La reforma laboral de Milei: un ataque frontal a la clase trabajadora y una llamada a la solidaridad internacional
La semana pasada se publicaba un artículo de opinión de la asociación sindical Solidari: "Una mirada al mundo del trabajo... sin mirar a quien trabaja", se titulaba. Pues bien, parecía ese título un presagio de lo recién ocurrido en Argentina, donde se acaba de promulgar una reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei (sí, el de la motosierra, amigo de Trump, de Ayuso y de Abascal) que ni es una modernización ni una actualización normativa. Es, lisa y llanamente, un retroceso histórico que coloca a la clase trabajadora argentina en una situación de vulnerabilidad inédita desde hace décadas. Abaratar el despido, permitir jornadas de hasta 12 horas y debilitar la negociación colectiva no son medidas técnicas: son decisiones políticas que buscan desequilibrar la balanza a favor del capital y en detrimento de quienes sostienen el país con su trabajo. Se trata de abaratar a toda costa el tiempo de trabajo, la sangre, sudor y lágrimas de quienes tienen en su puesto de trabajo su único medio de vida.
Aquí ya conocemos algo muy parecido. Y no hace tanto tiempo. Fue Rajoy (el del IVA y las chuches, sí) quien, no pudiendo acudir a la devaluación de la moneda (como otros «próceres» estatales hicieron con anterioridad) abarató a toda costa la fuerza de trabajo mediante su reforma laboral, aquella que convirtió el Estatuto de los Trabajadores en una herramienta empresarial.
Y, cuando una parte pierde, la otra parte gana. Las empresas están aplaudiendo esas medidas con las orejas: cuando despedir es barato, la arbitrariedad empresarial se convierte en norma; cuando la jornada se estira hasta límites que recuerdan al siglo XIX, la salud y la vida de las personas trabajadoras se vuelven moneda de cambio; cuando se debilita la negociación colectiva, se desarma a los sindicatos para que cada persona trabajadora enfrente solo a su empleador. Nada de esto tiene que ver con libertad; tiene que ver con desprotección.
Las movilizaciones masivas en Argentina no son un gesto aislado. Son la expresión de quienes reconocen el peligro de una reforma diseñada para beneficiar a una minoría empresarial a costa de la mayoría social.
Y esa lucha, aunque se dé al otro lado del océano, también es conocida en nuestro entorno, donde quienes trabajamos a cambio de un salario conocemos bien lo que significa enfrentarse a reformas laborales que recortan derechos y precarizan la vida. La memoria de esas luchas, en toda su extensión, debe permanecer viva en los centros de trabajo y en las calles: nadie nos ha regalado nada; los derechos que disfrutamos han sido conseguidos con años de lucha de quienes nos han precedido, de nuestras madres y padres, abuelas y abuelos.
La ofensiva contra los derechos laborales en Argentina no es un asunto lejano. La solidaridad de todas las personas trabajadoras, allá donde nos encontremos, con las trabajadoras y trabajadores argentinos nace de una conciencia compartida: cuando se ataca a la clase trabajadora en cualquier parte del mundo, se está poniendo a prueba la capacidad de resistencia de todas.
La solidaridad internacionalista no debe ser un gesto simbólico. Apoyar la lucha de las compañeras y compañeros argentinos significa defender un modelo de sociedad basado en la dignidad, no en la precariedad ni en la sumisión individual; en la justicia social, no en la ley del más fuerte.
Los derechos laborales pueden heredarse, pero también se conquistan y se defienden. Y, en un mundo globalizado, las ofensivas neoliberales se replican de país en país. Lo que hoy se intenta imponer en Argentina puede ser mañana la excusa para nuevas regresiones en Europa. Por eso la solidaridad no es solo un acto de empatía, sino de autodefensa colectiva. La solidaridad no es un eslogan: la red que se teje con ella es la herramienta que nos debe permite resistir hoy y conquistar derechos mañana.
Nuestra solidaridad y cariño más cercano con quienes, en Argentina, defienden su dignidad y derechos.
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