Néstor Letxundi Beñaran

OTAN, Rusia y el mito del expansionismo: una lectura histórica y geopolítica profunda

En el debate público sobre la guerra en Ucrania y la relación entre Rusia y sus vecinos se repite con insistencia una idea simplificadora: Rusia sería una potencia con intereses expansionistas comparables a los de cualquier imperio clásico, y la expansión de la OTAN hacia el este una reacción defensiva y natural. Este marco ignora dos datos básicos que deben leerse de manera conjunta: la disolución de un mismo Estado en 1991 (la URSS) y la cronología concreta de la adhesión a la OTAN y a la UE de los Estados que hoy hacen frontera con Rusia.

La URSS: ¿imperio, confederación o Estado?

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no fue una confederación de Estados soberanos independientes, sino un solo Estado altamente centralizado, con una estructura federal formal. Las repúblicas soviéticas —Rusia, Ucrania, Georgia, Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, entre otras— disponían de constituciones propias y de un derecho formal de secesión, pero el poder real residía en Moscú, a través de un partido único que controlaba la política exterior, la economía y las fuerzas armadas.

La disolución de la URSS en 1991 no constituyó una descolonización clásica, sino la ruptura de un Estado existente, cuyas fronteras internas administrativas pasaron a convertirse de forma abrupta en fronteras internacionales. Este hecho resulta fundamental para comprender los conflictos posteriores en Ucrania, Crimea, el Donbás y otras regiones del espacio postsoviético: territorios con poblaciones mezcladas, identidades históricas compartidas y realidades lingüísticas que no se ajustaron de manera pacífica a las nuevas fronteras estatales.

La URSS como integración forzada: violencia, imposición y colapso

Conviene, no obstante, introducir un matiz esencial que a menudo queda diluido en los análisis geopolíticos actuales: la convivencia de los pueblos integrados en la URSS apenas se extendió durante algo más de siete décadas y no fue el resultado de una adhesión voluntaria, sino de un proceso de conquista, guerra civil, represión política y control armado ejercido por el poder bolchevique tras 1917.

La incorporación de Ucrania, Georgia, los Estados bálticos y otros territorios al proyecto soviético se produjo en un contexto de violencia estructural, eliminación de élites políticas y culturales, deportaciones masivas, hambrunas inducidas y una profunda ingeniería social destinada a desarticular las identidades nacionales preexistentes. El Estado soviético no fue, por tanto, una federación de pueblos libres, sino una construcción ideológica sostenida por la fuerza y por un aparato represivo centralizado.

Cuando el sistema marxista-leninista implosionó a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, los pueblos que habían sido incorporados por la vía armada recuperaron formalmente su estatus estatal anterior, pero lo hicieron en condiciones profundamente deterioradas: economías dependientes, sociedades fracturadas, memorias históricas enfrentadas y fronteras administrativas convertidas en líneas de soberanía sin un consenso social real.

Este origen violento y este colapso desordenado explican por qué el espacio postsoviético quedó marcado por conflictos latentes desde el primer momento. Ucrania no fue una excepción, sino uno de los casos más complejos: un país atravesado por identidades múltiples, memorias contrapuestas y una población civil que, una vez más, terminó pagando el precio de disputas geopolíticas, proyectos estatales fallidos y luchas de poder que nunca fueron verdaderamente suyas.

Estados fronterizos con Rusia y su entrada en la OTAN y la UE

Si se ordenan cronológicamente los hechos, el panorama es el siguiente:

OTAN

Noruega: 1949 (miembro fundador; frontera histórica con la URSS/Rusia) Polonia: 1999 (frontera con Rusia a través de Kaliningrado) Estonia: 2004 (frontera directa con Rusia) Letonia: 2004 (frontera directa con Rusia) Lituania: 2004 (frontera con Kaliningrado) Finlandia: 2023 (larga frontera directa con Rusia)

Unión Europea

Finlandia: 1995 Polonia: 2004 Estonia: 2004 Letonia: 2004 Lituania: 2004

La expansión de la OTAN hacia el este se produce después de la desintegración de la URSS y no como reacción preventiva frente a un supuesto expansionismo imperial ruso previo. Refleja, más bien, un proceso de integración militar y política impulsado desde Estados Unidos y la propia OTAN, orientado a consolidar su influencia en la periferia rusa.

El caso de Ucrania: un conflicto en capas

Tras la independencia de 1991, Ucrania se constituyó como Estado soberano heredando territorios con profundos vínculos históricos, políticos y sociales con Rusia, especialmente en Crimea y el Donbás. Estas regiones no fueron colonias extranjeras, sino partes integrantes del mismo Estado hasta 1991, que pasaron posteriormente a quedar bajo administración ucraniana en un contexto de fuertes tensiones identitarias y de gobernanza.

En 2014, Crimea se declaró independiente mediante un referéndum, y en el Donbás surgieron repúblicas autoproclamadas. Rusia declaró que su intervención en estas zonas tenía como objetivo proteger a la población de crímenes atroces cometidos durante los enfrentamientos, en particular por grupos armados nacionalistas ucranianos, según sus declaraciones oficiales.

El 21 de febrero de 2022, el presidente ruso Vladímir Putin declaró la independencia de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, afirmando en un discurso ante la Asamblea Federal que “no hay fin a los ataques con artillería y morteros” contra estas poblaciones y que eran víctimas de crímenes contra civiles por parte de las fuerzas ucranianas.

