«Nomadland»: una fotografía de la barbarie que representa el capitalismo yanki
No existe mayor estado fallido que el norteamericano. Antes o después, serán cientos de miles las estadounidenses que, guiadas por el espíritu imborrable de Occupy Wall Street, las enseñanzas del gran Graeber o la batuta firme del indomable Chomsky, se encargarán de hacer caer el Régimen del dólar.
Ayer me dejé caer por el cine y la verdad que, tal y como esperaba, la tan aclamada "Nomadland" cumplió mis expectativas y me dejó de todo menos indiferente, eso sí, conviene resaltar una serie de aspectos tras disfrutar de esta obra cinematográfica que seguramente perdurará en nuestras retinas como una de las mejores películas de la última década.
La cinta de Chloé Zhao basada en la novela de Jessica Bruder, pone sobre las mesa diferentes aspectos que merecen la pena ser tratados desde un punto de vista sociopolítico. La precariedad extrema, un ausente sistema de cobertura social, la atomización de la sociedad norteamericana o lo que supone vivir la vejez en un país que desecha a sus mayores, son algunos de los ingredientes de este despreciable menú que los liberales pretenden trasladar al sur de Europa.
Cierto es que las buenas películas te revuelven algo dentro y qué duda cabe que esta producción norteamericana me dejó una amarga sensación en la boca y un nudo en el estómago, que se hacen difíciles de describir si una no ha visto la película. Amargor, por la realidad tan jodida que viven muchos millones de norteamericanos sin una pensión de jubilación o un seguro médico, y un nudo en el estómago derivado de la impotencia que se siente al ver cómo, incluso una vez retratadas estas situaciones, la sociedad sigue durmiendo mecida por ese canalla llamado capitalismo.
Hay una imagen del principio de la película, que podemos destacar por su fuerza simbólica: este personaje quebrado y precario encarnado por Frances McDormand que debe buscarse su sustento trabajando a temporadas en el gigante Amazon. Desalentador es lo que uno presencia cuando analiza la fotografía de lo que está viendo y es consciente que casi todas las personas que se agolpan al principio de la cadena de producción son mujeres y muchas de ellas de avanzada edad. Bienvenidas sean todas pues a este «sueño americano» que algunos tildamos de pesadilla y que deja en la cuneta a las más débiles y empobrecidas.
Habiendo visto la película, sería injusto no destacar que no todo es oscuro en este film. También podemos ver conatos de apoyo mutuo, solidaridad y organización comunal frente al abandono que ofrece un estado esquelético en materia social y que se enorgullece cual macho alfa de ser el más poderoso y rico que se erige sobre la faz de la tierra. Sea como fuere, sorprendente me parece cómo este grupo de apoyo mutuo que aparece en el trabajo de Chloé Zaho con música de Ludovico Einaudi, se reúne en torno a una bandera norteamericana y es que, el cáncer del patriotismo yanki golpea con fuerza a esa white trash tan presente en los 108 minutos que dura la película.
La conclusión es clara y el antídoto evidente: si no queremos vernos como se ven esos millones de norteamericanos, debemos decir alto y claro que su capitalismo no funciona y que es hora de probar otras fórmulas sociales que permitan vivir con dignidad a todas las personas. Como comentaba hace unos días con un amigo y viendo como está el patio a nivel sociolaboral, o de aquí a unos años se inserta una Renta Básica Universal, o las clases populares no tendrán más remedio que tomar las calles repletas de rabia precaria y conciencia proletaria.
Recuerdo una canción de un ya maduro cantautor libertario, que decía y cito de memoria: «que no podemos permitir que ninguna muera sola» y es que el drama que viven muchas de nuestras mayores en Euskal Herria y en el conjunto del sur de Europa, las cuales se ven obligadas a perecer solas en sus casas, lo viven muchas norteamericanas de manera más drástica si cabe, en la carretera, sin una asistencia sanitaria y con una sociedad megalómana que las trata como auténtica basura. Por tanto, ¿cómo sorprendernos, cuando la policía quita la vida con total impunidad a ciudadanos afroamericanos como George Floyd?
Para terminar, me gustaría resaltar que no existe mayor estado fallido que el norteamericano, y que antes o después, serán cientos de miles las estadounidenses que, guiadas por el espíritu imborrable de Occupy Wall Street, las enseñanzas del gran Graeber o la batuta firme del indomable Chomsky, se encargarán de hacer caer el Régimen del dólar. Porque no olvidemos, que no son malos los pueblos en su conjunto, sino que son los tiranos, la desinformación y la cruda represión, las que mantienen a algunos pueblos más dormidos que a otros, que aunque con cierta somnolencia, plantan un poquito más de cara a este sistema criminal y depredador que nos vemos obligados a tragar pese a tener arcadas diarias.