Javier Amado

La transición energética y Euskal Herria en los tetrabrik

Recientemente, leí en NAIZ un análisis que trataba el concepto del paisaje y que emplazaba al lector a reconsiderarlo. Señalaba el ejemplo de los envases tetrabrik de leche en Dinamarca, en los cuales aparecen normalizados placas solares y molinos de viento.

El articulista me hizo pensar sobre qué entendemos por Euskal Herria, y qué nos viene a la mente sobre esta idea implícitamente adherida a un término territorial y cultural. La columna vertebral de esa identidad compartida no es otra que el euskara. La raíz euskal es la que da sentido y aglutina todos los pilares identitarios que sostienen nuestro pequeño país. Palabras como euskalduna (euskaraz dakiena) o Euskal Herria (el territorio del euskara) dan fe de ello.

Todos los pilares de nuestra identidad, como euskaldunes y progresistas, están siendo amenazados por ataques reales y por un torrente de amenazantes distopías. Una de esas alarmantes realidades nos muestra el mundo sometido a un profundo y acelerado cambio climático, el cual es necesario abordar con múltiples y decididas acciones locales y globales, siendo quizá la más controvertida la transición energética. Aquí no somos ajenos a esa realidad y se está suscitando un debate muy interesante sobre territorio y paisaje, partes matriciales de nuestra propia identidad.

Ambos términos van inexorablemente unidos, pero con una concepción quizás un tanto diferente. Mientras que el concepto de Territorio lo podemos considerar más o menos claro en el caso de Euskal Herria, el concepto de paisaje se podría considerar como el resultado visible de la interacción de elementos y factores naturales y/o humanos a lo largo del tiempo. Y es ahí cuando entra en juego la subjetividad, pudiendo considerar al paisaje en función de quién lo analiza, de dónde y desde dónde lo hace, de cuándo y de cómo lo valora. En función de qué fuerzas condicionan esa subjetividad.

En las respuestas del Gobierno Vasco a las más de 4.000 alegaciones al Plan Territorial Sectorial de Energías Renovables, la subjetividad en la consideración del paisaje quedó más que patente, pues el Gobierno Vasco señaló lo siguiente: «En este sentido, el paisaje, con ser un valor ambiental importante, es de tipo perceptivo y, por tanto, subjetivo, y no afecta directamente a las condiciones biológicas de la vida o la salud humana, ni de ninguno de los seres vivos».

«Aun así, no se niega la variación de la calidad del paisaje resultante de la implantación de estas instalaciones; ahora bien, ello depende de la interpretación que haga el espectador de su presencia, por lo que la afección paisajística no tiene por qué ser, necesariamente, negativa, en cuanto a pérdida absoluta de la calidad del paisaje».

En otras palabras, los vecinos afectados directamente por las macroplantas fotovoltaicas proyectadas por Solaria, podrían considerar que la afección paisajística que suponen dichas macroplantas altera gravemente su concepción del paisaje y, por ende, su propia identidad colectiva. Pero por desgracia para ellos, y gracias a la «magia» de la subjetividad y la realidad del despotismo corporativo y sus aliados institucionales, para esos otros observadores «más distantes de su realidad», esas mismas macroplantas podrían ser consideradas como una gran proeza y una contribución «sine qua non» en aras de la transición energética. Queda claro, pues, que la subjetividad del paisaje se plantea como una gran dicotomía, creando dos realidades paralelas y con argumentos totalmente válidos en ambos casos. En la actualidad, el paisaje no es considerado un valor objetivable regulado en la ordenación del territorio, o los conceptos reguladores como las «cuencas visuales» definidos en nuestra normativa son despreciados y, por ende, la administración permite que la identidad colectiva quede al albur de intereses corporativos.

Sería objetivo decir que la concepción territorial de Euskal Herria la conforman ciertos valores compartidos por un grupo humano (léase, euskaldunes) que generan una identidad común. Y también sería objetivo decir que esta percepción territorial va fuertemente unida a una concepción paisajística, condición «sine qua non» para entender a nuestro país como lo que es a día de hoy. Está claro que la desregulación de nuestros montes, su monocultivo y desprecio paisajístico, son una muestra clara de que, para algunos, la identidad es otra cosa, pero mayormente, nuestras montañas, ríos, valles, praderas, sembrados..., inspiran y evocan una identidad común y compartida de Euskal Herria. Y en este sentido, ¿acaso concebiríamos nuestro país con más de 700 aerogeneradores de 200 metros de altura copando todas y cada una de nuestras cimas?; ¿nos identificaríamos con nuestros valles y llanadas inundados por más de 9.000 hectáreas de placas fotovoltaicas? ¿No estaríamos alterando gravemente nuestra percepción paisajística y con ello nuestra propia identidad territorial? Contestando a estas preguntas y remitiéndonos al principio de la subjetividad en la percepción paisajística, la respuesta sería que... dependerá de quién sea el observador y de su propio criterio y percepción del paisaje.

Supongamos que este mismo criterio lo aplicáramos a la percepción de las lenguas, lo cual también podría llegar a ser subjetivo para ciertas personas. ¿Entenderíamos entonces Euskal Herria sin el euskara? Algunos sin duda lo hacen. ¿O tal vez el euskara es una condición «sine qua non» de Euskal Herria? Creo que evidentemente, lo es.

Mientras nuestro pequeño país no marque dónde están los límites de la subjetividad en la interpretación de los pilares que conforman nuestra identidad colectiva, mientras no se regule al respecto y se pueda evitar que otros lo hagan por nosotros (aquí y en Madrid) amenazando nuestro propio ser, mientras deleguemos en desaprensivos el necesario equilibrio entre la interpretación interesada o corporativa y la realidad compartida, mientras ciertos intereses espurios se intenten imponer a base de mantras disfrazados de la necesaria transición energética... posiblemente podamos contribuir modestamente a salvar nuestro planeta del caos medioambiental, pero pagaremos el precio de esa subjetividad del «sine qua non», perderemos para siempre nuestra identidad y no habrá tetrabrik de estética «eco» que la recomponga.


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