Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación
Millones de víctimas deliberadamente invisibilizadas

Ya es hora de arrojar luz, de iluminar e intentar dibujar el dantesco drama que durante tantísimo tiempo tuvieron que sufrir y padecer decenas de millones de personas.

15/02/2018

El 18 de julio de 1936, se desató y explotó sobre el Estado español uno de los más siniestros, terroríficos, brutales y sanguinarios golpes de estado que se hayan conocido a través de la historía de la humanidad.

La crueldad de los mandos sublevados, su odio encarnizado hacia la República y todo lo que ésta representaba en avances y en progresos sociopolíticos, culturales, educativos, de libertad, de laicismo, de igualdad…, era de tal magnitud, que aquel descomunal movimiento bélico y asesino, se podría interpretar y comparar con una auténtica hecatombe cosmológica.

Las ondas expansivas que provocó aquel retrogrado, nacionalcatólico, fascista, ignorante, misógino, homófobo, neocolonialista y capitalista golpe de estado aún vibran con contundencia y fuerza en las estructuras de ese Estado español, en una parte muy importante del tejido social, sobre todo en los estratos más altos de la pirámide social y, sin lugar a dudas, sus efectos y consecuencias aún perduran en la concepción mental de millones de ciudadanos y ciudadanas como, evidentemente, no podía ser de otra forma.

Desde el mismísimo momento del infausto y terrorífico día del golpe de estado, una de las prioridades máximas fue aniquilar a lo que ellos consideraban el enemigo. Y ese vocablo de apariencia tan precisa y concisa se convertía en un término que abarcaba, explícitamente, a toda persona que no pensase como ellos.

Así de brutal, inhumano y genocida lo manifestaba uno de los generales promotores del golpe de estado: «Hay que sembrar el terror… Hay que dar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensan como nosotros. Nada de cobardías. Si vacilamos un momento, y no procedemos con la máxima energía, no ganaremos la partida». «Todo aquel que ampare u oculte un sujeto comunista o del Frente Popular será pasado por las armas». Así se expresaba, pocas fechas después del abominable 18-07-1936, el general de brigada Emilio Mola.

Y el exterminio, el brutal, despiadado y sanguinario genocidio comenzó asesinando alcaldes, concejales, líderes políticos y sindicales, militantes de partidos, maestros y principalmente obreros de toda clase. El historiador Francisco Espinosa Maestre destaca la existencia de un «plan previo de exterminio» que pretendía aniquilar cualquier vestigio o eco de la República.

Las estructuras mentales de aquellos individuos siguen, hoy en día, produciendo terror, pánico, un desasosiego y una angustia difícil de controlar y tranquilizar. En una de sus «arengas» el inefable, aborrecible, inhumano y cruel Gonzalo Queipo de Llano, marqués y teniente general de caballería, lanzaba a los cuatro vientos del apocalipsis, con entusiasmo grosero y cuartelero: «Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad y de paso también a sus mujeres; esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones; no se van a librar por mucho que berreen y pataleen».

Y mientras tanto, esa iglesia nacionalcatólica bendecía con estúpida actitud enfervorizada los cañones de la muerte, el genocidio y el odio; escondía en las sacristías, en los días previos al golpe de estado, las mortales y despiadadas armas de los aborrecibles requetés; formaba parte de las comisiones depuradoras de decenas y decenas de miles de docentes; llevaba bajo palio a asesinos y a seres deshumanizados…

En ese caótico, brutal y desquiciante ambiente los maestros de la república y las maravillosas maestras –ellas «eran mujeres modernas, cultas e independientes que se implicaron en la renovación pedagógica y en la consecución de los derechos de las mujeres y en actividades sindicales, sociales y políticas que eran fundamentales para el impulso cultural, social y político que necesitaba el país»– tuvieron que recorrer, sufrir y padecer un autentico y trágico calvario que condujo a cientos y cientos de ellos al exterminio literal: la muerte, en su faceta más desgarradora y repulsiva.

Los maestros, maestras y profesorado de enseñanza secundaria y universitaria constituyeron uno de los gremios más perseguidos por el franquismo. y posiblemente fue uno de los sectores que más sufrió la brutal y tiránica dictadura. Algunos historiadores no dudan cuando dicen que fue el colectivo más castigado por la represión franquista, ya que «se les consideraba culpables de haber inoculado en la sociedad y en las mentes juveniles el virus republicano».

