Antonio Alvarez-Solís

La mesa

Todo vale mientras la «mesa» no sea envenenada con relatos falsificados o con arriendos históricos que oscurecen toda concordia

Rueda por los periódicos españoles una frase que me lleva a pensar repetidamente en la posible insustancialidad del lenguaje político que usan algunos nacionalistas catalanes y vascos en cuyo nacionalismo «bonae fidei» creo «secundum modo» y en cuya eficacia no creo «rebus sic stantibus»: «Hemos de aprovechar la ocasión de sentar en una mesa al gobierno de España», dicen los ingenuos circunstancialistas del nacionalismo con la mira puesta en el desequilibrio político del Sr. Sánchez ¿Dicen eso seguros de sí mismos? Quiero creer que sí ¿Sentar ante una misma mesa al cerril centralismo es una forma de triunfo?

Evidentemente, no.

En primer término de este comentario he de aclarar por qué recurro a latines más o menos finos en la redacción de este papel en vez de expresarme en castellano derecho, que es mi lengua natal.

«Secundum modo» es expresión que usábamos en mi tiempo los estudiantes de «Derecho Romano» para expresar eficazmente cuestiones referentes al dominio en su forma de propiedad o de posesión. Hoy recurro a ese latinajo porque el español ha quedado hecho unos zorros en la boca de la mayor parte de los políticos que intervienen en los debates parlamentarios de Madrid o en las declaraciones a una prensa también «secundum modo».

En cuanto al logon «rebus sic stantibus» no significa otra cosa que la aclaración de cómo está o se desenvuelve la realidad en un determinado momento en que las «cosas son o están así». Hablar de la política española acerca de su contenido de verdad demanda clavar en el aire su verdadero significado con las modestas chinchetas del «Derecho Romano». ¿Y qué aclarar de la «bonae fidei»? ¡Ah, la buena fe…!

Acepte el lector lo dicho no como una soberbia lingüística, pues vale bien poco, sino como forma de evitar pringarme las manos en el maltratado osario que es hoy el castellano según la advertencia hecha por un periodista fabricado en la Villa y Corte, que afirma, poco más o menos, que la paz mundial se beneficiaría si todos nos entendiéramos en inglés, como hacen los informáticos de la inteligencia artificial, sin tener en cuenta que en verdadero inglés se han convocado los referendos escoceses o irlandeses, la negociaciones para la libertad de las colonias y, ahora, nada menos que el Brexit ¿Si hablásemos inglés se podrían usar tales instrumentos indicados? Acerca de este punto he de advertir de pasada que opino lo mismo que el alcalde de Bimenes, Aitor García, pueblo de mi tierra de nacencia –tenido por la Pequeña Rusia– que requiere el retorno a la legalidad del desmantelado bable en «les Asturies» para recobrar alma, que es de lo que no queda brizna ni natural ni artificial en nuestra existencia.

Y ahora, traspuesto este proemio, volvamos al tema de la «mesa» a la que algunos nacionalistas deseosos de marcha dicen que hay que sentar al gobierno de Madrid.

Pues, ¡quién ha visto que los gobiernos de Madrid acudan a mesa alguna para compartir vianda si no es con la intención de llevarse hasta los cubiertos! Es más, si esa mesa ha de ponerse en Catalunya o Euskadi mírense los tales nacionalistas con que verbo acuden en la faltriquera, pues siempre habrá una Alvarez de Toledo que advierta de la infección que sufren a perpetuidad casi todos los vascos o los catalanes, aún después la muerte del Invicto y sus herederos, de cuyos excesos patrióticos ha de recordarse que fueron de tal rectitud que merecieron el Palio sobre sus cabezas. En pro de la normalización política española la Sra. Alvarez de Toledo ha declarado solemnemente que «cuando ETA mataba era un momento terrible…, pero el momento político actual es más difícil que el que se vivía entonces». Es decir, que si establecemos las relaciones correctas para extraer el resultado de tan aguda ecuación histórica se concluye sin duda alguna que lo que sobran en Euskadi son los vascos, con lo que creo que la famosa «mesa» puede convertirse en una guillotina exquisita.

A mí este mecanismo mental de los afinados españoles me recuerda el que gobernaba al perro del hortelano, comedia del inquisidor Lópe de Vega --gran perseguidor, por cierto, de don Miguel de Cervantes--, en que se escenifica el amor imposible entre Teodoro y Marcela porque un tercero se interpone y ni come ni deja comer, como acontecía al can que vigilaba la huerta de su amo y que, como es natural, rechazaba la coles para su alimento, pero impedía que gente ajena las robase. Creo recordar que tal era el argumento de la comedia, aunque yo nunca seguí al múltiple autor por no ser de mi agrado los versos fáciles de su repertorio teatral.

Como saben mis lectores, aunque no sé si tengo más de siete, estas españoladas de trocear la historia y reservar ciertos tajos en el «frigidaire», me apartan el deseo de ser español, a la que tanto me empuja mi herencia genética que ni siquiera es española, ya que astures, cántabros de «illo témpore» y vascos de de Pamplona para arriba –hasta la Gascuña– nunca fueron de espíritu español, como sucede también con los catalanes, crecidos bajo el cálido cielo provenzal, lengua incluida.

Conste que quien firma este papel es aficionado a la buena mesa, como confirma su abundante, aunque humilde, literatura gastronómica. Pero en las mesas que yo cultivé con afición cálida jamás nadie se sentó para inventar razones excluyentes sino para sostenerlas, debatirlas y confirmarlas al regusto de un buen rioja ya alavés o castellano, de cuyas viñas del Duero hago también culto muy piadoso. Todo vale mientras la «mesa» no sea envenenada con relatos falsificados o con arriendos históricos que oscurecen toda concordia. De cualquier forma ¿no hay modo de que la política española se haga con limpieza y claridad de cara al pueblo?

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