Otro indicador social más de una brutal realidad

Esa simple y concisa frase podría llegar a revelar de manera diáfana y elocuente el pensamiento, la mentalidad, los antivalores y la actitud del PP ante tantas y tantas circunstancias diferentes, en las que la ciudadanía, irremisiblemente, se ve literalmente abocada a salir a la calle para defender sus derechos fundamentales e insoslayables, a lo largo y ancho de ese erial y desértico Estado.

16/05/2018

El sábado, cinco de mayo, el presidente del Gobierno del Estado español, Mariano Rajoy, acudía al Ayuntamiento de Alicante para firmar en el libro de honor, de ese consistorio, y congratularse con el nuevo alcalde de la localidad, Luis Barcala, que accedía al cargo de regidor debido al deplorable y esperpéntico transfuguismo, tan arraigado e insertado en la mediocre, anodina y oscura política del mencionado Estado.

La ciudadanía estaba convocada, a esa misma hora a la que llegaba el susodicho presidente del gobierno, por diferentes sindicatos, formaciones y agrupaciones –CC.OO. PV, UGT, Asamblea de Jubilados y Ciudadanos de a Pie…– para expresar y manifestar su rechazo y repulsa a las medidas, a la actitud y a la gestión del Gobierno de Mariano Rajoy, y entre otras reivindicaciones demandar una subida digna de las pensiones.

El regio edificio consistorial estaba completamente cercado e inaccesible para los manifestantes, que tuvieron que concentrarse ante la fachada de la Audiencia Provincial de Alicante; aún a sí el clamor y el estruendo, producido por los gritos, consignas y pitadas, en el momento que llegó Mariano Rajoy era impresionante y ensordecedor, tal y como se puede perfectamente apreciar en el vídeo grabado y difundido por la periodista de la cadena autonómica 12TV, Isabel Montaño.

En esa grabación se puede escuchar y entender el exabrupto, la grosería absoluta y el manifiesto desprecio que destila la famosa frase que manifiesta con rotundidad, la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez de Castro: «Qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles: pues os jodéis», refiriéndose a todas las personas que ejercían en ese momento un derecho constitucional e inalienable, como es el de la libertad de manifestación y expresión.

Esa simple y concisa frase podría llegar a revelar de manera diáfana y elocuente el pensamiento, la mentalidad, los antivalores y la actitud del PP ante tantas y tantas circunstancias diferentes, en las que la ciudadanía, irremisiblemente, se ve literalmente abocada a salir a la calle para defender sus derechos fundamentales e insoslayables, a lo largo y ancho de ese erial y desértico Estado.

Desde el punto de vista formal la frase transmite una impresión, como mínimo, absolutamente deplorable, ramplona, soez, de una vulgaridad escandalosa e inmersa en un contexto androcéntrico execrable; completamente opuesta a la mínima formación lingüística y de género, que se supone y que ha de tener una persona que ostenta un cargo tan relevante e importante, dada su gran transcendencia pública.

Pero lo más grave y angustioso radica, sin lugar a dudas, en el contenido explícito e implícito de la nefasta y aborrecible frase. 
En primer lugar manifiesta una evidente intolerancia, una nula paciencia, una incomprensión escandalosa, una carencia absoluta de saber estar, de habilidades sociales, diplomáticas y humanas. 
En segundo lugar la frase se convierte en un estallido, en una explosión y una eclosión de ese pensamiento retrogrado, de derechas, inculto, intolerante, agresivo, nacional católico y anclado en obscuros y siniestros tiempos pretéritos, que exhala a borbotones su frontal rechazo, su animadversión, su asco y su odio sobre los parias de la tierra, sobre la humilde, pisoteada y oprimida clase trabajadora, que jamás han soportado y que no desean ni verla y muchos menos que pueda llegar a interferir un acto «tan solemne y excelso» como el que estaban celebrando.

El vocablo «cojón» conjugado en plural consigue su máxima amplitud y profundidad para que el corte de mangas alcanzase su máximo grado de repudio, rechazo y desprecio. Pero todo esto no era suficiente para Carmen Martínez de Castro, mano derecha de Mariano Rajoy, gestora y responsable de su agenda política y persona de su máxima confianza, era necesario añadir mayor contundencia, manifestando un explícito y definitivo menosprecio, repulsa y subestimación mediante un epílogo infame: «pues os jodéi–. 
Conjugación del verbo joderse, donde, triste y detestablemente, se condensa el ideario político, humano y social, de esa formación, heredera directa de un brutal y genocida golpe de estado y de una ideología golpista y fascista. Es decir que, según el significado de ese verbo reflexivo, todas las personas que en ese momento se encontraban ejerciendo sus derechos fundamentales se tenían que haber quedado en sus casas –en el mejor de los casos– reprimiéndose, conteniéndose, callándose y llevando con paciencia y sufrimiento la angustiosa situación económica y humana de sus vidas, por muy desagradable que les pudiera resultar. 
En síntesis volver a la esclavitud manifiesta, total y absoluta del género humano. Los esclavos en las plantaciones, en las minas y en los centros de trabajo; calles, alamedas, plazas y bulevares para los amos, blancos y deshumanizados.

La escandalosa y reprobable actitud de la secretaria de Estado de Comunicación no es exclusiva ni circunstancial, sino que refleja nítidamente una forma de concebir, interpretar y ver el mundo. 
Las hemerotecas están llenas de documentos que reflejan esa repudiable forma de pensar, que tan a menudo sus correligionarios –ellos y ellas– han expresado de manera tan asertiva, eso sí, sin saber que lo que estaban diciendo se estaba grabando. 
En diciembre del 2012, su compañera de partido, Andrea Fabra, en la Cámara Baja, entre aplausos dirigidos al orador, a Mariano Rajoy, y refiriéndose a las personas sumidas en el paro, expresó un rotundo «Que se jodan»; sin saber que en ese preciso momento una cámara la tenía en plano y enfocada. Intentó enmendar su colosal exabrupto, aduciendo que se refería a la bancada socialista.

