Imanol Osinaga

Memorias de un zombi Aletheiaico y Prometeico, aunque Zeus me esté pisando los talones

Soy plenamente consciente de que todo esto puede sonar a sincericidio y a amarillismo chivático barato...

Qué fue primero, ¿la causa o la culpa? Escucha pequeño hombrecito, indubitativamente no fue la del txatxatxa, fuiste tú anthropos de vitrina, bajo tu libre, voluntaria y autónoma responsabilidad.

El día que me invitaron a presupuestar la restauración de una de las fachadas del Cártel del Nogal –buatxabal, oxímoron de biblioteca, que tratar me trataron correctamente, todo hay que decirlo, pues al parecer, ya no sospechaban de mí, aunque nunca tuviera vocación ni de segurata de la polis ni de pilotillo parpadeante tuercebotas– me dio tanta grima que ya en casa no tuve más remedio que ducharme con hipoclorito de sodio rebajado con hidrometanol, y lavar la ropa y las chabatas en lavanderías del extrarradio, y, aun así, no se me ha ido todavía de mi memoria de elefante revenío el olor a exequias. Me vibró hasta el láser y no pude coger bien la medida, y por esto me lo denegaron, ufff, menos mal, que no sabía si detonarme in situ o cambiarle el tóner a la impresora Galindiana –que qué pena que se fuera a la gloria de Esñapa sin probar antes las pipas de Facundo. Que digo yo, que se me viene al pensamiento sin pensar ni naa, ¿no podrían dejar de incautarme y de quemarme ya las dos plantas que con tanto mimo cuidé durante todo el año y con las que mitigaría los dolores que me atacan a diario porque un virus no investigado, y que pasan de investigarlo, me condujo al lecho? Además, los ángeles de la beata de los madrugas –que se la guardan– flipan mucho con su morau y con el del cardenal Zancarrón, y que el desgraciado manco bicánido del barrio de Lepanto, que antes se lo hacía todo con una mano, se va a tener que ir al trópico, que no tiene de donde rascar, que se pasa tol día en el bar con el arca púbica y sin camello –pues hazte un cursillo de cómo abrir la primera página del libro gordo de Petete, txabalote. Aprovechen pues el color verde–tierra para hashpear su indumentaria recalcitrante y cambien también de paso la franja horizontal chillona e iterativa –el tricornio no que les va como el culo– que con una es suficiente. Que no saben lo que tienen, que iberia es anchota, altota y largota, pero de grande nada, y mucho menos libre, y una mina de culturas, paisajes y clímax que no dejan florecer. Que no la caguen otra vez, que ya vale de repetir lo mismo –es tan sencillo como que la historia la cuenta y la enseña quien la gana, y claro, vuelta a lo mismísimo, al reguetón como agathón. Se trata pues de llegar al púlpito tentacular y volver a hacer algo muy parecido a lo anterior, pues no puedo hacer otra cosa más que lo convencional –que legal lo es, pero una puta mierda también– porque pierdo los privilegios que hacen juego con el tono hormigón-pastelón de mi panteón. Que nadie se mueva coña...que para qué voy a desprenderme de mi parásito, que lo que hay ya lo es de por sí y me incomoda que no lo sea si ya lo es... ¿eh?