Esa supuesta responsabilidad del colectivo constituía una certeza absoluta para el depravado y retrógrado franquismo, por lo que el 8 de noviembre de 1936, emitía un decreto firmado por Franco en el que se indica que es «necesario» una «revisión total y profunda en el personal de Instrucción Pública (…) extirpando así de raíz esas falsas doctrinas que con sus apóstoles han sido los principales factores de la trágica situación a la que fue llevada nuestra patria».

Dos meses antes, el 7-09-1936, el inefable José María Pemán –uno de los máximos responsables de las Comisiones Depuradoras de docentes– en una circular destinada a los integrantes de las mencionadas comisiones, les dirigía una auténtica arenga político-militar, seguramente para incentivar y estimular su labor represora e inquisitorial, dejando claro que ese país estaba en la situación que él describía, por culpa del cuerpo de maestros: «en esta España que hoy contemplamos destruida, empobrecida y enlutada, una vez restaurado su genio y tradición nacional, veremos amanecer en alborada jubilosa, un nuevo Siglo de Oro para gloria de la Cristiandad, de la civilización y de España».

La iglesia, intolerante, intransigente, ultracatólica e integrista no se quedaba atrás en absoluto en su lucha interesada contra la República y contra cualquiera de sus instituciones, por eso era partidaria de «aniquilar la semilla de Caín» –que el cuerpo de maestros, según los golpistas, había sembrado en las mentes de sus discentes– tal y como propugnaba el obispo de Salamanca Pla i Deniel.

Las Comisiones Depuradoras estaban integradas por el alcalde de la localidad, el cura párroco, el jefe del puesto de la Guardia Civil y un ciudadano relevante de reconocida conducta moral. Su finalidad era apartar, expulsar y sancionar a todo docente que se hubiese comprometido con los medios y las finalidades educativas de la República. Según el profesor de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona, Francisco Morente Valero, 60.000 maestros y maestras tuvieron que pasar ante esas aborrecibles y fatídicas comisiones. «Los que no murieron fusilados tras el levantamiento militar pasaron en su exilio interior la más terrible purga profesional».

El régimen fascista no sólo perseguía a los docentes por sus ideas pedagógicas y prácticas docentes, sino que se inmiscuía –como cualquier otra brutal dictadura– en su ámbito privado y por lo tanto ante las mencionadas Comisiones Depuradoras tenían que demostrar que eran personas «de bien», de moral intachable, de encomiable conducta, religiosos –católicos por supuesto– asiduos a los ritos y prácticas católicas, de vida ordenada y modélica. Todos ellos y ellas tuvieron que recabar certificados, documentos, avales… que certificasen que eran ese modelo preciso de enseñante que requería el intolerante y despiadado franquismo.

Seis mil fueron sancionados, quince mil fueron expulsados, muchos directamente pasaron a engrosar los diferentes batallones de la República para evitar las inquisitivas y dictatoriales comisiones, otros tomaron el doloroso camino del exilio. Y muchos de ellos, cientos y cientos, terminaron ante un frío y solitario paredón, en una desgarrada y trágica noche, o en una mortecina, perdida y olvidada cuneta.

Los casos que se han ido conociendo quiebran los sentimientos, fracturan el espíritu y originan una densa, profunda y desoladora tristeza.

Seis historias desgarradoras y atroces no pueden ilustrar, de ninguna manera, el dantesco terror que se ejerció de manera sistemática contra las maestras y maestros de la República, durante la guerra y los años posteriores a ella, pero es imposible no detenerse en el dintel de la casa o de la escuela de donde fueron sacados con arrogante desprecio e ignorante y cruel odio. 
Julio de 1936, Tomás Pinedo Pérez de Heredia, nacido en Navaridas (Alava), maestro de Villabasil, Valle de Losa, Burgos. Casado con la maestra Teodora Cuesta Bernedo. «Fue sacado de la casa donde vivía en Quincoces de Yuso y se lo llevaron. Fue fusilado esa misma noche en algún lugar desconocido hasta el momento».

