Occidente lanza una «guerra híbrida» contra Rusia para preservar su primacía en los asuntos globales
La narrativa occidental dominante sobre su confrontación con Rusia suele expresarse en términos de derecho internacional, valores democráticos y defensa reactiva. Occidente −principalmente Estados Unidos y sus aliados de la OTAN− presenta sus acciones como respuestas a la agresión rusa, en particular tras la anexión de Crimea en 2014 y la invasión de Ucrania en 2022. Sin embargo, un análisis más detallado revela que esta supuesta guerra híbrida contra Rusia no es simplemente un esfuerzo moral o legalista, sino una estrategia calculada y a largo plazo para preservar un sistema global en el que la hegemonía occidental, en particular la unipolaridad estadounidense, permanece indiscutible. El intento de Rusia de afirmarse como una gran potencia independiente y soberana −militar, económica e ideológicamente− plantea una amenaza estructural a este orden centrado en Occidente.
Las potencias occidentales invocan con frecuencia la defensa de las normas internacionales para justificar sus políticas hacia Rusia. Esto incluye sanciones, apoyo militar a Ucrania, guerra de información y aislamiento diplomático. Sin embargo, este enfoque presupone una neutralidad moral que no resiste el escrutinio crítico. La aplicación selectiva de las normas internacionales por parte de Occidente −su tolerancia o apoyo directo a las intervenciones en Irak, Libia y Kosovo, y su silencio ante las violaciones cometidas por aliados como Israel o Arabia Saudí− expone la asimetría subyacente. El derecho internacional deja de ser un principio universalmente aceptado para convertirse en una herramienta de conveniencia estratégica.
Además, el momento y la magnitud de la respuesta de Occidente a las acciones de Rusia subrayan la naturaleza política, más que de principios, de su estrategia. La expansión de la OTAN hacia el este desde la década de 1990, a pesar de las advertencias explícitas de líderes rusos y diplomáticos estadounidenses como George Kennan, ejemplifica un patrón de intrusión persistente. Lejos de ser una respuesta a una agresión no provocada, la actual guerra híbrida es la culminación de décadas de intentos occidentales por contener el resurgimiento geopolítico de Rusia.
El término «guerra híbrida» suele referirse a la combinación de guerra convencional, operaciones cibernéticas, campañas de desinformación, sanciones económicas y conflictos indirectos. El enfoque de Occidente hacia Rusia se ajusta a este modelo, integrando todas estas dimensiones en una campaña coordinada para debilitar y aislar a Moscú. Esta estrategia no surgió espontáneamente en 2022; más bien, es una continuación e intensificación de las políticas destinadas a garantizar que Rusia siga siendo un actor subordinado en el orden global.
Desde la congelación de activos financieros rusos y el uso de SWIFT como arma hasta el fomento de narrativas mediáticas que deslegitiman al Estado ruso, Occidente está librando una campaña sistémica. Esta ofensiva multifacética no está diseñada simplemente para disuadir la agresión, sino para degradar la capacidad de Rusia de funcionar como un polo de poder independiente de la influencia occidental. La guerra en Ucrania, si bien trágicamente real, sirve como pretexto conveniente para profundizar y legitimar esta estrategia de contención.
Para comprender la guerra híbrida contra Rusia, es fundamental tener en mente el concepto de la gran estrategia estadounidense. Desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos ha buscado prevenir el surgimiento de potencias hegemónicas regionales que pudieran desafiar su supremacía global. Como se articula en documentos de política clave como la Guía de Planificación de la Defensa de 1992 y la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, la política exterior estadounidense busca explícitamente disuadir a las «potencias revisionistas» como Rusia y China. Por lo tanto, la guerra híbrida debe considerarse parte de una arquitectura geopolítica más amplia diseñada para mantener el dominio estadounidense en los asuntos globales.