Como entidad Catodoanódica, Apostática y Marrana que soy, esto es, hereje de toda la vida de dios, he decidido irme de via crucis al perineo oriental, que me convalidan la PCR, a visitar las almas de los katharoi, a ver qué me cuentan los del Languedoc. Y aunque también hemofílica, paso de donar más globulillos a estas sabandijas, que a la Fermina la veo toda abducida y preocupada solamente por el que dirán, pero juzgando hasta el butanero porque no la entra, cuando debería hacerlo según las sangradas escrituras. Cuando me concedieron la manumisión en la prefectura de la Unidad de Morfeo, pude darme cuenta de que no debía conducir si quería llegar al Todo-Todo, pues el omnimangui me inmatricularía el utilitario, y, en consecuencia, que tampoco debería aparcarlo en medio de un cruce de clavos, porque luego podían faltar vidas, y esto sí que sería irremediable, aunque su pneuma perdurara en la de las demás. Hay si aquel coche no hubiera estado donde no tenía que estar... pues si procrastinas te llamaré cobarde, y aquí ya no valen determinismos ni esencias previas a existencias. No se trata pues de encartuchar tres pájaros de un soplo, sino de acariciarlos entre suspiros como Nietzsche al caballo maltratado. La tórtola de ayer me enseño como acurrucarse en el regazo del árbol, técnica que he comenzado a probar en el tresillo de mi choza. Que los fóbicos de lo externo no se olviden que de animales y arbustos «irracionales» hemos aprendido. Por ejemplo, cómo volar sin que te osties, cómo bailar en los tablaos flamencos, cómo luchar con tus propias armas en Myanmor, ya tu zabe, etc....consecuentemente, esto nos impide caer en la falacia absolutista con la que tan descaradamente se nos arrejuntacochina, improntada directamente en el infraconsciente desde pezqueñines ¿quién me asegura que tras el infinito no hay un súper Nada–Nada donde te llevas tres por uno de lo que quieras? Gracias a la vida que me ha dado tanto, lo mistérico y lo histérico son insobornables y por la relatividad del asunto, si por ahora no sabemos simultáneamente la posición ni el momento de la señorita x, porque a Mrlsk se la suele soplar de incógnito en su chalé de la moraleja lleno de rodilleras, pero claro, no sabemos cuándo. Y cómo no, desde hace lustros ilustres, a los ínclitos apasionados de los fusiles tuneados de asalto les angustia también lo desconocido y mantienen sus dedos atrapados con mortero a sus numerosos gatillazos por si hay que defender alguna estructura discreta.

Me hago un inciso y paro con el frenillo, para mear...a ver, vecina de Clara, alma de cántaro y diligente señora, sacuda usted el polvo en días de lluvia y viento, y no cuando hace sol, por el amor de su lavavajillas, que es cuando miro al cielo y me llena de homeomerías, piojos, spermatas y liendres asustadas del vacío; que me rarefacta a la niña de mis ojos y no veo ni ostias –ya he cogido hora con Alcmeón en Oseakedicha– y que si se los lleva Urio, de aquí, de la ciudad, de toda la vida, u Ombrío, de cerca de aquí también, disfrutarán de su injusto desahucio en esparcimiento parapéntico o aquaparquino, que así son para todos, no solamente para el menda. Que lo que todos queremos es querer primero y luego que nos quieran, que no hay mucho más, mujer de bien...

Añado también, como quien no quiere a la cosa, que mi viejo está más sordo que la Tapias con catarro y la Audiencia Nacional secándose los pelucones con un evaporador de gimnasio, y pasa tanto del sonotone como de casi todo lo demás, excepto de la botella metafísica del marianito, que la engulle como pajarraco al buche. Si continuo con mis pesquisas inductoras concluyo inevitablemente con el axioma: «siempre ha sido un virtuoso de la tocología ovárico-cojonera». Aunque déjenme exponerles el verdadero objeto de su actitud, una estrategia psicopedagógica en el límite de la paciencia, que cabe dividirla en tres estadios: Fase antialzheimer-Nieto, con el objeto de memorizar lo que se dice y hace; Fase anti Síncope, para que seamos conscientes de todo ello también; y Fase Boceras, para que se entere todo el mundo. Aunque se haya vuelto muchas veces insoportable y lastime parte de mi dignidad cuando lo visito, cada vez menos, me cautiva no su IRPF sino su elaborada genialidad con la que me siento desbordantemente henchido. En la próxima audiencia me toca a mí ser concurrentemente indiferente e incontinente, sin conmiseración alguna. Una vez entrado en la segunda mitad de la cuarentena le sobrevino el bajonazo –que a mí se me caía todo– pues le afloraron las habituales opresiones y bajas heteroestimas del paterfamilias de oficio de la postguerra –una tras otra– y como para él todo eran problemas, pues tuvo que reinventar su pasión con el estudio del álgebra booleana y los diagramas de Venn–Pacá. Antes de encaminarme hacia lo grotesco, suelo comentarlo con mi amiga la de la guadaña –órgano consultivo que me visita a diario– con la que valoro las canalladas que se nos ocurren sin empacho –aunque Edipo me la traiga floja– y con la que me suelo morir de risa, estilo Calcante-Crísipo. Qué vas a hacer con quien cree que todo el mundo es maricón menos él, pues contratar a una buena meretriz, culona y pechugona, que no le importe hacer de liebre, con una merecida remuneración –por supuesto– para solamente remover a tal homocapullus antecesor de su heredada guarida civil.

