Neus Crous-Costa
Doctora en Turismo por la Universidad de Girona y estudiante del Máster en Filosofía: Ciencia, Sociedad y Tecnología en la UPV/EHU. Afiliada al Observatorio de Sostenibilidad (Madrid) y a REVO-Prosperidad Sostenible (Barcelona)

La vida en el centro. El turismo como herramienta

El turismo se ha naturalizado como una vía para el desarrollo territorial. Sin embargo, esta asociación no es ni natural ni inevitable, aunque en las últimas décadas se ha presentado con frecuencia como si lo fuera. El turismo puede generar inversión y empleo, pero también puede reducir la vivienda disponible, expulsar a la población residente, aumentar la dependencia de determinadas actividades económicas y ejercer una presión creciente sobre los recursos. Además, muchos de estos impactos negativos quedan fuera de los indicadores con los que se evalúa el éxito de una política turística. Así, el desarrollo turístico no equivale necesariamente a desarrollo territorial. La pregunta, por tanto, no debe reducirse a cuánto crece el turismo, sino con qué objetivos se produce, a quién beneficia y cuáles son sus costes. 

En la segunda mitad del siglo XIX se emprendieron las primeras acciones de planificación política y profesionalización de la organización del viaje. Así, empezaron a crearse en Europa Occidental los sindicatos de iniciativa y turismo, el equivalente a las actuales DMO (Destination Marketing Organisation –organización de promoción del destino turístico–). En 1896 se creó la primera de estas agrupaciones en el Estado español: la Sociedad Propagandista del Clima de Málaga. Se trataba de una iniciativa municipal ideada para paliar una crisis sobrevenida en la provincia, convirtiendo a la ciudad en una estación invernal, primero para visitantes nacionales y, luego, para los extranjeros. Se trató, pues, de una iniciativa para generar ingresos a través de la organización de una infraestructura de alojamiento, restauración, actividades y propaganda en el que el atractivo principal era el clima. 

En los años siguientes empezaron a aparecer organizaciones similares. En 1908 se creó la Sociedad de Atracción de Forasteros de Barcelona, integrada por el alcalde de la ciudad y participada por personas destacadas del ámbito de la cultura como el arquitecto Puig i Cadafalch. En este caso se trabajaba por presentar al mundo una Barcelona (y, por extensión, Catalunya) puntera en cuestiones de industria y tecnología, al mismo tiempo que albergaba una gran cantidad de lugares de cultura de primer nivel. Una red de delegados por todo el mundo posibilitó que esta imagen fuera afianzándose en todos los continentes. Detrás de la propaganda turística había una clara idea de creación de imagen de un país en base a la modernidad y la cultura, en paralelo al desarrollo de estaciones de baño y hoteles de diversas categorías en la costa. 

En esa misma época, el gobierno empezó a plantearse la organización turística como una cuestión de Estado, muy ligada a la figura del marqués de la Vega Inclán. En 1911 se creó la Comisaría Regia de Turismo, que formaba parte de una espiral regeneracionista para salir de la «decadencia española» después del Desastre del 98, en la que también se incluían, entre otras iniciativas, el primer Congreso de Turismo (1908), la creación de la Casa del Greco (1910), la rehabilitación de cascos históricos, la declaración de los primeros Parques Naturales (1918), el Patronato Nacional de Turismo (1928) y los Paradores Nacionales de Turismo (1928). 

Vemos que la organización política y empresarial del turismo nunca tuvo una finalidad única. Málaga necesitaba generar ingresos, Barcelona quería proyectar una imagen de ciudad y el Estado español quería regenerar la imagen del país. Tristemente, no podemos calibrar cómo habría evolucionado cada uno de los distintos modelos, ya que el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 alteró radicalmente el marco político. 

El bando sublevado también utilizó el turismo internacional como arma propagandística con las llamadas rutas de guerra, a través de las cuales se invitaba a personas extranjeras a ver con sus propios ojos las mejoras en la vida cotidiana que aportaba haber sido liberados del gobierno legítimo de la república. En Euskadi se visitaban lugares como el Cinturón de Hierro alrededor de Bilbao y lo que los bombardeos habían dejado de Gernika. Los turistas debían seguir al pie de la letra instrucciones precisas que incluían indicaciones como cargar solamente un equipaje ligero o no utilizar mapas (solamente el folleto que proporcionaban los agentes de turismo). Este episodio muestra que el turismo no es una actividad neutral, sino que se utiliza para construir y proyectar una determinada idea de territorio y de país. 