Acusaciones de crímenes específicos

En febrero de 2024, autoridades de la República Popular de Lugansk acusaron a Ucrania de causar la muerte de decenas de civiles en un ataque de artillería en la ciudad de Lisichansk (región de Lugansk), señalando 28 víctimas civiles, según declaraciones recogidas por medios que citan a funcionarios regionales alineados con Moscú.

En 2022, Rusia inició lo que denomina una “operación militar especial”, enmarcada oficialmente en la protección de civiles y en respuesta al rechazo de las autoridades ucranianas a aplicar los acuerdos de Minsk y a garantizar la seguridad de estas poblaciones. Paralelamente, Ucrania avanzaba en su solicitud formal de adhesión a la UE y a la OTAN, incrementando la tensión estratégica en la frontera directa de Rusia.

Crímenes y narrativa en los conflictos de Donbás y Crimea

Un elemento central para comprender la percepción rusa y el choque de relatos internacionales es la interpretación de los crímenes ocurridos en estas regiones. Según Moscú y medios locales, los civiles de Crimea y el Donbás fueron víctimas de ataques, represalias y actos de intimidación sistemática por parte de grupos armados nacionalistas ucranianos, incluyendo graves violaciones de derechos humanos. Estas denuncias contrastan con la narrativa predominante en Occidente, que tiende a presentar a Rusia como único agresor y a minimizar o invisibilizar los conflictos internos previos que afectaron directamente a estas poblaciones.

Registrar estas versiones no implica asumirlas sin crítica, pero sí reconocer que la historia se construye también desde la memoria de quienes se perciben como víctimas. La versión rusa enfatiza una intervención de carácter protector y humanitario frente a crímenes atroces, mientras que la narrativa occidental simplifica el conflicto y atribuye la totalidad de la responsabilidad exclusivamente a Moscú.

Expansionismo o espacio postsoviético

Hablar de “expansionismo ruso” en Georgia, Crimea o Ucrania no es comparable a una hipotética invasión de Alemania, Noruega o Finlandia. Estos países nunca formaron parte del mismo Estado que Rusia ni compartieron estructuras políticas integradas, infraestructuras comunes ni un espacio histórico-lingüístico unificado. En cambio, Ucrania, Georgia y Bielorrusia sí compartieron hasta 1991 instituciones, economía y población bajo un mismo Estado, lo que introduce una diferencia sustancial en términos históricos y geopolíticos.

– Formaron parte del mismo Estado hasta 1991 – Comparten espacios lingüísticos e históricos entrelazados – Heredaron poblaciones mixtas y fronteras administrativas internas

Esto no legitima la guerra, pero sí cuestiona la aplicación mecánica del concepto de imperialismo clásico para explicar estos conflictos.

El factor estadounidense y la OTAN

Desde la década de 1990, Estados Unidos ha desempeñado un papel decisivo en la configuración del espacio postsoviético mediante:

– la ampliación progresiva de la OTAN hacia el este, – la integración militar de Estados formalmente no miembros, – y el apoyo político y financiero a cambios de régimen en la periferia rusa.

Aunque jurídicamente los Estados sean libres de adherirse a alianzas militares, geopolíticamente estas decisiones no son neutras cuando afectan de manera directa a la seguridad de una potencia nuclear como Rusia. La expansión de la OTAN hasta sus fronteras constituye un elemento estructural del conflicto, independientemente de la valoración que se haga de las acciones rusas.

Territorios heredados y conflictos hibernados

Aquí cabe añadir un elemento que suele quedar fuera del debate: Rusia mantiene aún hoy territorios obtenidos mediante conquistas armadas durante la etapa soviética. El caso más evidente es Königsberg, ciudad histórica alemana convertida tras 1945 en Kaliningrado, hoy enclave ruso entre Polonia y Lituania. Asimismo, Rusia conserva territorios arrebatados a Finlandia tras la Guerra de Invierno y la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Karelia Oriental.

Estos territorios son herencia directa de las conquistas del periodo soviético, no de la Federación Rusa posterior a 1991, pero siguen formando parte de su realidad geopolítica actual. Alemania, por razones históricas y políticas evidentes, no plantea hoy reivindicación alguna sobre Kaliningrado. Finlandia, en cambio, mantiene viva la memoria histórica de Karelia y, aunque no exista un conflicto activo, sí recuerda periódicamente la pérdida de esos territorios, lo que configura un conflicto latente o "hibernado".

Este dato introduce un matiz importante: no todos los contenciosos territoriales de Rusia se sitúan en el espacio postsoviético ni pueden explicarse únicamente por la disolución de la URSS, lo que refuerza la necesidad de un análisis caso por caso y no de etiquetas globales simplificadoras.

Conclusión

Rusia ya no es la URSS, pero tampoco Ucrania, Georgia, Crimea o las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk representan una ruptura histórica profunda equiparable a procesos de descolonización clásicos. El conflicto actual surge de la desintegración de un Estado en 1991, de la aparición de territorios autoproclamados con poblaciones que se perciben bajo amenaza de crímenes atroces y de la expansión de una alianza militar hostil hasta las fronteras rusas.

Explicar este contexto no equivale a justificar la guerra. Permite, en cambio, comprender la complejidad real del escenario y denunciar cómo las narrativas simplistas distorsionan la lectura histórica, invisibilizando también los crímenes cometidos contra civiles en Donbás y Crimea. Entender el conflicto desde múltiples perspectivas es una condición necesaria para un análisis honesto y profundo de la geopolítica postsoviética.

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