde aprender sino para aprender juntos

Si en la primera década de este siglo, la expresión que hacia ver estar al día en autores de libros de autoayuda era: inteligencia emocional, para está, y entre los que no queremos volver a la «normalidad» que existía, y sí crear nuevos paradigmas convivenciales, sea inteligencia relacional, ya que la emoción que surje cuando se integra lo plural con naturalidad a favor de la igualdad de oportunidades, la sociedad se vuelve inteligente... y por ahí debemos empezar.

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