La parte políticocaopática –a la que intento explicar con desánimo la teoría del conjunto algebraico– me despierta siempre entre aporías que me obligan a desayunar con zumos de paciencia, desde la abducida reina catódica Teodora y la teoría escapista del príncipe de Bequelar, pasando por la francmasonería del arrasatearra Voltaire, hasta la auténtica práxis, o sea, a ostias contra las paredes de hormigón armado, entre lo ideal de la muerte y lo atroz de la realidad. La tercera parte, la de los descomunales vecinos, que solamente se mueven para organizar los partidos de la porra con esféricos a patadas –se intuye su terraplanismo, que eppur si muove– y para cambiar de sitio el sol y sombra de la barra a la mesa de la terraza con sombrilla. Por las partes que me tocan, de decanto más que bien por mantener a las del Eibar y a las del Arabartarra con Osasuna, pues no termina de seducirme la teoría bilbaina de la voluntad conceptivo–obítica, donde aseguran que uno nace cuando y donde quiere, ficha cuando y de donde quiere y muere cuando y donde quiere –aunque la primera y la última sean parte de lo misterioso y la segunda lo sea de la sucia realidad. El egoísmo, innato y necesario, de los primeros años, es impulsado por el instinto de supervivencia, ciego como los que viven bajo tierra, pues no tiene ni idea de lo que se va a encontrar, si va a poder succionar de la teta de su madre, de la de la tetina que te trae la enfermera intratable –porque ese día no ha podido consumar con el doctor House– o de la savia de un arbusto, acaso venenosa, que por succionar no quede. Lo que no es de buen gusto es que no sean capaces de vencerlo en las ya manidas plutocracias representativas, otro oxímoron de cajón de madera de pino, béliconarcosectarias. La identidad no elaborada deviene en cierto solipsismo supremacista, que solamente puede asegurar que él existe, pero no los demás, o sea, sum ergo non cogito, que solamente busca la utilidad del otro como medio para sus fines. Como el anuncio de perfume para marinerito Adonísiaco que consigue su trofeo sublingual de la enamorada Afrodita tras rociarse con «Inflamables Oil of Julay», para que Patrick, el comercial de tal fragancia, siga revolcándose con el juez de armas, mientras aquellos héroes se dejan la vida intentando eliminar al otro, en la cultura de lo antagónico. Sed cómo él y ella, no seas tú, olvídate de ti y date a los que gozan en las chozas tras venderte su olor. Pagas por el producto con tu preciada vida y te regalan la cruz...Kixmi my ass... edo... póg mo thóin. Quién no sabe ya, que los que hoy nos juzgan convencionalmente son los hijos, nietos y biznietos de los so juzgantes, que si yo me hago mi psicotécnico pues lo paso con nota vamos –curioso juego ya desde el primer mandamiento– y vuelvo a decir una vez más que no valgo ni para psicólogo ni para parapsicólogo. A mi hija de tres años ayer le mostré el trasnochado preámbulo constitucional y al minuto me detectó cuatro lagunas y cuatro limbos. A ver Panda de Piraus Necrófilos, que siiii, que, en la nueva prisión de protección oficial del norte, que hace tiempo que lo perdieron, han instalado encimeras decoradas en madera fornica donde la momia de los madrugas no para de cogerte sobres y lo que haga falta. Que tienes Fletnix, wifi, wikiwiki, patio de recreo no particular, comida y cama gratis, juegos lúdicos –normalmente messianicos– y amigos de los de verdad, los que durante al menos treinta minutos al día estarán a tu lado, aunque no lo quieran, aquellos con los que el estagirita intentaba no ser feliz. Que balcón no tienen todavía porque al malote de turno le molestan las obras –como las que me como yo cada domingo– y le da miedo que resquebraje y haga caer el edificio. A ver txiki, después de memorizar tanta película policiaca, ¿no te da por ponerle un silenciador a la herramienta? Pues ponle también barrotes al pórtico y equilíbralo con tu córtex basculante, alma de cantero. Tengo mucho para dar, por ejemplo: dónde está el límite de los bienes fungibles, el del embutido no ehh, en las viviendas de protección oficial que nos abarata el Estado en una de sus iluminaciones, al que también agradezco personalmente, y aún más al azar. ¿No les resulta esclarecedor que turismos y deportivos de gran gama, mínimo treinta mil euritos de nada, también tengan su garaje de protección oficial? y no es por envidia cochina, se lo aseguro, créanme, que por cada rueda que cambian al suyo me compro un autárquico coche nuevo fabricado en Txekia que contamina menos y se mantiene solo.