Establecida ya la dictadura, el turismo receptivo se desarrollaría en base a una idea de país unificada: obtener divisas (gracias a los desarrollos en el litoral y a la devaluación de la peseta) y a presentar una imagen cultural basada en el tipismo y un patrimonio cultural seleccionado, afín a los valores del Régimen Franquista. Se desarrollan los grandes centros de turismo veraniego en el litoral, como Benidorm, que ha pasado a la historia no solamente por ser un destino turístico masificado, sino también altamente planificado. 

La transición democrática en España coincide con una progresiva diversificación de las motivaciones de los visitantes internacionales: junto al sol y playa, ganan peso las actividades vinculadas con la cultura, la naturaleza y el deporte, por ejemplo. Aquí cabe el análisis de fenómenos como el efecto Guggenheim, el Año Gaudí o el Camino de Santiago. Cambia el producto y sus formas de comercialización, pero persiste la lógica de fondo, basada en el crecimiento de los flujos turísticos y que presta muy poca atención a la distribución de costes y beneficios. Mientras tanto, poblaciones, sobre todo litorales, deben seguir soportando grandes variaciones estacionales de población para las que sus infraestructuras básicas no están dimensionadas. A principios de los años 90 existían ya estudios que alertaban de la sobrecarga en los servicios que ocasionaba esta situación, además de la falta de planificación espacial. 

Esta situación se extendió con rapidez a los entornos urbanos, combinándose con otras problemáticas, especialmente con la especulación inmobiliaria. Venecia, Donostia, Barcelona y prácticamente cualquier capital se han convertido en ejemplos paradigmáticos de esta situación, que ahoga la vida cotidiana. Paradójicamente, el «estilo de vida local» se menciona a menudo como uno de los principales atractivos en las encuestas, y existen muchos programas de la Organización Mundial del Turismo (y otras organizaciones nacionales y subnacionales) cuyo objetivo declarado es proteger los estilos de vida locales a través de los beneficios (económicos repartidos de forma justa) que proporcionan los flujos turísticos. 

A pesar de que entre finales del siglo XX y los primeros años del presente existían investigaciones que advertían de sus impactos, por lo general el turismo continuó presentándose como una actividad cuyos beneficios económicos eclipsaban los costes territoriales. Desde luego, en comparación con la erosión y la contaminación causadas por los paisajes industriales, potenciar la industria del viaje ofrecía la posibilidad de combinar la creación de puestos de trabajo para la población local (y, en general, el progreso económico infinito) con la preservación de la identidad local, los elementos culturales y el patrimonio natural. En este sentido, AlbaSud señaló cómo el modelo litoral español se había trasladado y ampliado en el Caribe, actuando como un tentáculo más de las redes coloniales. 

Actualmente, tanto la prensa como la investigación académica evidencian diariamente que el desarrollo turístico no es inocuo para las sociedades y los territorios receptivos. La pérdida de terrenos agrícolas o salvajes para usos residenciales o de ocio, la escasez de agua para la población local, los ruidos y la contaminación derivados de la expansión de puertos y aeropuertos, la pérdida de comercio local y el agravamiento de la crisis inmobiliaria son una realidad persistente en muchos lugares del mundo. La desposesión vinculada (también) al turismo ya no es algo exclusivo del llamado Tercer Mundo, sino que se ha establecido en los estados del bienestar europeos. 

Como veíamos al inicio de este texto, la planificación turística puede obedecer a distintos objetivos que no están inevitablemente vinculados a la lógica del crecimiento infinito. Comprender esto a tiempo marcará las posibilidades presentes y de futuro del territorio en cuestión. Si bien la historia del turismo es un campo de investigación muy reciente, hay lecciones que parecen claras. El desarrollo económico no es el único objetivo posible, quizás ni siquiera deba ser el principal, y la población local no es turismofóbica por definición, sino que cuando la infraestructura turística sirve a los intereses populares puede, incluso, defenderla. Cuando se sopesa el turismo como una de las opciones para sostener la calidad de vida para la población en un territorio deberíamos considerar qué se pretende resolver y para quién, preguntas básicas de cualquier paradigma regenerativo. 


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