Jose Mari Esparza Zabalegi
Editor

Los de UPN la tienen chiquita

La navarridad se entiende. En otras mensuras quizá sean más aparatosos, pero a pesar de su alargado “Navarrrísimo” electoral, lo cierto es que apenas se les ve. Y del mismo tamaño la tienen el resto de adscritos al régimen.

La razón de su pequeñez radica en que ellos mismos se automutilan. Los psicólogos lo definen como auto-odio étnico: una aversión a su propia raza o nacionalidad, un deseo irrefrenable de distanciarse de su identidad. Los expertos explican que el auto-odio étnico es lo que hace que en Sudáfrica una de cada tres mujeres negras blanqueen su piel con mil potingues. En Navarra, un porcentaje similar se esfuerza en quitarse de encima todo barniz que lo vincule a su identidad primigenia. Y cada día pintan un trozo de su ser para no parecerse en nada a sus hermanos, a la madre que les parió, al solar patrio. Autofobia, le dicen. Al mismo tiempo van intentando vestir, con ropas y rasgos extraños, un nuevo imaginario, un espantapájaros al que llaman prototipo navarro, especie de Michael Jackson vestido de pamplonica; una foralidad sin fueros; una tortilla sin huevos.

Los navarros se asomaron a la Historia llamándose vascones; siempre presumieron de ser los indómitos hijos de Tubal, que les trajo la lengua. Hoy día la palabra vascón está proscrita en museos, yacimientos arqueológicos o libros de historia. Iberos, celtas, romanos, lo que se quiera, pero ¿vascones? ¿Sancho III señor de los vascos? ¡Lacarra no pudo escribir eso!

Se atragantan con los clásicos navarros, no los leen. La memoria, cuanto más chiquita, mejor. Lo de la lengua es fobia irrefrenable: es más fácil encontrar un japonés aprendiendo la lengua navarrorum que un navarrrísimo. Eso sí, la llevan apegada como un chicle en los apellidos, en el paisaje y, apenas trepan por su genealogía, encuentran abuelas euskaldunas. Y sin embargo la ahogan, la niegan, la minimizan. Ellos sueñan con el British, como si vinieran de un espermatozoide de Shakespeare.

A los de UPN les encanta ser dominados. No sólo no les importa que Navarra fuera conquistada, sino que aplauden a sus invasores y delatan a sus paisanos indómitos, como esos indios “buenos” de las películas, que por un poco de whisky guían a los soldados blancos hasta los campamentos de sus hermanos de raza. La maldición de Malinche, le dicen en América. Es otro trastorno de personalidad: cuando una colectividad ha sido humillada hasta el extremo, unos generan rebeldía y martirio, y otros, más débiles, sometimiento, delación. El mariscal Pedro de Navarra, símbolo de nuestra libertad, no tiene un solo monumento oficial en Navarra, caso insólito entre los pueblos con un poco de autoestima.

Odian su pasado. Por eso destrozaron la capital vascona que enterraba la Plaza del Castillo. Por eso tiraron el Euskal Jai. Por eso no visitan Amaiur. Ni siquiera conocen la Baja Navarra y recortan siempre del mapa la Sexta Merindad. Ignoran los otros territorios que pertenecieron al Estado de Navarra. Quieren un territorio castrado, eunuco, chiquito.

Y claro, no pueden ir a casi ningún sitio, porque todo está contaminado: los Nafarroaren Eguna, los Nafarroa Oinez, las Korrikas, las fiestas de media Navarra, todo cuanto huela a euskaldun. Así es tan raro ver a uno de UPN en las cimas de nuestros montes, bailando danzas navarras o cantando nuestro rico cancionero indígena. Es cosa milagrosa que alguien de UPN sea txistulari o gaitero, que baile un aurresku, que vista de zanpantzar o que sea aizkolari. Odian el Olentzero porque es de aquí; adoran al Papá Noel porque es extranjero. Odian hasta la txapela de sus padres, y se la quitan a la Policía Foral para igualarlos a los munipas de Cáceres.

Dicen que les gusta la jota, pero también la quieren chiquita, roma. Al contrario del bertsolarismo, que fluye libre y desinhibido, quieren una jota fósil, pura letanía, donde se aplauda todo menos la espontaneidad, la crítica social, la heterodoxia, la copla reivindicativa y punzante de los antiguos joteros. El navarrrrísimo emascula todo lo genuino y popular, hasta “su” propia jota.

Dicen gustar de las tradiciones religiosas, pero van más al Pilar zaragozano que al santuario de Aralar. Les gusta más el Rocío que los coros de Santa Águeda. Y no les importa que delante de nuestras narices el Arzobispado haya inmatriculado todo el patrimonio de los pueblos, pura tradición hecha piedra. Y es que no aman lo público, lo comunal. Privatizarían hasta las calles. ¿Corte Inglés? pasen ustedes. ¿Mercadona?, los forasteros primero. ¿Primar el comercio local? ¡Qué estrechez de miras!

Toda decisión económica se supedita a esa fobia. La mayor parte del dial radiofónico esta entregado a empresas de Madrid. Y acabaremos viendo todas las televisiones del mundo salvo la más cercana y solicitada. Dejamos de recibir millones de ayudas por no integrarnos en una Euroregión con nuestros vecinos. Y en lugar de activar la centenaria Federación de Cajas Vasconavarras, las más solventes y cercanas, la unieron con las de Sevilla, Burgos y Canarias, vaciándole el alma y, de paso, los fondos. Los navarrristas son una rrruina.

¿Y los Fueros? Pequeñicos y a la mengua. Tienen la ley de 1841 como modelo, precisamente porque cercenó el magro de nuestras libertades. Lo mismo que la Constitución y el Amejoramiento, que nos convirtieron en una provincia más, como se viene demostrando día a día con los recursos de inconstitucionalidad. Ni siquiera sobre el auzolan pueden legislar los navarros sin permiso de Madrid. El poder fiscal de Navarra, originario y preconstitucional, es cosa del pasado. En cinco siglos de foralidad, jamás ha habido unas instituciones más serviles al centralismo. Amadeo Marco fue un león foral, comparado con estas gallinas.

Conclusión: los navarrrísimos y las navarrrísimas tienen la navarridad muy chiquita. Eso sí, para joder a Navarra son unos sementales.

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