Los dos miedos

España se debate secularmente entre dos tipos de miedo: el miedo a hablar, sobre todo con claridad,  y el miedo a oír, sobre todo con honestidad. El primero es muy propio de la izquierda que en su deriva cada vez más acusada hacia la invalidez es difusa y huidiza, siempre temerosa en sus cuadros dirigentes a perder núcleos de votantes que en realidad están anclados ya en el Sistema tras despojarse de todo aparato crítico que los lleve al cambio radical de su lamentable existencia. Núcleos que vaciados de toda dignidad de clase pretenden compensar su sometimiento a las minorías poderosas  mediante la utilización epidérmica de un baldío lenguaje izquierdizante con ínfulas de progresista. Esta orfandad ideológica hace que el discurso de la izquierda refugiada en la socialdemocracia sea, además de impreciso, torpemente contradictorio y se sirva de expresiones grotescas por insustanciales; un lenguaje pobremente utilitario que sirve de relleno inerte al inmenso vacío de ideas.

11/07/2016

El segundo miedo, el miedo a oír, califica a la derecha, que prefiere no enterarse de las heridas que produce a la clase trabajadora y ahora también a la agónica clase media con unas iniciativas aborrecibles por quienes las padecen, pero que se asientan finalmente en el corazón del país merced al repetido eco de que disponen y al poder institucional que las presenta como imprescindibles. Franco era un tortuoso usuario de esta truculenta sordera, convertida en tortura colectiva, como él mismo desveló cuando aconsejó a un visitante  vaporosamente crítico que no persistiera en sus observaciones y leyese más los periódicos del país. Este miedo a la comunicación verbal o escrita que define a la derecha, arropado siempre con supuestos avances sociales, es el que domina íntimamente a los dictadores. La crueldad del dictador y la benevolencia de muchos periodistas, algunos de pasado ilustre, con la dictadura del Sistema –por ejemplo, el soy políticamente «popular» de Iñaki Gabilondo, que empero rechaza a la vez en el PP su política de lo viejo, de lo asustado, una victoria de lo que no se atreve a mirar al futuro con los ojos abiertos–, tiene su raíz profunda en este miedo. Resultado del absurdo mecanismo: rechacemos lo que acontece, pero persistamos en la misma posición que produce esos antihumanos acontecimientos de la pobreza, del desempleo, de la legislación represiva… O lo que es igual, como dice el viejo refrán sobre lo imposible, repiquemos las campanas al tiempo que andamos en la procesión.

Estos dos miedos –el del mundo conservador o reaccionario y el del mundo llamémosle liberal o «progresista»– ya impidieron a España alzar en los siglos XVI y XVII un imperio dinámico, como hicieron ingleses y holandeses –y a los que objetamos, como no, el precio humano de la operación–, así como producir un pensamiento ilustrado en el siglo XVIII. La incapacidad para estructurar ese imperio de arranque, con sus consecuencias intelectuales, redujo a España, la España propiamente dicha, a una economía exhausta y servil a los intereses ajenos de los Habsburgo, primero, y de los Borbones después. Ambas familias entregaron siempre a España en prenda a soberanías ajenas y a banqueros borgoñones, holandeses, flamencos o florentinos. Las tierras españolas se despoblaron en guerras que no eran suyas, sometidas al silencio mortal ante la Corona, que destruyó todo brote de libertad y de inteligencia colectiva. Y en ello seguimos anclados substancialmente con ese ¡Viva España! exhalado cotidianamente desde la España muerta.

No sé realmente si es peor el miedo a hablar, a hablar claro, o el miedo a oír con sinceridad y voluntad de entendimiento en este país donde la libertad se convierte en trillo terco de la democracia. Es cierto, pese a todo, que el primero de los dos miedos, el miedo a hablar y disentir, es mantenido en el Sistema –conservadores más socialistas diversos– con algunas  mejoras ambiguas para impedir que  aflore el odio y el afán de derrocar el modelo capitalista que las masas siempre abrigan en el fondo del alma. Este modo de proceder por parte de los «sistémicos» da paso a una política preventiva de concesiones y chapuzas frecuentes que en definitiva empeoran la situación social y política con inventos embrollados  como el enrevesado y frívolo de la transversalidad, que no es más que un arco que, subespecie de aglutinante de fuerzas para la gobernación del Estado, siempre acaba cerrándose en el círculo de lo establecido y en la ruina de los que se dejan engañar creyendo en mejoras que son espuma de cerveza y fogata de virutas como he indicado otras veces. Subrayemos que los socialistas son asimismo verdaderos especialistas en estas trampas del decir nada, que además es un decir que se diluye de inmediato en la cáustica solución del silencio o de las contradicciones que la derecha explica por su parte desde el púlpito de su catedral sostenida por ángeles de piedra, como tránsito ineludible por una ingrata circunstancialidad que «acabará» en días de felicidad para los trabajadores que habitan sumisamente la racionalidad del pensamiento único.

Recapitulemos. Lo que en definitiva impulsa principalmente el desorden intelectual y moral en la política es el comportamiento cínico y jarifo de esa derecha que desde el silencio de las masas y encerrada a solas con su problema sin solución, –su riqueza como remedio general de la sociedad– ha destruido hasta la entraña, con ayuda de los socialistas, la escasa democracia que nos quedaba. Esa derecha que recurre a personajes como el presidente Hollande o su primer ministro, que han convertido a Francia en una traición a su brillante pasado revolucionario. Una derecha que en Bruselas permite a un oscuro personaje como Jean-Claude Juncker, decir ahora sobre el Brexit, desde su internacionalismo de los paraísos fiscales, que «los patriotas no dejan el barco cuando hay dificultades; los resplandecientes héroes del Brexit son hoy héroes afligidos».  La ironía, como muestra de sabiduría, no es cosa de luxemburgueses.

Como siempre, ¿qué hacer en esta representación del burlesque? Ante todo superar la aritmética parlamentaria y cambiarla por la matemática ideológica. No basta con hacer sumas y restas de escaños en el parlamento. Se trata de que la sociedad, no los selectos de los partidos como dijo el secretario general del PSOE, sepa lo que realmente se le ofrece desde los reductos partidarios y decida con voz audible desde su soberanía absoluta en la calle. Es decir, hay que proyectar luz ideológica y sonido sobre el problema del paro, el manejo del dinero, la distribución de la producción entre comunidades a fin de conseguir la igualdad de oportunidades, el mandato sobre guerra y paz, el control popular de las instituciones ejecutivas, la estructura de la propiedad en general y de los bienes naturales o estratégicos en particular, el acceso gratuito a la enseñanza o a una sanidad bien dotada, la ordenación presupuestaria según las necesidades sociales, el derecho básico a la libertad por parte de los pueblos, el control del comercio para evitar las formas monopolistas, la distribución mundial del trabajo… Todo esto debe calificar la verdadera justicia social, el derecho a la igualdad y la dignidad, la primacía de lo público sobre lo privado, que es secundario. Todo esto no se resuelve con la aritmética parlamentaria sino con la matemática ideológica que califica a un sistema por su capacidad de vida o lo condena por su producción de muerte. Y todo ello sólo puede lograrse con una plena voz pública.                  

Ultima hora política: hay quienes solicitan al PSOE la cesión de algunos diputados al PP para que pueda formar gobierno ¿Cómo han de elegirse esos diputados? ¿por su seria ideología o, según los negreros, por la calidad de sus testículos? Vamos ahora hacia la democracia biológica.

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