Antonio Alvarez-Solís
Periodista

No hubo guerra civil

¿Alguien puede llamar guerra civil a la agresión practicada por una minoría que alojaba el verdadero espíritu del bandolerismo serrano en un Estado de «orden público»?

Una de las preocupaciones más urgentes que ocupan la cabeza de los dictadores cuando alcanzan el poder es la adulteración de los significados lingüísticos a fin de que las masas crean que les hablan, por fin, del logro sano y urgente de objetivos revolucionarios –¡por fin!– hasta ahora prostituidos o envenenados por los ricos «populistas» de izquierda o los eternos garduños de la derecha.

Más de medio mundo está en este momento reconducido hacia el fascismo o la tiranía, en cualquiera de sus modos de presentación, mediante el falseado empleo de los términos históricamente más nobles para intentar una verdadera revolución moral. Y así, el tirano actual ofrece el «sano» liberalismo, la «política» eficaz, la economía del «progreso», el respeto al «orden» público, la «necesidad» de un Estado fuerte, la «moderación» del pensamiento, el «saneamiento» de las leyes… Un fascismo que añade a la liviandad absoluta de su ser la seguridad insultante de que «nosotros haremos todo eso, pero bien». Explotación más profunda porque suma a su maldad ínsita la degeneración de la inteligencia en el pueblo, que convierte el olvido en una virtud envenenada.

Añadamos; el problema de estas mejoras sin abordar el cambio total del modelo económico y humano radica en que los avances que se anuncian –ad calendas graecas, además–  y que se prometen sin necesidad de cambiar la estructura política actual y su mecanismo de soberanía, están sometidos a poderes globalizadores que pueden invalidar el anunciado proceso de avance social dentro del capitalismo. Veremos en que acaban las mejoras que ha prometido con cierta inmediatez el actual jefe del Gobierno español cuando haya de enfrentarse al programa obligatorio en lo económico, en lo social, en lo militar diseñado por  las grandes instituciones globalizadoras.

Retornemos al discurso. La falsificación del lenguaje tiene por objeto, en este caso, el elevar el crimen vulgar a la posible nobleza de la guerra. Pero en España se practica la estafa verbal de denominar como «guerra civil» a un genocidio absolutamente primitivo. Si este crimen se califica de guerra se justificaría una amnesia social que nos normalizase. Pero exigir ese olvido para un suceso puramente penal malogra una memoria correctora de futuros brotes del más ruin fascismo, como está aconteciendo ahora. Los que vivimos de niños ya conscientes los valores auténticamente revolucionarios que contenía la República, en primer lugar la libertad que poblaba el aire –yo los percibí en mi permanencia de algo más de año y medio en la Asturias republicana– no podemos reducirnos, como acabo de afirmar, a una amnesia generalizada que impida todo proceso de aprendizaje sobre lo que es un crimen a secas. Una amnesia que explica la apatía española, que se genera en la infravaloración constante de la realidad criminal que soportamos.

Y con esta afirmación de noble «guerra civil» con que calificamos la tragedia criminal en que hemos vivido se hurta la auténtica realidad de lo que no fue más que un crimen rastrero. En España no hubo una guerra civil en los años treinta sino un miserable golpe de Estado que acabó con todas las legitimidades republicanas, entre ellas –¡y tiene pelendengues la cosa!– la legitimidad de la mayoría del generalato y mandos superiores que fueron asesinados por media docena de poderosos uniformados por dentro y por fuera que, una vez más, traicionaron a su bandera y su servicio a la sociedad que había determinado acabar con la triste realidad española de un poder podrido perpetuamente en su interior.

En España no hubo una guerra civil porque esta denominación solo debe emplearse cuando una parte importante de la sociedad institucionalmente significativa se enfrenta a la otra parte de la sociedad que también tiene un perfil relevante en el ejercicio de la política y el gobierno. Por ejemplo la guerra civil norteamericana. En realidad la guerra civil procede de la existencia de dos sociedades que se tienen por maduras y que no acaban de resolver su entendimiento para convivir. ¿Y esa guerra es la que sucedió en España? ¿Había dos sociedades armadas y con similitudes de poder en el ámbito político efectivo de España?

Ciertamente España sufría en su tránsito unas tensiones producidas por una clase explotadora enfrentada a otra explotada que por fin se había encaramado al poder mediante las urnas y que reclamaba su victoria para entrar en la modernidad social, institucional y democrática, a pesar de todos los pesares. Frente a la sociedad inmóvil en que se obligó a habitar inmemorialmente a la mayoría ciudadana, las urnas decidieron suprimir por fin el cerrojo de la sumisión. Y apareció la República con sus conmociones lógicas, con desajustes que requerían cantidades inmensas de tiempo operativo en la libertad, en la democracia, en la reflexión colectiva. Y todas estas carencias de tiempo operativo fueron resueltas por unos puñados de españoles cultivados en la barbarie que desconocieron el más mínimo liberalismo y procedieron a apuñalar por la espalda el proceso de auténtica construcción civil en nombre de una tradición que respiraba una cotidianeidad exangüe.

¿Podemos olvidar todo eso que tenía el valor de sementera? ¿Podemos hablar de respeto a unos muertos y sus herederos que se propusieron continuar el sistema de asentamiento de indios que las minorías poderosas de España trasladaron a Latinoamérica desde una España que vivió secularmente en el espíritu de esos asentamientos? ¿Alguien puede llamar guerra civil a la agresión practicada por una minoría que alojaba el verdadero espíritu del bandolerismo serrano en un Estado de «orden público»? Habría que reeditar obras como “Los latifundios españoles” para explicarnos a nosotros mismos como era el alma de esos propietarios que preferían quemar las cosechas antes que subir una o dos pesetas diarias a los trabajadores de sus propiedades?

Los que magnificaron horrorizados la quema de iglesias por un pueblo que no admitía la prolongación del régimen de prepotencia bendecido por tantos prelados que poco después firmaban la Carta colectiva que «santificaba» al Genocida, deberían investigar qué daños psicológicos produce una opresión permanente a lo largo de tantos siglos. Es más, nuestros historiadores a la violeta, que ahora sostienen la doctrina del olvido, deberían investigar si todos los incendiarios de templos fueron republicanos enojados o fueron «personajes» que cobraron el barato por inventar o magnificar un terror que recomendaba suscitar el llamado Director desde su refugio navarro. Un terror que costó miles de muertos a unos socialistas leales cuyos sucesores hacen ahora filtiré.

¿Guerra civil lo del 36?

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