26 de julio de 1936, Juan Larreta, Director de las Escuelas Graduadas de Treviana (La Rioja). Al día siguiente del golpe militar, recibió en la misma escuela el bando del General Mola, inmediatamente fue consciente de la terrible situación que se cernía sobre el país y sobre su propia vida. Decidió huir. «No tuvo ni la oportunidad de despedirse de sus hijos pequeños», Sabía que iban a por él. Fue capturado y paseado por varias localidades donde era conocido para humillarle degradarle y sobre todo, para que sirviese de escarmiento e infundir pánico y terror. Posteriormente fue fusilado.

10 de agosto de 1936, Camino Oscoz Urriza, Maestra comprometida con una enseñanza libre, laica e igualitaria. Militante del PCE, de la UGT y de Socorro Rojo. Fue detenida y conducida a la prisión de la capital Navarra. Posiblemente fue torturada y vejada. Posteriormente paseada por las calles de Iruña como trofeo y ejemplo de lo que era necesario estigmatizar y rechazar. Se trataba de hacerla sufrir en público y escarmentar de esa manera a la población. Tenía 26 años. Los franquistas arrojaron su cuerpo al vacío desde el Balcón de Pilatos, en el Parque Natural de Urbasa-Andia.

16 de agosto de 1936, Severiano Nuñez García, maestro de Jaráiz de la Vera (Cáceres). Fue arrestado y llevado a la cárcel de Plasencia. Una noche de luna tenue, desgarrada y desolada emprendió el camino, sin retorno, hacia la tapia muda e incrédula del cementerio. «Un tiro o quizá más acabaron con su vida». «Su viuda no volvió jamás a pronunciar una palabra». Septiembre de 1936. Casilda Calzada Quintana, maestra de San Llorente, Valle de Losa (Burgos). Estaba casada y tenía seis hijos. A su marido, Isidoro Mate, se lo llevaron detenido el 19 o 20 de julio de ese mismo año y no volvió a aparecer. Comenzaron las amenazas contra Casilda y el expolio de sus bienes. A finales de agosto o principios de septiembre decidió volver a San Llorente para abrir la escuela ya que se acercaba el inicio del curso. Entonces la detuvieron y la asesinaron fusilándola.

El terror desatado era de tal crueldad y magnitud que carecía de cualquier tipo de límite o cortapisa.

26 de octubre de 1939, Abilio Bañuelos Terán. Nació en Villaescobedo, Valle de Valdelucio, (Burgos). Maestro Nacional, afiliado al PCE y también pertenecía a la FETE-UGT. Tras su detención ingresó en la Prisión Central de Burgos el 03-09-1937. Fue condenado a muerte por adhesión a la rebelión y ejecutado a garrote vil por indicación del propio Franco. Tenía 25 años.
La persecución contra este colectivo fue cruel, despiadada e inmisericorde. Por supuesto que mostraron la misma crueldad y brutalidad contra toda persona sospechosa de no compartir ni tener los mismos principio e ideales que ellos. Prueba irrefutable y axiomática de su sistemático exterminio del diferente son las decenas y decenas de miles de cadaveres anónimos, desconocidos, fríos, solitarios y olvidados que yacen sepultados en profundas y obscuras simas, en desoladas y perdidas cunetas, en horribles y dantescas fosas comunes. El mapa del horror recorre como un rayo gélido y asesino la faz pálida y yerma del Estado español.

Posiblemente ese inmensa cantidad de cadaveres «se situará en torno a 140.000, de los que casi 50.000 corresponderían a las ejecuciones de posguerra», colocando al mencionado Estado en el bochornoso e ignominioso segundo lugar en el mundo, detrás de Camboya, por el número de desaparecidos. «La represión constituyó un instrumento conscientemente utilizado para la conquista del poder y, lo que es más importante, para mantenerse indefinidamente en el mismo». «La extraordinaria duración de la dictadura de Franco difícilmente puede explicarse sin atender a todo lo anterior».