Igualmente Carmen Martínez de Castro intentó, en vano, quitar, maquillar y restar importancia a la frase que de una manera tan diáfana y rotunda transmitía su verdadero sentimiento y pensamiento sobre un colectivo humano tan importante, vulnerable y vilipendiado.

El lunes siguiente, siete de mayo, pedía disculpas aduciendo que era «un comentario jocoso con un amigo dentro de una conversación privada, pero cuando pasa del ámbito privado al público, pues se convierte en unas palabras muy inadecuadas en fondo y forma, y pido disculpas a aquellas personas que se han podido sentir ofendidas por ellas… Muy fina no quedé, he de reconocer… Ahora lo que toca es pedir disculpas por unas palabras que no estaban pensadas para que formaran parte del discurso público… Lo mejor que puedo hacer no es explicar, porque no tiene sentido, sino pedir disculpas y santas pascuas».

En esa petición de «disculpas» no existe una mínima reflexión, inherente y consustancial con su cargo, y no se atisba una mínima y verdadera contrición. 
¿Realmente puede pensar que era un comentario jocoso? ¿Dónde reside el aspecto gracioso, chistoso o festivo en esa abominable frase? 
«La capacidad de reflexión lógica» que manifiesta es absolutamente escandalosa y deplorable. Según ella el problema reside, exclusivamente, en que la «conversación» pasó del ámbito privado al público y entonces las palabras, que eran adecuadas, en su forma y fondo, en el primero de ellos, por arte de birlibirloque se transforman en inadecuadas en el público. ¡Impresionante!

¡Realmente es incapaz de darse cuenta que el problema reside en ese forma de pensar tan inquisitorial, y que no depende de ningún contexto o ámbito! Que el escándalo estriba en que una persona con ese cargo tenga esa actitud de rechazo, y desprecio manifiesto a un colectivo humano en pleno S. XXI. 
Sus hipotéticas e increíbles disculpas continúan con una torpeza de pensamiento inadmisibles, ya que a renglón seguido, de lo anterior, manifiesta meridianamente que en el fondo no considera que sus palabras, necesariamente, tuviesen que ofender a nadie; eso es lo que se infiere de «pido disculpas a aquellas personas que se han podido sentir ofendidas por ellas». ¡Genial! Cuando a alguien tras un corte de mangas de cojones se le desea que se joda, no tiene necesariamente y a la fuerza que sentirse ofendida, solamente si es una persona extremadamente sensible y sumamente delicada; vamos, una auténtica rareza de fenotipo social.

Intenta llevar, sus «disculpas», continuamente al ámbito de la forma: «Muy fina no quedé, he de reconocer», cuando la gravedad, evidente, está en el abyecto contenido de la frase. Pero claro la línea de defensa en ese aspecto fundamental de su pensamiento haría aguas por doquier y sería absolutamente insostenible. Continúa recalcitrantemente insistiendo en el discurso privado como elemento de exoneración: «unas palabras que no estaban pensadas para que formaran parte del discurso público». ¡Pero qué dislate! Recurrir a la obviedad como recurso de defensa o descarga de culpa es absurdo, estrambótico y ridículo. 
Justo antes de la pésima conclusión y epílogo de sus volátiles, increíbles e inadmisibles «disculpas», de manera inconsciente revela su verdadero pensamiento y sentimiento, que es imposible justificar lo que dijo y manifestó y por eso recurre a la siguiente frase: «Lo mejor que puedo hacer no es explicar, porque no tiene sentido» y finaliza como si realmente lo manifestado careciese de importancia y relevancia: «pedir disculpas y santas pascuas».

La Real Academia de la Lengua, a la expresión «Y santas pascuas» le atribuye el siguiente significado y uso: «Para dar a entender que es forzoso conformarse con lo que sucede, se hace o se dice».

¿Hubiese pedido la secretaria de Estado de Comunicación disculpas si no se hubieran grabado sus palabras, si no hubiese surgido una ocultación y censura por parte de medios públicos de sus palabras, impidiendo dar a conocer el famoso vídeo, comentado al principio de este texto?
PSOE, Podemos, IU, Compromís… han pedido la dimisión, el cese inmediato de Carmen Martínez de Castro, por ofender a las personas jubiladas. El coordinador general de IU, Alberto Garzón, asegura que «si el Gobierno y su presidente, Mariano Rajoy, mantienen ‘un mínimo de decencia política’ la secretaria de Estado no debería seguir ‘ni un minuto más’ en un cargo».

Pero quien ha dimitido, por razones diametralmente opuestas, ha sido la periodista Arantxa Torres «este martes como editora del informativo del Centro Territorial de TVE en Valencia a causa de la censura, según un comunicado del Consejo de Informativos, al vídeo en el que se escuchaba a la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro, referirse a pensionistas concentrados en Alicante con las palabras: ‘¡Qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles: Pues os jodéis!’».

El susodicho consejo de informativos de TVE ha hecho público un mensaje en las redes sociales en el que expresa: «todo el apoyo a Arantxa Torres… después de que la dirección impusiera la censura del vídeo del ‘os jodéis’ de la jefa de comunicación del Gobierno».

Como no ha dimitido y, evidentemente, no tiene ni la más mínima intención ni ella ni el Gobierno que la sostiene, queda en absoluta evidencia por enésima vez el Gobierno de ese Estado, el partido que lo mantiene, y la claudicación y sometimiento absoluto del cuarto poder, exceptuando algunos extraordinarios medios de comunicación, a las veleidades de ese inefable sistema.

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