José Félix Azurmendi
Periodista

Los chicos de Rusia

Hace unos días leíamos aquí la entrevista con Carol Díaz que explicaba la operación de la CIA, con la colaboración franquista, para interrogar y obtener información de «los niños de guerra» que regresaban de la Unión Soviética, donde habían estado acogidos durante una veintena de años. Se trataba de sumar datos, observaciones y vivencias individuales para deducir información de interés estratégico. En el interés del MI5 británico que les había precedido en la labor, se trataba también, con la colaboración indispensable de la Delegación del Gobierno Vasco de Londres, de detectar entre ellos eventuales espías camuflados.

Es 1955 un año clave de la Guerra Fría, es el año en el que Irujo inicia la relación con Eugene Beith, destacado agente del MI5, hijo de un ingeniero de la Orconera de Luchana que ha vivido su juventud en Euskadi, una relación que durará décadas y tendrá su último servicio en la contratación de los instructores de los Berroci. En esa primera reunión, el agente manifiesta que necesita conocer con detalle cuanto afecta a los comunistas. Empieza pidiendo la lista de las direcciones que la Delegación Vasca tiene de Rusia –los de la Delegación nunca se refieren a ella como Unión Soviética− y de sus contactos en España. Puesto que la relación se pretende estable, van a necesitar el servicio de un «corresponsal»: se tendrán que conformar con el del funcionario de la Delegación Jesús Hickman Urrutia, porque ni el mundaqués Gondra ni el artista Alberdi, preferidos de los ingleses, están por la labor. Manuel Irujo, acusado en más de una ocasión de actuar excesivamente por libre, en esta ocasión se asegura la aprobación, no sin reservas, del lendakari Aguirre. Como contó Uzturre, el navarro estaba convencido de que la política general del mundo la dirigirían los ingleses, «no los burros de los dólares», pero no era esa la opinión de Aguirre, decididamente proamericano.

La operación echa a andar. Irujo hace llegar al presidente del Gobierno Vasco una copia de la relación de direcciones que Hickman ha entregado al MI5, añadiendo estar seguro de que las marcadas con punto rojo son comunistas, y las restantes, socialistas. «Los dos chicos en Rusia señalados con aspa roja a la izquierda son los que más valen, escriben bien», ha puntualizado el funcionario de la Delegación. Lo sabe, porque viola la correspondencia que reciben de Rusia para hacerla llegar a sus familias en Euskadi. Irujo le sugiere a Aguirre la conveniencia de que «nuestros Servicios» (los que dirige Pepe Mitxelena) los investiguen. Los del punto rojo− apunta− «coinciden en las direcciones de Sestao y Rentería». Beith les informa a su vez que los falangistas españoles de Londres conocen la relación epistolar que «los chicos que están en Rusia mantienen con sus familias a través de la Delegación Vasca de Londres». Otro ejemplo: «hoy tengo a la vista una carta de Julián Pericacho, escrita a su madre Arcadia Badas (Vista Alegre, La Unión nº 13, Sestao). Le pide que se vaya a Rusia. Para hacer el viaje, Arcadia deberá dirigirse a Bélgica, donde le arreglarían la documentación. Eso quiere decir que los rusos deben tener en Bélgica alguna base de operaciones. Tal vez conviniera vigilar eso». La violación de correspondencia no les merece el menor comentario.

Beith visita la Delegación Vasca a mediados de marzo de 1955. Opina que las últimas cartas de Rusia y de España son interesantes, y pide se las envíen directamente a él, sin abrirlas: sabe cómo tratarlas sin dejar rastro. En esta visita solicita información y afiliación actual de Fernando Pérdigo, nacido en Bilbao el 2 de febrero de 1925. Llegó a la Gran Bretaña en agosto de 1953 y trabajó primero en la Legación de El Salvador y más tarde, como telefonista en la Embajada de Argentina. Desde julio de 1954 viene trabajando en el Edguere General Hospital, en calidad de ordenanza. Sospechan que Pérdigo tiene o ha tenido simpatías para con el movimiento comunista internacional. El caso le merece a Irujo, tal vez por su condición de clérigo, una atención muy especial. Le comenta al lendakari que fue recomendado a la Delegación por el sacerdote Gregorio Yurre; que vivió una temporada con los auxilios económicos que le facilitaron (27 libras), que las devolvió en varias porciones cuando trabajó. La información entre los dos hombres más importantes del exilio vasco aterriza en el chisme: «Tres chicas vascas que coincidieron con él en la Legación de El Salvador decían de él que le gustaban las alemanas». Habla inglés, se hace entender en alemán. En la búsqueda de pistas, Irujo añade que manifestó en la Delegación que tenía relaciones con un médico afecto a los movimientos de paz, que daba conferencias, comunistas, y que, si estuviera en Londres en aquel momento, no se le perdería la plaza del hospital y, en efecto, en el hospital está. Hickman colabora en la pormenorizada ficha de Pérdigo añadiendo que a él le parece que le falta un tornillo.

Finalizando 1971, Beith le hace saber a Irujo que acaba de morir su madre a los 89 años, que vivió en Bilbao, que piensa retirarse pronto, aunque no piensa «cortar la cuerda umbilical a mi actual trabajo». «Seguiré a su disposición, y tal vez mejor para ser útil», le dice. Hasta que murió en 1966, fue Hickman el «corresponsal». En este tiempo, lo es Alberto Elosegui, recién llegado de Caracas. Le echará de menos, cuando decide regresar a Euskadi. El espía inglés que se sentía muy vasco y llegó a contar con un Igarobide (pasaporte vasco) que gestionó Irujo, inicia planes para retirarse a Algorta con su esposa. En eso está cuando fallece. El senador del PNV Mitxel Unzueta le hace la necrológica en "Deia" el 11 de enero de 1999 y lo retrata como un espía de película, un «hermano gemelo de Alec Guinness». Fueron los niños de la guerra los que le unieron en 1955 a Manuel Irujo, y solo la muerte los separó. El navarro, que lo escribía todo, lo contó todo en sus cartas. Con mucho menos se hacen emocionante guiones de cine, libros, ensayos.

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