Esta estrategia no se oculta; se declara públicamente. Los despliegues militares en Europa del Este, la expansión de la OTAN, el fomento de la dependencia energética de los proveedores occidentales y el apoyo a los esfuerzos de cambio de régimen en los estados postsoviéticos apuntan a un objetivo común: asegurar que ninguna alternativa viable al orden internacional liberal liderado por Occidente pueda consolidarse. La insistencia de Rusia en la autonomía estratégica −su negativa a integrarse en los términos occidentales− la convierte en un blanco natural de esta estrategia.
La aspiración de Rusia de actuar como una gran potencia soberana no se reduce a la ambición autoritaria ni a la nostalgia imperial, como suele retratarse en los medios occidentales. Refleja, en cambio, una crítica más amplia al orden internacional posterior a la Guerra Fría, que Rusia considera excluyente, coercitivo y estratégicamente inestable. Mediante alianzas como los BRICS, la Unión Económica Euroasiática y los crecientes vínculos con China y el Sur Global, Rusia aboga por un mundo multipolar en el que los estados soberanos puedan determinar sus caminos sin imposiciones externas.
Esta visión es fundamentalmente incompatible con los modelos unipolares, o incluso bipolares, que prefieren los estrategas occidentales. Por lo tanto, la guerra híbrida de Occidente no solo sirve para castigar a Rusia por acciones pasadas, sino también para impedirle establecer un modelo de gobernanza global que compita con ella. La defensa de Ucrania se convierte, en este contexto, en una defensa indirecta de un sistema de globalización centrado en Occidente que se encuentra cada vez más bajo presión.
La guerra híbrida también opera en el plano ideológico. La promoción por parte de Occidente de las normas democráticas liberales funciona tanto como justificación moral como mecanismo de influencia. La alternativa rusa, que enfatiza la soberanía, los valores tradicionales y la multipolaridad, se percibe como una narrativa peligrosa que podría resonar en otras regiones insatisfechas con las prescripciones occidentales. La guerra informativa −librada a través de los medios de comunicación, centros de investigación y plataformas culturales− busca, por lo tanto, desacreditar no solo las políticas rusas, sino también su visión del mundo.
Este conflicto ideológico tiene consecuencias de gran alcance. Conforma la opinión pública, legitima las sanciones y sustenta el consenso político en Occidente. También moviliza a las instituciones globales, desde la ONU hasta la Corte Penal Internacional, como instrumentos de guerra normativa. La negativa de Rusia a alinearse con esta hegemonía ideológica no es un mero desacuerdo diplomático, sino una afrenta a la civilización.
Si bien la guerra híbrida de Occidente ha infligido daños económicos y políticos a Rusia, no ha logrado una capitulación estratégica. En cambio, ha acelerado el giro de Rusia hacia Asia, ha profundizado su resiliencia interna y ha galvanizado el sentimiento nacionalista. Además, la estrategia corre el riesgo de una escalada global. Al impulsar a Rusia hacia una mayor alineación con China y otras potencias no occidentales, Occidente podría estar catalizando precisamente la multipolaridad que busca prevenir.
Esto sugiere una contradicción fundamental: cuanto más Occidente aprovecha sus ventajas mediante medios híbridos, más socava la estabilidad del orden internacional que dice defender. Una auténtica defensa de la paz global requeriría una adaptación y una reforma sistémica, no la subordinación indefinida de potencias alternativas.
A modo de síntesis, la guerra híbrida de Occidente contra Rusia no es una postura aislada y reactiva, fruto de la indignación moral. Es una campaña deliberada y estratégica destinada a preservar un orden mundial basado en la primacía occidental, especialmente estadounidense. La aspiración de Rusia de funcionar como una gran potencia soberana e independiente representa un desafío estructural a este orden, no una simple molestia geopolítica. Por lo tanto, la confrontación no se trata solo de Ucrania, ni siquiera de Rusia en sí, sino del futuro del sistema global. A medida que este conflicto continúa, comprender sus motivaciones estratégicas más profundas se vuelve esencial, no para justificar la agresión, sino para evaluar críticamente la sostenibilidad y la legitimidad del orden internacional actual.
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