El colectivo de maestros y maestras sufrió una implacable y sádica persecución ya que el régimen fascista no podía permitir ni tolerar que ni una sola persona continuase en la docencia sin estar completamente comprometida con los abominables principios del Movimiento Nacional. Por eso el magisterio español quedó completamente mermado y en lugar de aquellos maravillosos maestros y maestras de la República, miles de puestos fueron ocupados por el clero, excombatientes, alféreces, sus familiares y allegados. El abominable régimen dictatorial, a golpe de decreto, fue instaurando a todas esas personas en las aulas de Educación Primaria y en menor medida en los demás tramos educativos. La educación que impuso el franquismo tenía como finalidad última formar a las futuras generaciones en el ideario fascista y ultracatólico en el que se sustentaba el régimen.

Todos los avances humanos, pedagógicos, sociales, planes de formación, reciclado del profesorado, el modelo arquitectónico y constructivo de los centros escolares, todo, absolutamente todo, fue desterrado y eliminado radicalmente.

La luz brillante, luminosa, renovadora e innovadora de los diferentes gobiernos republicanos –que a través de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Giner de los Ríos, estaba transformando, cambiando e impulsando una enseñanza acorde con las revolucionarías teorías pedagógicas de la «Escuela Nueva»– se apagó en un brusco y apocalíptico instante, convirtiendo la escuela franquista en un erial de silencio, de densa y aborrecible obscuridad, de imposición, de conculcación sistemática de los derechos más básicos y fundamentales del alumnado, como es la necesidad imperiosa e inexcusable de estimular y posibilitar un pensamiento propio, reflexivo, analítico y crítico.

La escuela franquista tenía como máxima finalidad el adoctrinamiento: inculcar, ideas, creencias, informaciones, modelos, pautas de conducta y antivalores que conformasen personas adocenadas, sin criterio, abúlicas, entusiastas y adictas al régimen.

Semejante sistema educativo, tal y como expone con gran lucidez y acierto Noam Chomsky «bordea la idiotización» ya que el adoctrinamiento no es otra cosa que «educar para domesticar».

Durante cuatro abominables y execrables décadas el franquismo impuso un adoctrinamiento alienante y aborrecible. Durante cuarenta años el «sistema educativo» fascista, nacionalcatólico, clasista, retrógrado, sexista, ultraconservador, segregacionista… impuso una colosal y descomunal lápida sobre el libre pensamiento y la educación en libertad.

Niños, niñas, jóvenes y personas adultas en todos los diferentes tramos educativos, pero sobre todo en Educación Primaria, y también en Secundaría, tuvieron que soportar, padecer y sufrir interminables, despiadadas y mortecinas horas de tedio y aburrimiento absoluto bajo la pálida, gélida e impasible mirada de un crucifijo, la siniestra y detestable bandera bicolor y la escrutadora e inquisitorial mirada de un maestro de semblante militar y con vara predispuesta a inculcar en las dóciles mentes infantiles, cantos al ensalzamiento fascista y al nacionalcatolicismo.

En las grises, tristes y desamparadas aulas, que hubiesen congelado el corazón y el espíritu de Federico García Lorca, prevalecía el silenció, la sumisión, el acatamiento, la pasividad y un descomunal e insondable aburrimiento.

Las consecuencias, lacras y taras, de aquel execrable sistema educativo, sin lugar a dudas, aún permanecen en muchos estratos sociales. Los antivalores introducidos mediante la brutal fuerza del yugo y las flechas aún persisten sólidamente arraigados en millones de personas de ese abominable estado.

Durante cuarenta años, de férrea y draconiana imposición de un sistema educativo dictatorial e inquisitorial, a millones y millones de niños y jóvenes se les robó, literalmente, una infancia y una adolescencia feliz, libre, justa y equilibrada en todos los ámbitos de la vida.

Por lo tanto ya es hora de arrojar luz, de iluminar e intentar dibujar el dantesco drama que durante tantísimo tiempo tuvieron que sufrir y padecer decenas de millones de personas. Ha llegado el momento del reconocimiento, la justicia y la reparación y ésta para llevarse acabo sólo tiene una única y exclusiva posibilidad; que de nuevo por calles, avenidas y alamedas ondee la querida y añorada bandera tricolor, que nuevamente suene con vigor y entusiasmo el himno de Riego, que la monarquía quede para siempre abolida y que la República vuelva nuevamente a ser instaurada.

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