Que esto no es broma Fuenteperjuicio, que luego pasa lo que pasa, y ya no puede ser de otra manera, yonki de las botoneras –que en Anfeta 3 y en Telainco con ahinco, se veía a tu Alien desdoblándosete– con menos coordinación y coherencia lingüística que un yankee mascando chicle y un beduino en el pirulí. Estoy convencido de que pueden saldar las asignaturas pendientes con el paraíso fiscal de la UDEF, entre amiguetes majetes deseosos de taladrina y de venganza, las de los que no tenían un puto duro, condenados a 2.351»4666 años por que tuvieron que tangar un par de bragas desteladas en la mercería de la Puri. Que tiempo tendrán para terminar de leerse de pie los tochos del Vagaban con la Guita, los Informes del Coral y el Diagnóstico del Toráx, y luego ya se arrebatan unas merecidas vacatas en Biblos para aprender a declamar y a profundizar en las excelencias de las artes manuales del anterior plan educacional del aductor y seductor Escrivá, entre el isquion y el pubis. No lloren pues como hombres lo que no supieron defender como mujeres, porque igual se vuelven isómeros geométricos, en plan ácido graso saturado o insaturado trans, que mejor para la salud de la oikonomía y del mercado supremo ser cis e insaturado.

Manteniéndome todavía semipatitieso por el complicado, pero por ahora necesario principio de universalidad Kantiana como horizonte utópico soleado, sospecho que se sentía también confinado ante tanta indolencia, pues al parecer no salió a más de unos pocos kilómetros a la redonda de su pueblo. Me gustaría enormemente por tanto, dedicarle las próximas fiestas del solsticio ígneo nominando –aunque la publicidad me produzca urticarias, náuseas, vómitos y perrilleras de carbón– como chaparro mayor del año a lo peor, en un par de votaciones vinculantes y directas en urnas de botellas no recicladas, donde en la segunda se elija lo puto peor, cabiendo un mes para recurso en la Comisión de Deshechos y Reciclados, avalada por la Consejería de Genocidios contra la Humanidad, en plan: bueno, si en un mes no redimes tus tropelías, Hêphaistos te conecta a la red de energía sucia para las subastas de los cuarenta ladrones principales, y si lo consiguieres, pues a trabajar con el sudor de tu vacía frente –con contrato indefinido, de sol a sol y con lo necesario para que la obra no se acabe nunca– en el nuevo tramo del rail de Adiff, en la olvidada desesperación del Sahara occidental, para que mis hermanos Tamazgha puedan bañarse de nuevo en sus oasises. Pero no es por maldad eh, sino por pura caridad, por ayudarlos a superar la transición entre la materia y la divinidad, que parece que no terminan de dar el paso. Que el «Le vi a atá a aquella farola que sobra» –que yo no necesito lamparilla privada para leer por las noches– había remetido la pata con el habitual «hommo homini lupus et stultum», o sea, que tor mundo e malo y tontolculo. Pues no, ni malo ni güeno, e lo que e y no hay vacuna. Aunque si lo verdaderamente importante nos lo hubieran enseñado desde los seis añitos la habría ya contra la gilipollez, y facilitaría mucho a la bondad por placer –no a la de Andrés por interés, sino a esa que te estremece y vuelves a quererla sin mayor fin ¿la adivinas?

Soy plenamente consciente –y que como vende mecheros he venio a prendé– de que todo esto puede sonar a sincericidio y a amarillismo chivático barato, pero claro, cuando algunos de mis excolegas de parranda no aristotélicos, a quienes la desgracia del capital –la nula autoestima– les daba penita, devenían en lo fanático, y por incapacidad propia, me atemorizaron, me inhibieron, me persiguieron, me utilizaron, se me rieron a la cara, y, en definitiva, me menospreciaron –y allí no había pasado nada– pues preferí que reventaran ellos a que terminara de reventar mi yo del pacífico, cayese quien cayese y como fuese. Aunque desde mi más sincera carga de profundidad hubiera preferido condenarlos a la paz perpetua.
Aio Pelayo eta hala bedi.

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