Otra sonrisa que se nos va
El teléfono móvil se ha enternecido y al activarlo informa: «tienes una llamada de Sabino Ormazabal». Es una comunicación que tiene ya días y mi estulticia tecnológica no acierta a entender por qué se cuela por delante de otras llamadas posteriores. Seguro que Sabino sonríe pícaro desde el cosmos. Porque se nos ha ido, sí. Sin aviso. Sin, por ejemplo, recoger un nuevo libro ecologista que le guardábamos.
Pareciera que la fortuna diseñó un adiós genuinamente personal: en pleno ambiente colectivo, festivo, en Kantu Jira de Aste Nagusia, en el corazón de su Alde Zaharra. Nos queda el recuerdo de ese agur en el lugar y acto apropiados, frente al vacío de una muerte de improviso y el sorpresivo dolor de familia, amistades, vecindad, colegas de correrías cantoras, gentes de militancia ecologista, pacifista y de otros campos de combate social.
No era Sabino ajeno al dolor del adiós porque en su ya veterano andar había ido despidiendo algunos de sus amores más cercanos. El último agur que compartimos fue para Ramón Zallo. Pero la vida seguía, arropada por sus frutos de aita-aitona y su incansable activismo humanista y euskaltzale. Las cicatrices emocionales se desdibujaban tras su personal sonrisa amiga y su infatigable participación en toda protesta y propuesta que sirvieran para mejorar la vida de la gente.
Ni el juez Baltasar Garzón y colegas apagaron un ápice su compromiso cuando encarcelaron a padre e hijo y desgarraron a Maixabel. «No fue capaz de mirarme a los ojos» era su leve reproche cuando recordaba que le indicó al juzgador la lista de organismos pacifistas que certificaban la imposibilidad de que fuera un «terrorista».
Y, sin pizca de odio, se reía abierto al recordar un casual posterior encuentro con el togado en un refugio pirenaico, donde el sentenciador cantaba a coro con su entorno: «hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley».
A él le gustaban más otro tipo de canciones, que entonó docenas de veces por las calles y plazas de Euskal Herria. A punto estuvimos de viajar a la reciente Kantu Jira de mi pueblo, allá en la Nafarroa más oriental. Esa era la postrera llamada que se ha adueñado del apartado «mensajes» en mi teléfono. Comunicaba que andaba por Baztan, tras un ayuno con Eneko Landaburu que le había hecho perder peso. Y sonreímos pensando dónde podía tener grasas sobrantes el flaco Sabino.
Cantemos con Mikel: «Kantuz ehortz nezate, hiltzen naizenian,/ kantuz ene lagunek harturik airian;/ kantuz ariko zaizkit lurrean sartzian;/ kantuz frago utziko diote munduan,/ kantuz har diten behi nitaz orhoitzian».